Semanas antes de morir, consciente de su pronto ocaso, mi mamá aprovechó un momento íntimo con su esposo e hijos para dar unas indicaciones llegado su momento. Recuerdo claramente que ofuscados le decíamos que se dejara de vainas, que ella estaría bien, pero sin hacernos caso nos dio palabras que perdurarían en la eternidad de nuestra memoria. Una de esas fue pedirnos que nos amáramos, apoyáramos, evitáramos peleas (y que, si lo hiciéramos, nos reconciliáramos con prontitud).

Tal vez sea ese el deseo de toda mamá: que en su hogar reine el amor, la paz y la alegría. La mía hoy descansa en paz, y sé que ha de estar feliz pues en serio que le hemos cumplido lo prometido. Serán muchas las claves que lo han permitido, pero más allá de eso, quiero utilizar estas primeras líneas como analogía para nuestra familia de fe: la Iglesia.



La iglesia, nuestra familia

En esta familia, nuestro Padre nos ha dado todo ¡incluso a sí mismo a través de Su hijo!, anhelando que nuestra casa -que es el mundo entero- viva con ese amor, paz y alegría; pero nosotros no hemos dado nuestro todo, aun después de tantos siglos y siglos. Muchos dirían que vivimos en días gloriosos como Iglesia. Pero como joven muy involucrado en parroquia y muy despierto ante la realidad del mundo, he notado que no, nos falta mucho como Casa. Sin evaluarnos de la puerta para afuera, sino solo en nuestro interior y nuestro día a día, hemos y estamos fallando.



Tengo muchos años de servir en mi comunidad parroquial y durante ese tiempo he visto mucha gente que de un momento a otro se ha alejado. Que si “por poca fe”, que si “por ser jóvenes”, que si “por seguir a un párroco y no a Dios”, que si “por…”, pero nunca he escuchado que si por ser nosotros unos amargados, que si por ser nosotros poco fraternos, que si por ser nosotros inquisitivos, que si por ser nosotros intolerantes, etc.

Y sin temor me atrevo a decir que estas últimas son las mayores razones, porque es una verdad, incómoda pero es verdad. Me duele cuando en noticias o redes sociales escucho/leo juicios terribles sobre nosotros, opacando nuestras muchas cosas buenas. Y ya me responderán muchos con las palabras de Jesús: «Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre» (Mt 10,22), pero no se podemos utilizar una Verdad de Jesús para tapar nuestros errores, ni mucho menos para abandonar su causa.

Soy parte de una generación de jóvenes que lo cuestiona todo, que se queda dónde se quiere quedar y se va de donde no encuentra coherencia: Hoy, el joven que permanece en la Iglesia lo es por convicción y no solo por tradición. Y así como permanecemos por fe en Jesucristo, permanecemos también por el sueño del Reino que propuso. Y esto me llena de esperanza.

La necesidad del fuego de Dios

Al momento de escribir esto, reflexionaba en el Evangelio del día, que era parte de la que llamamos la oración sacerdotal de Jesús, donde Él pide «(…) que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti» (Jn 17, 21), refiriéndose a nosotros. Mientras oía la reflexión, me puse a pensar en nuestro hoy. Este último año he tenido la oportunidad de palpar más la realidad de mi Iglesia local y he visto ¡tanta necesidad! no meramente necesidad de recursos o bienes para subsistir, sino necesidad de fuego en nuestro espíritu, necesidad de ver más allá de lo físico o lo tradicional, necesidad de ver nuestras limitantes y nuestros egoísmos, necesidad de ver fuera de nuestra burbuja.

Hoy, nuestras parroquias necesitan mayores espacios donde compartir como comunidad-más allá de la celebración eucarística-, espacios de corrección fraterna entre hermanos, espacios de autocrítica como Institución, espacios de compañía ante tanta depresión, soledad y estrés que abunda entre nosotros, espacios de convivencia y reconciliación aunque no pensemos igual…¡solo adentro ha habido tanto por hacer! y en cambio de esto -lamentablemente- nos hemos quedado en la comodidad, desde donde juzgamos de la puerta para fuera.

La iglesia somos todos nosotros

Durante mucho tiempo hemos pecado de creer que el Espíritu Santo construye a la Iglesia por Sí mismo, que el Papa dictará un método que los obispos locales seguirán de buenas a primeras o que el mundo un día despertará y “reconocerá que somos el único medio” para la Salvación.

No, no es casualidad que el Papa nos diga a los jóvenes “Hagan lío” o que “No son el futuro, son el ahora de Dios”, sino que es la urgencia de nuestra Iglesia. Y esas palabras nos la debemos apropiar todos, jóvenes, adultos, mujeres, hombres, negros, blancos…todos. Si hay disposición, el Espíritu proporciona luz a nuestras mentes para idear esos espacios.

Quizá sea hora de que miremos adentro de nuestra casa: limpiemos y comamos en la mesa donde se supone compartimos todos, cambiemos y usemos las mejores sábanas con que nos cubrimos en cama, saquemos el sucio que hemos ocultado por tanto debajo de las alfombras, y solo de último, lavemos y lustremos las ventanas…tal vez así desde afuera nuestros vecinos vean ¡qué linda casa, qué lindo hogar!

Artículo elaborado por Alberto Acosta