”banner_academia”

La semana próxima cumplimos con mi amada esposita 22 años de noviazgo, y el siete de noviembre, día de María Medianera de Todas las Gracias, 21 años de casados. Pero nuestro matrimonio se «fundó» hace aproximadamente 15 años, cuando finalmente «nos rendimos». Parece complicado, ¿verdad? Me explico un poco más.

Una historia de amor como tantas otras: completamente única

Conocí a Mariana en una fiesta de bodas de una amiga en común. Ni ella iba a ir, ni yo tampoco. Fuimos un poco «obligados», ella por un tío muy querido, y yo por las convenciones sociales, pero el hecho es que fuimos.

Durante la cena estuve sentado en una mesa divertida, con algunos viejos conocidos, y en la que la pasé realmente bien. Ahora bien: como nací con dos pies izquierdos, y bailar no se me da naturalmente, mi plan era quedarme hasta el inicio del baile, y luego silenciosamente regresar a casa.


”banner_academia”

Pero Dios tenía otros planes. Como mi cultura alcohólica en esa época era nula, con dos copas de champagne que había tomado, estaba un poco más «animado» que de costumbre. Al comenzar el baile, me di cuenta de que había varias solteras que necesitaban un bailarín avezado.

Yo no lo era, pero el champagne (creo que es un efecto que producen las burbujas) me hizo creer que sí lo era, así que en cuanto comenzaron los primeros acordes de los Valses Vieneses, salí disparado a la pista, a buscar solteras.

Ella (la flor más bella)

Bailé con dos o tres de ellas, tal vez, (no recuerdo muy bien: las burbujas son traicioneras) y de pronto la vi, al costado de la pista. Pequeñita, morena de ojos claros, hermosa como una mañana y varios atardeceres y literalmente dije: «a esta peque no me la pierdo».

Así que la invité a bailar, bailamos y bailamos, hasta que cortaron la música para distribuir el pastel de boda. Hasta ese momento no habíamos cruzado casi palabra, salvo cantar yo algunas canciones que desconozco casi totalmente (otro efecto colateral de las burbujas).

El problema es que cuando quise ponerme a hablar, mi lengua estaba atravesada. Me moría de ganas de conocer a la chiquitina, así que me propuse por el resto de la noche tomar solamente café y agua. Cosa que hice, y a partir de allí, las cosas son muy claras.

Comenzamos a hablar, le conté que era el menor de doce hijos, y ella me dijo «¿Doce?, ¡tu mamá debe vivir agotada!» y yo le conté que sí, pero que como éramos todos grandes, ella ya se dedicaba a pasear y que en ese momento estaba en Roma, en los votos perpetuos de mi sobrina mayor.

A lo que ella respondió que su tía estaba en ese momento en Roma en los votos perpetuos de su hija mayor, y resulta que ¡su tía y mi mamá estaban en los mismos votos perpetuos de monjitas que eran amigas entrañables! De allí comenzamos a hablar, y a hablar, y a hablar, y aunque pensaba irme a las 11 o 12 de la noche, la dejé en su casa a las nueve de la mañana. Los dos agotados, pero felices.

El ogro y la bruja dormidos

¡La mano de Dios estaba en todo! Nos conocimos, comenzamos a salir y cada vez yo estaba más convencido: esta mujer era «huesos de mis huesos y carne de mi carne». Dos semanas después de conocernos, formalizamos y nos pusimos de novios. Cuatro meses después le propuse matrimonio, y nos casamos el siete de noviembre de 1998.

Un cuento de hadas, ¿verdad? Pero resulta que en todo cuento de hadas hay una bruja y un ogro durmiendo, esperando el matrimonio para despertarse. ¡Y vaya que se despertaron! a poco de casarnos comenzaron los conflictos, las peleas, las discusiones y los malos tratos.

Mayormente culpa mía, pero en ese momento yo creía que era el mejor esposo del mundo. Que me había casado con una ingrata que no valoraba la extraordinaria suerte que había tenido al encontrarme. Así que me encargaba de recordarle que cualquier mujer del mundo estaría feliz con un esposo como yo… ¡Dios mío, cuánta soberbia hinchada!

Luego de haber tenido cuatro hijos, y haber perdido a la primera a poco tiempo de nacer, llegamos a un punto en nuestro matrimonio en el que pensamos que ya no había nada que hacer. O pensábamos que sí, que quedaba una sola cosa por hacer: separarnos, y llegado el caso, divorciarnos.

¿Cómo pensábamos que habría podido funcionar? ¿Qué ilusión nos había hecho creer que podía funcionar algo que estaba a todas luces destinado a fracasar? ¡Éramos tan distintos! Ella parecía diseñada a propósito para sacar lo peor de mí, y yo parecía haber sido hecho y criado para sacarla de quicio. 

Al llegar al fondo, solo se puede salir en una dirección: hacia arriba

El peor momento de nuestro matrimonio, pasó a ser el punto de inflexión. De pronto nos dimos cuenta de que nuestros hijos nos necesitaban, y nos necesitaban juntos, nos necesitaban bien.

De pronto, nos dimos cuenta que habíamos hecho todo mal, pensando cada uno en cómo podía usar al otro para su beneficio, y tratando de convertir al otro en algo que no era para nuestra comodidad.

De pronto comenzamos a comprender que esas diferencias que nos exasperaban eran la manifestación de dos riquezas distintas. Comenzamos a leer, a interesarnos, a buscarnos y descubrirnos nuevamente.

¡No estábamos llamados a ser iguales! ¡Estábamos llamados precisamente porque éramos diferentes! ¿Cómo no nos dimos cuenta antes? ¡Pues porque por más que nos digan, lo tenemos que vivir para comprenderlo. Son esas cosas que sí o sí hay que aprender por experiencia propia.

