El sentido de la vida

En septiembre de 2024 se estrenó en Movistar +, plataforma televisiva de entretenimiento, sobre todo deportivo, una serie documental sobre el exfutbolista español y actual entrenador del PSG, Luis Enrique. La serie lleva por título No tenéis ni idea ─ el título real es más sonoro ─ y se compone de tres capítulos que muestran imágenes exclusivas de Luis Enrique en su vida diaria.

Al margen de su trayectoria deportiva, la serie aborda aspectos más personales, algunos de ellos relacionados con su lado más íntimo; concretamente, el doloroso acontecimiento de la muerte de su hija Xana en 2019 a causa de un osteosarcoma. Aquel suceso desgraciado le marcó tanto en su perspectiva vital como en su enfoque profesional.

Este es el clip de video que quiero comentar en este post, que nos ayudará a reflexionar en el sentido de la vida.

Es fácil comprobar cómo se le ilumina la cara cuando habla de su hija. «Yo me considero afortunado, muy afortunado… Mi hija vino a vivir con nosotros nueve años maravillosos… Cada día hablamos de ella, porque Xana está viva. En el plano físico no está, pero en el plano espiritual sí, porque cada día hablamos de ella, nos reímos y recordamos cómo era y lo que hacía». Sinceramente, me parece una auténtica clase de escatología, explicada de la forma más humana y sencilla.

No creo que sea fácil reaccionar de este modo ante un hecho tan trágico. Imagino que muchos lo habrán intentado sin conseguirlo. Hace falta un plus, unas gotitas de gratitud y de correspondencia, de esperanza y de sentido para intentarlo, para que la luz del amor triunfe por encima de la triste oscuridad.

Pienso que este emocionante testimonio nos enseña ese algo más sobre el sentido de la vida.

Si se me permite contar un suceso personal, mi primo carnal falleció con apenas 20 años en un accidente de tráfico. Tiempo después, cuando visité el cementerio familiar, vi escrito en la pared del nicho donde está enterrado una frase con letras bien grandes: “El amor es más fuerte que la muerte”. Aquello me impactó y todavía lo recuerdo con claridad.

Luego descubrí que esa frase es una cita bíblica del libro del Cantar de los Cantares, que es toda una alegoría al amor humano y al divino, donde se expresa el deseo de que el amor sea eterno, para siempre (Cantar 8, 6).

Al hilo de los próximos acontecimientos litúrgicos que estos días celebraremos, el Domingo de Resurrección nos enseña el triunfo de Jesucristo sobre la muerte. Quizá esta próxima fiesta y el testimonio de Luis Enrique nos puedan ayudar a considerar tres cuestiones:

La muerte no es el final

No parece que estemos hechos para la muerte, sino para la vida. Poseemos y somos también espíritu, y el espíritu no puede corromperse, y, por tanto, morir.

Qué poca «cancha» le damos a esa parte nuestra, pensando que todo se acaba cuando acabamos nosotros, cuando en realidad es cuando empieza todo, cuando vivimos la vida en plenitud, porque la vivimos para lo que fuimos hechos.

No creo que esa vida plena sea distinta a lo que en esta tierra vivimos cuando disfrutamos. Cuando somos realmente felices en compañía de los nuestros. Los que aquí ya no están nos esperan allá, igual que esperaremos nosotros cuando allá estemos.

Confiemos en las palabras de Jesús: Él es la Resurrección y la Vida, y nos prepara un lugar para estar con Él.

El recuerdo y la fe transforman el duelo en esperanza

Todos recordamos bien la entrañable película Coco, animación de la productora Pixar ambientada en las tradiciones mexicanas del Día de los Muertos. En ella, el niño protagonista, Miguel, se percata de que los difuntos, anualmente, emprenden un viaje desde su mundo al de los vivos, gracias a un puente mágico que une ambas dimensiones para reunirse con sus seres queridos.

En sus aventuras, conoce a Héctor, un muerto que le ofrece su ayuda a cambio de que se lleve consigo su retrato a la tierra de los vivos y se lo dé a su hija para que ella lo siga recordando. De lo contrario, él desaparecería de la tierra de los muertos.

Pienso que esta idea refleja muy bien lo que es la devoción a nuestros difuntos. Recordar a los que nos han precedido en esta vida y nos esperan. El amor hacia ellos nos mantiene unidos más allá de la muerte.

Recordarlos con gratitud nos llevará a hacer por ellos lo que ellos no pueden hacer: ofrecer por ellos los sufragios para que puedan alcanzar, cuanto antes, esa vida plena en unión con Dios.

El sentido de la vida: Vivir con los ojos en la eternidad

En cierta ocasión escuché a un sacerdote una idea que debió hacerme pensar, porque todavía la recuerdo: que la idea de morir me ayude a vivir. Solo tenemos una vida, vivámosla de la forma más plena ─feliz, alegre, generosa, entregada, magnánima─ que seamos capaces.

Pienso que muchas veces confundimos esa plenitud con la perfección y el éxito. Y, justamente, perfección y éxito son, muchas veces, lo que menos abunda en nuestra vida. Plenitud es más bien saber contar con esas imperfecciones.

Quizá el ejemplo de los santos nos pueda ayudar a confiar en el amor eterno de Dios y entender el sentido de nuestra vida. Ellos pusieron medios concretos: el trato con Dios en la oración y en los sacramentos. Así confiaron en el destino que Dios les tenía preparado. Vamos a pedirlo con fe.

Oh José bendito, tú que expiraste en el abrazo amoroso de Jesús y María.
Cuando el sello de la muerte se cierne sobre mi vida, ven en mi auxilio, junto con el Señor Jesús y Santa María. Obtén este solaz para que, en esa hora, pueda morir en sus santos brazos a mi alrededor. Jesús, María y José, les encomiendo mi ser, viviente y agonizante, en sus santos brazos. Amén.

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