duelo perinatal

Hay despedidas para las que sentimos que nunca estuvimos preparados. Hay pérdidas que suceden antes de que podamos tomar una fotografía, escuchar una primera palabra o sostener a nuestro hijo entre los brazos. Y, sin embargo, ese pequeño ser ya tenía un lugar en nuestro corazón. Por eso, hoy quiero hablarte del duelo perinatal y de ese dolor desde la fe.

No para dar respuestas fáciles a una experiencia que puede dejar tantas preguntas, sino para recordar una verdad que puede sostener el corazón cuando parece que todo se ha derrumbado: Dios conoce a ese hijo, conoce su vida y conoce también las lágrimas de quienes lo amaron.

La historia de Versa, un cortometraje de Walt Disney Animation Studios que aborda el duelo perinatal y la pérdida de un hijo, puede abrirnos una puerta para reflexionar sobre una realidad de la que muchas veces nos cuesta hablar. Hay dolores que no desaparecen simplemente porque pase el tiempo. Hay pérdidas que dejan una huella para siempre. Pero también existe una esperanza que nace de nuestra fe: la muerte no tiene la última palabra.

Te comparto el trailer del cortometraje:

Sobre el duelo perinatal: Un hijo amado desde el primer momento

Cuando una pareja recibe la noticia de que espera un hijo, comienza a imaginar un futuro. Tal vez todavía no saben cómo será su rostro, qué carácter tendrá o qué sueños tendrá cuando crezca, pero ya existe algo muy grande: el amor.

La vida humana posee una dignidad que no depende de cuánto tiempo haya vivido una persona, de su tamaño, de su desarrollo o de cuánto hayamos podido conocerla. Cada vida es un don y cada ser humano es querido por Dios.

El libro de los Salmos nos regala unas palabras profundamente hermosas: «Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno» (Salmo 139, 13).

El amor no depende solamente de los recuerdos que alcanzamos a construir. También existe ese amor que nace en la espera, ese amor que comienza desde el momento en que sabemos que una nueva vida está creciendo dentro de nosotros. Llorar con quien llora también es una forma de amar.

Cuando el corazón pregunta: «¿Por qué Dios permitió esto?»

Durante el duelo perinatal, una de las preguntas más difíciles después de una pérdida puede ser: «¿Por qué?» Es una pregunta que puede aparecer incluso en el corazón de una persona con una fe profunda.

Y quizá una de las cosas más importantes que podemos decir es que no siempre tenemos una respuesta para el sufrimiento. La fe no significa tener una explicación para cada tragedia. Significa confiar en Dios incluso cuando no comprendemos.

No necesitamos pensar que Dios quiso nuestro dolor para poder seguir creyendo en Él. Dios no deja de ser bueno porque nosotros no comprendamos algo que nos ha sucedido. Hay misterios de la vida que solamente podremos comprender plenamente delante de Él.

Mientras tanto, podemos llorar. Podemos preguntar e incluso decirle a Dios que estamos enojados o que no entendemos. Podemos hablarle con sinceridad, porque Él conoce nuestro corazón mucho mejor que nosotros mismos.

Y en medio de esas preguntas, Dios nos hace una promesa: «No temas, que yo estoy contigo; no te angusties, que yo soy tu Dios. Yo te fortalezco y te ayudo» (Isaías 41, 10).

Dios no promete que nunca tendremos que atravesar el dolor. Promete que no estaremos solos. Quizá después de la pérdida haya días en los que la tristeza parezca insoportable. Quizá una fecha, una fotografía, una mujer embarazada o incluso una pequeña ropa de bebé despierten nuevamente el dolor.

Eso no significa que estemos retrocediendo. El duelo perinatal no es una línea recta. Hay días de mayor tranquilidad y otros en los que las lágrimas regresan. Y Dios puede acompañarnos en todos ellos.

A veces la sociedad nos hace sentir que solamente podemos llorar aquello que los demás reconocen como una pérdida. Pero quienes han vivido un aborto espontáneo saben que se pierde mucho más que un embarazo. Se pierden sueños. Se pierde la ilusión de conocer a alguien que ya ocupaba un lugar en la familia.

En medio de este dolor, Dios nos invita a mirar más allá de aquello que nuestros ojos pueden ver. Nuestra esperanza cristiana está puesta en Cristo, que venció la muerte. Hemos sido creados para la vida eterna y nuestro destino último está en Dios.

Cuando solo queda una esperanza: confiar en Dios

Hay momentos en los que no necesitamos que alguien nos explique el dolor. Necesitamos que alguien se quede a nuestro lado. Y eso hace Jesús. Él se acerca al que llora.

Se acerca a la madre que regresa a casa con los brazos vacíos. Se acerca al padre que quizá no sabe cómo expresar lo que siente. Y se acerca a la familia que había comenzado a esperar una nueva vida y que ahora tiene que aprender a vivir con una ausencia.

Jesús no nos pide que dejemos de amar a nuestro hijo para poder seguir adelante. Nos enseña a poner ese amor en sus manos. Porque amar también significa confiar. Confiar en que Dios conoce nuestro dolor. Confiar en que ninguna lágrima cae al suelo sin que Él la vea.

Podemos encender una vela y dar gracias a Dios por esa vida, que, aunque su paso por este mundo haya sido breve, fue profundamente amada. Y podemos permitir que esa experiencia nos haga más sensibles al dolor de otros.

Tal vez algún día podamos acompañar a otra madre que atraviesa lo mismo. No sabemos todos los misterios de la eternidad, pero sabemos quién es Dios. Y Dios es amor.

Por eso podemos siempre recordar las palabras de Jesús: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré» (Mateo 11, 28).

Si hoy llevas el recuerdo de un hijo por nacer en tu corazón, no tienes que esconderlo. Puedes llevarlo a Jesús. Si todavía lloras, llora con Él. Si todavía preguntas, pregunta delante de Él. Y si todavía duele, permite que Él te acompañe.

Y si algún día vuelves a sonreír, no sientas culpa por hacerlo. La alegría no significa que hayas dejado de amar a tu hijo. Significa que estás aprendiendo a vivir llevando ese amor de una manera nueva.

Quizá no pudiste tenerlo entre tus brazos, pero siempre tendrá un lugar en tu corazón. Y puedes confiar en que también está en las manos de Dios.

Que el Señor abrace con su misericordia a todos los hijos que partieron antes de tiempo y consuele a cada madre, cada padre y cada familia que lleva una de estas pequeñas grandes historias de amor. Que María Santísima, que conoció el dolor de ver sufrir y morir a su Hijo, acompañe a quienes hoy lloran y los lleve siempre hacia Jesús, fuente de toda esperanza.