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El video que comparto hoy nos dice mucho de la actitud positiva que podemos tomar ante situaciones poco favorables. Me recordó la frase de San Francisco de Sales: «Nada pedir, nada rehusar». Agradecer todo, tomarlo todo como venido de las manos de un Padre que sabe lo que hace. Y así, «si llueve, que llueva», en palabras de las protagonistas del comercial. 

Creo que es uno de esos videos que sirven para motivarse cuando uno está un poco de capa caída. Las señoras dan un bonito discurso, nos sacuden un poco, y estamos listos para enfrentar las dificultades que a nosotros nos tocan. Pero si no sobrenaturalizamos este impulso, esta motivación, no creo que dure. Necesitamos un poco más que ánimos humanos, porque a veces son esos mismos ánimos los que, humanamente, no podemos conseguir o conservar.

Por eso quisiera hablar de la parte menos romántica de bailar bajo la lluvia, de las cosas que a mí me hubiese gustado que me dijesen sobre lo que implicaba, para aprender a hacerlo mejor. 


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Bailar bajo la lluvia también es una tragedia, que debemos aprovechar

No es fácil tener la actitud de «si llueve, que llueva». Incluso esta escena final, de mucha alegría y desenvolvimiento… a muchas mujeres no les parecerá real. ¿Quién está contenta de ver que llueve cuando acaba de salir de la peluquería? O sea, acaban de gastar dinero en que les sequen el pelo y al rato están bailando debajo de un chaparrón. Al menos esto fue lo primero que pensé mientras veía el comercial. 

Puede parecer una tontería, pero esa «tontería» no es graciosa. De la misma manera, no hay «pequeñas tragedias». También las que parecen poca cosa son oportunidad para negarnos a nosotros mismos, para ejercitarnos en la virtud del abandono. 

¡Y menos mal! Porque al final de cuentas, tenemos más disgustos pequeños que podemos convertir en alegrías sobrenaturales y en ofrecimientos a Dios, que grandes contradicciones. Y es el ejercicio en las cosas pequeñas lo que nos prepara para cuando nos topemos con las mayores. 

Entonces, cuando se quema el arroz, cuando toca en el examen justo el capítulo que no se llegó estudiar, cuando se retrasa el bus, cuando el jefe amanece especialmente demandante, etc… recordemos que estamos aprendiendo a sonreír con la lluvia. Podemos repetir la jaculatoria «Omnia in bonum», «todo para bien». Porque como diría San Pablo, todo redunda en el bien de quienes aceptan la voluntad de Dios, que es lo mismo que amarle a Él.

Los santos, incluso los que más sufrieron, coincidieron en que al aceptar esas penas como venidas por el amor de Dios, fueron verdaderamente felices. Pero, ¡ojo! Una felicidad con raíces sobrenaturales. Como decía San Josemaría Escrivá: «La alegría cristiana no es fisiológica: su fundamento está por encima de la enfermedad y de la contradicción. Alegría no es alborozo de cascabeles o de baile popular. La verdadera alegría es algo más íntimo: algo que nos hace estar serenos, rebosantes de gozo, aunque a veces el rostro permanezca severo». 

Bailar bajo la lluvia puede ser fácil… una vez

Yo creía que abandonarse en manos de Dios, aceptar las circunstancias como vienen, era difícil. Pero aunque lo sea, sigue siendo la parte fácil. Difícil es el día después. El día después de bailar bajo la lluvia. 

Difícil es cuando nos damos cuenta de que hay que renovar esa aceptación. Imaginemos la siguiente escena: salir de la peluquería, ver que llueve y armarse de valentía para decir: «si llueve, que llueva», y bailar bajo la lluvia. Luego, pasa el tiempo, volvemos otro día a la peluquería y ocurre lo mismo. Ya no es tan simpático, pero podemos todavía repetir: «si llueve, que llueva…» y nos mojamos, pero quizás sin bailar. Esta vez apurando el paso por si encontramos refugio un poco más adelante.