¡En la diferencia está la riqueza!

Como dice Felipe D’hondt, el ponente del video que hoy te comento, parafraseando a San Juan Pablo II: «Cada diferencia del hombre y la mujer, supone un complemento del uno para el otro. ¿Por qué cuando nos enamoramos no vemos lo que realmente el otro es y tenemos tendencia a idealizarlo?

¡Dios nos hizo así, nos sentimos incompletos, sentimos que nos falta algo, y generalmente nos sentimos atraídos hacia otra persona que tenga eso que a nosotros nos falta!

Si consideramos que la alianza conyugal es la entrega total y completa de una persona a otra, ¿qué podríamos donar si los dos compartiéramos los mismos dones? Nuestra riqueza está en que esas diferencias que tenemos, generalmente son diferencias que, como dice Federico, «se complementan».

El problema es que para descubrirlas, hay que dejarlas actuar. Y cuando nuestras diferencias actúan, cuando se ponen de manifiesto, muchas veces generan conflictos, peleas, discusiones, diferencias, llanto y dolor.

¿Se puede pasar por estas diferencias sin rompernos mutuamente el corazón? Yo diría que es lo más probable. Casi siempre el «tocar fondo» es lo que nos permite darle impulso al matrimonio, comenzar a reconocer nuestras diferencias, y reconociéndolas, comenzar a valorarlas.

Volver a empezar, fundados en la Roca que es Cristo

En 2005, con mi esposa habíamos llegado al límite de nuestra resistencia, y fue entonces cuando pedimos ayuda a Dios. María de Himalaya dice que Dios nos lleva al desierto para poder romper nuestro corazón de piedra, y que de ese modo podamos comenzar a amar, a amar de verdad con un corazón de carne.

Yo creo que esa etapa del matrimonio, ese «invierno» del amor nos prepara para lo que viene. Como dice el Papa Francisco, «El mejor vino es el que está por venir», pero para que ese vino bueno venga, tenemos que tomar hasta el fondo el otro cáliz. Agotar nuestras miserias y resentimientos, quemar nuestros egoísmos en el fuego del sufrimiento.

Federico sigue ampliando el concepto de la complementariedad, y dice una cosa hermosa, hablando de los órganos reproductivos femenino y masculino, señala: «Para que alcancen su fin, necesitan unirse». San Juan Pablo II, en su catequesis sobre el amor humano, llamada «Teología del Cuerpo», entiende a esta unión como la referida por la Escritura al hacerse «una sola carne».

Es decir, el hombre y la mujer unidos en una misma acción fisiológica fundada y centrada en la fecundidad. Pero quiero detenerme un poco en la significación profunda de toda la frase, que Nuestro Señor repite del Génesis y luego San Pablo refiere a Cristo y la Iglesia.

La unión hace la fuerza. Y también la gracia del Sacramento

¡Para alcanzar nuestro fin como esposos, tenemos que unirnos! ¡Pero para unirnos tenemos que reconocer, celebrar y potenciar nuestras diferencias! Si nuestras diferencias están llamadas a complementarse, ¿Cómo querríamos que den fruto si no las reconocemos y agradecemos?

Por eso, después de haber llegado a la época más oscura de nuestra relación, pudimos refundar nuestro matrimonio, relanzarlo. Y comenzar a buscar al otro, y no buscarlo en nuestras similitudes, sino aprender a aceptar sus riquezas, a aceptar el don del otro tal como Dios lo hizo y lo quiere.

Y entonces el matrimonio se revoluciona. Alcanzamos nuestro fin porque nos unimos y hacemos lo que tenemos que hacer. Cuando nos aceptamos y donamos nuestras riquezas a la alianza, entonces el sacramento alcanza su fin: la santificación de los esposos y la educación de los hijos.

Lo que sucede cuando valoramos nuestras diferencias

Cuando aprendemos a reconocer y valorar nuestras diferencias, sucede algo hermoso, que está pasando en nuestro matrimonio: las luces de mi esposa iluminan mis sombras, y mis luces iluminan las suyas. Las iluminan y las ponen de manifiesto, ya no en modo agresivo, sino en modo de que yo tengo un buen ejemplo para corregirme. Y mi esposa tiene otro buen ejemplo para hacer lo mismo. De pronto, lo que antes nos exasperaba, se convirtió en oportunidad de crecimiento y mejora personal.

Dios sabe hacer eso: toma un poco de pan, un poco de vino, y los convierte en Aquél por quien todo fue hecho. Toma a un esposo bastante regular, a una esposa muy hermosa pero con algunas fallas, y de esa unión sale algo que es mucho más, infinitamente más que la suma de sus partes.

Ya no son dos, sino uno. Pero ese «uno» que nace de la unión de los esposos es mucho más que dos, es un infinito. Porque en los hijos, y en los frutos del matrimonio consagrado se encuentra la mano generosa y providente de Dios, y si Dios está con nosotros, ¿Quién está contra nosotros?

Para pensar en pareja

Cuando veamos que nuestro matrimonio está en dificultades, cuando creamos que llegamos al límite de nuestra resistencia, entonces es la hora de elevar nuestra mirada.

Cuando veamos que nuestro cónyuge nos contradice, o no podamos llegar a un acuerdo, pensemos si ese desacuerdo no es una oportunidad para que yo vea en mi complemento la riqueza de nuestro matrimonio.

Por cada vez que nos mortifiquen nuestras diferencias, pensemos que Dios está arando la tierra para que demos más fruto, ¡El ciento por uno en esta tierra, y después en la vida eterna!

matrimonio, Así fue como Dios salvó nuestro matrimonio cuando estábamos a punto de separarnos