Esta historia me toca muy de cerca. En San Luis, la ciudad adonde vivo, a 800 kms de Buenos Aires, hay relativamente pocas personas sin techo. Los que hay son en general «aves de paso», gente que está poco tiempo pidiendo limosna en la puerta de las Iglesias, haciendo malabares, o limpiando los parabrisas de los autos en los semáforos, pero son habitualmente pocos. Hay un sector de la población que está golpeada por la miseria, pero también son pocos, ya que el gobierno provincial ha tenido desde hace mucho tiempo muy buenas políticas de viviendas sociales y dentro de la crisis que atraviesa nuestro país, San Luis todavía tiene menores dificultades habitacionales que el resto del país.

Hace quince años, el gobernador de la provincia decretó, de un día para el otro, la eliminación de los hogares para discapacitados, porque desde la dirección de discapacidad se decía (con algo de razón) que los discapacitados tienen que convivir con sus familias, y que se debe ayudar a las familias a que atiendan mejor a sus miembros discapacitados.



Así conocí a Sergio

En la teoría esta norma parecía muy buena, pero como sucedió en la Francia de la Revolución, comenzaron a verse en las calles, desamparados y solos, a personas que no tenían familia. Que se desconocía qué patologías tenían y que no se bañaban, no comían bien y dormían donde podían, como podían y dónde podían. Sergio era uno de ellos. Innumerables veces me lo encontré en muchos lugares de San Luis, y a duras penas se podía respirar cuando se pasaba cerca de él. El hedor era insoportable.

Cuando tengo la tentación de sentirme un cristiano «avanzado» recuerdo que para mí las obras de caridad corporal son extremadamente difíciles, y entonces se me pasa la soberbia. Sinceramente me daba muchísima pena la situación de Sergio, pero salvo darle unas monedas muy de vez en cuando, o darle algo de comida también muy de vez en cuando, no hice nada concreto por ayudarlo.



Un gesto de caridad con fecha de vencimiento

Hasta el 31 de mayo de 2018, en que comenzaron a llegar mensajes en el grupo de la Obra de Familias de Schoenstatt de nuestra diócesis. Era una noche extremadamente fría, había nevado casi toda la tarde, y un matrimonio amigo había visto a Sergio en una esquina de la ciudad, totalmente mojado y temblando de frío. Comenzaron a llamar a las parroquias a ver si alguien lo podía recibir, si había alguna posibilidad y Alejandro Lorenzo, cocinero de Cáritas Parroquial de la Parroquia San Roque, pidió que lo llevaran mientras cocinaba la comida que se iba a repartir ese día.

Se pudo bañar en la Parroquia, lo afeitaron y le dieron ropa limpia y comida. Pero ¿Qué iba a pasar después? ¿Tendría que volver a las calles? Muchas personas se acercaron a llevar dinero, ropa y un gesto de cariño, pero lo concreto era que al día siguiente iba a estar de nuevo en la calle.

La decisión que lo cambiaría todo

Y entonces Alejandro se decidió, y lo llevó a vivir con él. Puede parecer poco decirlo así, pero ¡se hizo cargo de una persona! Tomó la responsabilidad de alimentarlo, vestirlo, darle un techo y ayudarlo a reencontrarse con una vida digna. Pocos días después le pregunté a Alejandro por qué había hecho tan gran acto de amor, y me contestó que él también había sido una persona en situación de calle, y que otras personas lo habían tratado con amor y compasión. Que le tocaba a él ahora ser las manos de la misericordia de Dios para Sergio.

La historia termina bien: Sergio recuperó su identidad, pudo reencontrarse con sus dos hermanas y sus sobrinos, y poco a poco volver a estar insertado en la sociedad que lo rechazó durante tantísimo tiempo.

¿Hasta dónde estás dispuesto para ayudar a tu hermano?

Disculpa que me ponga personal con esta historia, pero como te dije al principio, me tocó vivirla de cerca y me hizo revisar mi propia actitud con la gente que se encuentra en situación de calle. Desde siempre justificaba mi cobardía y mi falta de respuesta pensando «son vagos», «algo habrán hecho para terminar así», «si les doy dinero, tal vez se emborrachen más», mil excusas horribles, egoístas y justificativas de mis malas acciones.

Desde que Alejandro y mis hermanos de la Parroquia San Roque me enseñaron a ver en mi hermano necesitado a Cristo Sufriente, intento cambiar mi actitud hacia las personas que están en situación de calle. No digo que me vaya a hacer cargo, como Alejandro se hizo cargo de Sergio, siendo el «Buen Samaritano» que se hace cargo de su prójimo, pero ahora me animo a hablar con ellos, a acercarles un gesto de cariño, a darles una limosna en dinero o comida. A preguntarles qué necesitan con urgencia y pedir en los grupos de Cáritas si alguien tiene lo que ellos necesitan, a movilizarme un poco más que solo «sentir pena» y no hacer nada concreto. Todavía me falta mucho, y creo que nunca voy a ser capaz de hacer algo heroico, como lo que hizo Alejandro, pero entiendo que es «MI» actitud la que tiene que cambiar para que haya algo más de amor en el mundo.

¿Qué puedo hacer para ayudar a otros?

El Papa Francisco lo dijo: «Cuando faltan o sobran palabras es suficiente usar el gesto de la ternura… solo es necesario una caricia que sea verdadera y fidedigna» (Papa Francisco. Audiencia 19.06.19)

Seamos para nuestros hermanos menos afortunados, las manos de la Divina Providencia, pero también seamos para ellos las manos de la divina ternura, y el corazón cercano que les devuelva su dignidad de Hijos de Dios.