Hace poco tiempo participé de un retiro espiritual, en el que pude comprender – gracias a la infinita misericordia de Dios – los efectos del orgullo en mi vida. Me he dado cuenta de que muchas veces difícilmente percibo que estoy cayendo en ese pecado.

Se dice que el orgullo es uno de los siete pecados capitales, puesto que es la «cabeza» de muchos otros pecados. Eso significa que, si no estoy atento al orgullo, es muy probable que caiga en otros pecados. De ahí la importancia de explicar este problema espiritual.

Una bomba atómica en la vida espiritual

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Antes de hablar de los efectos del orgullo y su impacto en la vida espiritual, empecemos explicando algo tan sencillo pero tan importante: el pecado. Nuestro querido santo Papa Juan Pablo II solía decir que el pecado es como una bomba atómica, que destruye toda la relación de amor que podemos vivir con Dios, con nosotros mismos, los demás y toda la Creación.

En palabras sencillas, el pecado es una ruptura en nuestra relación con Dios. Significa darle la espalda a Dios y renunciar al Amor que tiene por nosotros. Preferir hacer lo que nosotros – equivocadamente – creemos ser lo bueno o mejor, por encima de lo que Dios nos enseña.

Nos alejamos no solo de Dios, sino de nosotros mismos. Y caemos en un espiral de egoísmo, que nos lleva a la tristeza y soledad, cada vez más alejados de los demás. Lo cual, poco a poco, nos hace caer en la depresión.

Efectos del orgullo y complicaciones en la vida espiritual

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Ya sabemos que es un pecado. Además, es un mal que se da al nivel de nuestro espíritu. ¿Cómo así? La lujuria, por ejemplo, es un pecado al nivel de la carne. Un desorden en nuestra sexualidad. Sin embargo, el orgullo es un mal más profundo, que ataca nuestra dimensión espiritual. En vez de confiar en Dios y reconocer nuestra condición de criaturas, queremos ser totalmente independientes y autónomos, sin ningún tipo de necesidad de relación con Dios.

En mi retiro, algo que me ayudó mucho fue comprender que las veces que peco de orgullo, pienso que yo soy el punto de referencia más importante para mi vida. Es decir, la forma como juzgo e interpreto la vida es con base en lo que yo creo que es la verdad; lo que yo creo que es lo bueno o lo mejor para mi vida.

El problema está, precisamente, en poner mis ideas y criterios de conducta por encima de Dios mismo. A veces, incluso, sin tener ningún tipo de referencia a Dios. Soy yo quien decido qué es la verdad en la que debo creer y lo bueno o malo que debo o no hacer.

Síntomas para identificar la infección

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Para explicarlo de un modo fácil, digamos que se puede manifestar de dos maneras. Creyéndome mejor o más especial que los demás. Entonces estoy pecando de soberbia. Todo lo que yo pienso o se me ocurre es siempre mejor. Me vuelvo auto referente y me voy encerrando a los demás.

Es como una suerte de sensación que me lleva a experimentarme mejor y superior a los demás… e incluso a Dios mismo. Aunque teóricamente sepa que no puedo ser más importante que Dios, en la práctica cotidiana yo me vuelvo el centro de todas las cosas, dejándolo a Dios a un costado.

La otra manifestación es hacia lo que podríamos decir, en términos psicológicos, un complejo de inferioridad. Creo que no valgo y que no tengo talentos. O los que tengo no son tan valiosos como el de los demás. Eso me lleva a tener una autoestima – como se dice coloquialmente – «por los pisos» y trato de huir ante cualquier situación que exige compromiso de mi parte.

En ambos casos, brota la envidia, los celos y la vanidad. Todo el tiempo me estoy comparando con los demás. Caigo en un espiral de tensión y conflicto interior puesto que tengo que probar constantemente que soy mejor o huyo cuanto puedo de las responsabilidades, ya que no me creo capaz de cumplir con las exigencias.

Todo eso, por supuesto, daña mi relación de amistad con los demás, y puede generar incluso una actitud de rechazo en la que me voy encerrando en una «burbujita de cristal». Nada más lejano a la paz y serenidad que tanto anhelamos vivir.

Combate, tratamiento, cura

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La virtud más importante para combatir el orgullo y sus efectos es la humildad, que se significa andar en verdad. Mirarme a mí mismo con los «ojos de Dios» y tomar consciencia de mi verdadera identidad. Con mis capacidades y talentos, pero también con los defectos y fragilidades que tengo.

La humildad nos ayuda a comprender que no somos el centro de la realidad. Además, somos todos iguales en dignidad, aunque muy diferentes unos de otros. Pero eso no significa, de ninguna manera, que uno valga más o menos que los demás. Cada uno es único e irrepetible y Dios nos ama a todos por igual.

Esa consciencia del amor de Dios y aprender a mirarnos desde sus ojos de Amor es fundamental para combatir la soberbia. En primer lugar, tendremos una mirada equilibrada de nosotros mismos, sin tener ese afán angustiado – que nos hace vivir en constante tensión de vivir comparándonos con los demás–.

Cuando comencemos a sentir el orgullo y sus efectos, recordemos: lo importante es saber que somos amados por Dios y valiosos para los demás, tal y como somos. En segundo lugar, lo ponemos a Dios en su sitio. Lo amamos sobre todas las cosas y sobre nosotros mismos.

Él se vuelve el criterio para saber qué es la Verdad y que es lo Bueno que debemos esforzarnos por vivir. No tengo que estar probando nada a nadie. ¡Les confieso que es algo realmente liberador!

Prescripción para el día a día

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Finalmente, ¿cómo hacemos todo esto concreto en nuestras vidas cotidianas? Cultivando una relación personal de amistad con Cristo, quién es el Camino, la Verdad y la Vida. Pensar, querer, sentir y actuar como el mismo Señor Jesús.

Para que Él sea el centro de mi vida y no yo mismo. Para eso están los sacramentos, la vida de oración, nuestra piedad a la Virgen María, la lectura de las Sagradas Escrituras, así como libros espirituales y la vida de santos, etc.

La vida cristiana no es una filosofía de vida, un código de conducta o una suerte de moralismo rígido, sino una relación con una Persona que nos ama y se entregó por nosotros. ¡Te reto a hacer de tu vida una gran aventura y arriesgarte a cambiar tu manera de ver las cosas!

Recomendación final

Así como la salud espiritual es fundamental, la salud del cuerpo también. ¿Y sabías que la salud mental también afecta estas dimensiones? Ya he hablado de unos ejemplos, de cómo un vicio o pecado puede incluso desanimarnos o llenarnos de ansiedad.

Por eso, me gustaría recomendarte este nuevo curso: «Salud mental y vida espiritual», que nos habla de la unidad de la persona, el equilibrio de las emociones, cómo vernos con los ojos de Dios… y más. Espero que puedas echarle una mirada 😉