¿Te pasa que cuando te detienes por un momento sientes que no has vivido? ¿Sueñas con que un día pase todo esto que no tiene mucho chiste y ya estarás viviendo la vida? «Cuando estudie la carrera que me gusta… cuando trabaje y gane mi dinero… cuando ya tenga alguien a mi lado… cuando ya no tenga estos kilitos de más… cuando me case y tenga mi familia… cuando me manden a tal país…»

Y claro: «El jardín del vecino siempre es más verde». La amiga que sí tiene novio, el novio que sí tiene carro, la familia en la que sí van a misa todos juntos, los compañeros que sí tienen claro su futuro, los amigos que no tienen problemas fuertes».



Pasan los años y siento que no he realmente vivido, que todo lo que sueño siempre está a cinco o diez años de distancia y pues claro: el hoy me pesa, me cansa, no le encuentro sentido. Y quizá esa es nuestra tentación: soñar despiertos es vivir dormidos. 

Todo cambió cuando tomé los ejercicios espirituales: «Recuerden, cada día, pedirle a Dios la gracia de encontrarlo en todos y en todo… en todas las cosas» — decía el padre cada sesión — «Y al final del día, al hacer su examen, preguntarse dónde me encontré a Dios hoy». ¡Qué difícil encontrarnos con Dios hoy si no vivo el hoy! ¡Qué soledad vivir en un tiempo en el que ni yo ni Dios estamos, porque vivimos en el tiempo futuro = inexistente!



1. Aprender a estar 

«Como María queremos aprender a estar… con su misma decisión y valentía, sin evasiones ni espejismos» repetía el Papa Francisco en esta JMJ 2019, y creo que es un mensaje profético para los jóvenes. «No puedo esperar para encontrar al indicado», «Cuando mis hermanos cambien»… ¿Y por qué no hoy?

2. La cotidianidad no es un puente de paso

«La cotidianidad no es un puente de paso, tiene en sí una consistencia de eternidad que nunca pasará» dice un poema del P. Benjamín Buelta. En el diario vivir Dios nos habla de diferentes formas, nos ama, toca a nuestra puerta, pero nosotros: estamos en la puerta del vecino viendo cómo le va mejor a él. Ese «mira que estoy a tu puerta y llamo» es nuestro presente en el que seguimos sin ver a Dios, no nos parece tan interesante el ahora.

Hemos aprendido a saltarnos etapas bien importantes y bien llenas de vida (de Vida) porque creemos que lo que viene será mejor: «Cuando entre a la universidad, cuando me hable el chico que me gusta, cuando tenga coche, cuando me case, cuando tenga mi propia familia…» ¡Como si el ahora estuviera vacío de sentido! ¿No era Jesús el «¿Qué de bueno puede salir de Nazareth?, el hijo del carpintero, hijo de una mujer humilde? Él mismo nos revela cómo Dios puede habitar nuestra cotidianidad, nuestra sencillez y pasar desapercibido para quienes esperan «grandes milagros».

3. La juventud no es una sala de espera

Decía el Papa Francisco en la JMJ 19, porque quizá así la vivimos: como hundidos en un sillón con el peso encima que nos cargamos de todas las expectativas que tenemos (o tienen sobre nosotros) del futuro.

No despreciemos el hoy: imaginemos si Jesús hubiera dicho «Yo bajo al mundo pero ya con 30 años, la vida secreta no tiene chiste» ¡No! En eso estuvo su nutrirse de las experiencias en familia, de conocer a Dios, de conocerse a sí mismo… Si pensamos en nuestro personaje famoso favorito nos gusta conocer su casa cuando niño, su familia, qué escribía en su cuaderno, qué comía… Así cada detalle de nuestra vida tiene mucho sentido.

4. No le damos valor a lo que hacemos hoy porque nos parece poco

¿Quién nos ha entrenado para despreciar lo que no es viajar a Bali a los 24 años con tu prometido, con ropa de la temporada 2030? Porque entonces… bueno… despreciamos todo: levantarse temprano, pararse de buenas, hacerse el desayuno, estudiar o trabajar para sacar buenos resultados, pagar lo debido, invitar a comer a tus amigos o familia… ¿No está un Padre como el nuestro orgulloso de esos pequeños logros de cada día? «Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará».(Mateo 6).

Los santos que hoy tenemos en lugares altísimos y de quienes sacan películas, algún día fueron los simples capellanes, monjitas o católicos laicos que calentaban su café en la mañana y en el silencio de su recámara miraban al techo orando.

5. Nos avergonzamos por nuestro pasado

El no querer levantarnos hoy, puede tener su raíz en el pasado: despreciamos el pasado y sentimos que ahora vivimos las consecuencias de esas malas vivencias o decisiones. Cargamos con culpas que nos impiden vivir el futuro. Pidámosle a Dios la gracia de reconciliarnos con nuestro pasado, perdonemos lo difícil entendiendo que somos humanos, y recuperemos las virtudes/aprendizajes que nos dejó. Que el pasado no se coma nuestro presente: el hoy es la nueva oportunidad que nos regala nuestro Padre para ser también.

«No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, corrientes en el yermo» (Isaías 43 ).

6. Despreciamos nuestra juventud y lo que viene con ella

Nos saltamos etapas porque tememos que los demás nos vean como «inexpertos». Nos duele mirarnos con un sueldo todavía corto para nuestras necesidades, dependiendo todavía de los papás y las ayudas de los amigos y conocidos. Tomando el bus con un sándwich en la mano y en la otra el rosario… bajarnos y darnos cuenta que hemos tirado algún billete y toca pedir prestado. ¿A quién no le ha pasado?

Pero nos culpamos y pensamos: si fuera más profesional, si fuera más rico, si no tuviera este padecimiento, si mi familia fuera más estable, si tuviera un noviazgo sin problemas… Y nos soñamos en otra vida.

Quizá hay que reconciliarnos con lo que sí somos, incluyendo la inexperiencia de la edad, que nadie viene con un manual de vida y que en nuestras debilidades Dios muestra su fortaleza y no hay que avergonzarse por no ser el «fuerte» de la cadena alimenticia.

Queremos demostrar a otros que sabemos manejar nuestras vidas como adultos apreciables porque en el fondo no soportamos la idea de ser menospreciados por este mismo sistema y sus fieles discípulos que ponen el éxito laboral como la medida de la satisfacción. ¿Y si seguimos, como Jesús, un camino inexplorado pero lleno de sentido?

7. Nos hemos comprado la idea de que solo lo extraordinario da alegría 

¿Realmente cuántas cosas extraordinarias pasan en la vida? Y si las seguimos esperando, quizá, cuando lleguen, no tengamos vida para alimentarlas, habremos esperado tanto por ellas evadiendo los aprendizajes y amores de cada día. Llegaremos vacíos a ese momento, ¡porque para asombrarse también se necesita capacidad de vivir el momento presente! Cuánta gente no conocemos que «tiene» una vida como ideal pero nunca está satisfecha. «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho» (Lc.16). El mismo Jesús que se queda en un pan y un sorbo de vino, nos deja la lección más grande: en lo pequeño se esconden las alegrías de cada día… así mismo en nuestra pequeñez.

Artículo elaborado por Sandra Real.