Luego, adelantemos el tiempo a la siguiente vez en que toca ir a la peluquería. Misma situación, ahora ya emitimos un: «¿Es broma?» No es nada simpático. ¿Y si vuelve a ocurrir lo mismo? «¡Bueno, basta Señor! ¿Es que nunca podré ir a la peluquería en paz?»

Suena tonto, pero esto es lo que puede ocurrir con el abandono. Si nos toca una enfermedad, luego del diagnóstico quizás pase un tiempo antes de decir al Señor: «está bien, que sea lo que Tú quieras». Al decirlo, damos un paso inmenso, y nos damos cuenta de ello.

Pero no tardaremos en darnos cuenta de que la aceptación no es un analgésico, y que al día siguiente, experimentando los síntomas poco simpáticos que nos toque sentir, tendremos que volver a alzar los ojos y decir «está bien, que sea lo que Tú quieras». Y así, un día tras otro, algún día perdiendo la paciencia, otro día con una mejor renuncia.

¿Es posible lograrlo? 

¡Sí! Este ejercicio nos saca muy buenos músculos sobrenaturales. ¿Pero cómo lograrlo? Quizás no hay una única fórmula. Pero creo que lo fundamental es la oración (te recomiendo el curso «Crecer en la vida de oración»). Incluso la oración en la que no se dice nada. La más seca, cuenta.

La oración que es «apenas» (entre comillas, ¡porque es mucho!) tener presencia de Dios durante el día. La que se hace en algún banco del templo o capilla, mirando el Sagrario, quizás hasta un poco distraídos. Saber que no estamos solos, saber que podemos extender la mano a Dios, como invitaba el Padre Pío a hacerlo y tener la seguridad de que Él la toma. El apóstol Santiago me respalda: «¿Estás triste? ¡Haz oración!». 

Solo hablando con Él, podemos ver cuánto nos necesita como corredentores. Solo hablando con Él, nos enamoraremos de Él. Y ese es el secreto que descubrí en la vida de los santos: eran capaces de sufrir mucho, de dar mucho, porque amaban aún más. Entonces, todo parecía poco, porque querían dar todo a quien amaban.

Y gracias a ese amor, se sabían acompañados, incluso cuando Dios también les pedía a muchos de ellos experimentar el vacío, la soledad, el aparente abandono de Él mismo. Se sabían acompañados, incluso cuando no le sentían o veían, porque creían en lo que Él les había prometido. 

«Por Jesús soy capaz de padecer aún más», lo decía en pleno campo de concentración San Maximiliano Kolbe. Pero, para llegar a decir esto, Jesús debía antes ser la persona fundamental en su vida. Y no es algo que logremos solos. No depende de cuán capos seamos, de cuánta fuerza tengamos, de cuán virtuosos creamos ser.

El amor con que amamos a Dios, el que nos permite decir «sí» cuando el cuerpo siente repulsa hacia lo que ve delante de sí… es el amor de Dios mismo, el amor que Él pone en nuestros corazones. Por eso santa Catalina podía decir: «Aumenta mis sufrimientos, pero aumenta mi amor». En otras palabras, podría haber dicho: «Tu Amor». 

¿No es «nuestro» amor el que debería aumentar?

Parece confuso, pero dije bien: «Tu» amor, «Su» amor. Porque Él ya lo dijo, sin Él no podemos hacer nada. No dijo «Sin mí podréis hacer menos» o «Sin mí podréis hacer poco». Dijo «Sin mí, no podréis hacer nada». Es su amor en nuestra alma, es el Espíritu Santo en nuestra alma, el que vuelve a Dios. El que permite que podamos decir «sí», si queremos decir sí. El que nos da la fuerza (su fuerza) para corresponder, si queremos corresponder. 

Entonces, todo depende solo de que queramos, Él hará el resto. No necesitamos tener fuerzas, no necesitamos tener paciencia, no necesitamos más que querer lo que Él quiera.

Dios, «Si llueve, que llueva». ¿Qué le puedo decir a Dios cuando todo me sale mal?