”teologia_del_cuerpo”
”teologia_del_cuerpo”

A veces escuchamos que «Dios está en todas partes» y luego crecemos y nos empezamos a sentir incómodos con la idea, hasta tal punto de decir que no, que a Dios solo podemos encontrarlo en las cosas religiosas.

Pero entre más meditamos los Evangelios, más conocemos a Jesús como un hombre que vive la realidad más común. Rodeado de pastores, agricultores, amos y siervos, gallinas y lobos, vasijas de barro, lámparas, mesas, panes, bodas y banquetes.

Jesús, como hombre que era, vivió entre árboles, animales y personas. Fiestas, duelos, cantos, noches de silencio, banquetes de boda y noches sin un pan qué comer. Cuando pasamos tiempo con Jesús meditando su Palabra nos encontramos con un hombre que conocía su realidad y en ella podía encontrarse con Dios, con su revelación increíble… en lo más cotidiano.

A veces imagino cómo habrán mirado a Jesús los doctores de la ley que escuchaban que hablaba de ovejas sin pastor, de vecinos molestos que llegan por la noche o de semillas de mostaza. Me imagino a un Jesús que no tiene miedo de decir frente a los fariseos y escribas que Él encuentra a Dios en estas escenas tan cotidianas, aparentemente sin sentido.

1. Dios Padre quiso que Jesús experimentara una vida sencilla

¿Cómo un Dios va a esconder sus mejores lecciones entre cosas del día a día? ¿Cómo que encuentra al Espíritu de Dios actuando como la levadura actúa en la masa? Es increíble pensar que el mismo Hijo de Dios entendió las mejores revelaciones simplemente contemplando la realidad misma que su Padre le regalaba.

Es maravilloso pensar que nada era demasiado poco o demasiado simple para conocerlo mejor y amarlo más. Jesús entendió que en la misma forma en que trataban los pastores a sus ovejas, así también Dios cuidaba de sus hijos. Entendió que si un pastor cuida de los lobos, así también Dios nos cuida de ser asechados por el mal. Y entendió que si un pastor busca una de 100 ovejas… ¿cómo no cuidaría Dios de nosotros?

Jesús aprendió con los constructores que se desecha la piedra angular, la más importante y que construir sin planos y estructuras firmes es como llevar una vida sin Dios. Jesús entendió que las bodas eran todo un ritual en el cual no podía fallar nada. Que incluso si una dama se tardaba en encender su lámpara, nadie iba a esperarla. Y que a vinos nuevos… odres viejos no aguantaban.

Vio a María alguna vez llegar a casa para cocinarles unos ricos panes, pero tenía que esperar a que se fermentara la levadura para que se ensancharan. Vio a Isabel cosiendo telas viejas y nuevas y fue testigo de cómo terminaba mal. Así que no lo dudemos ni un segundo, Dios está ahí, junto a ti, en medio de tus tareas cotidianas.

2. Olvidamos que Dios nos dio el mejor de los ejemplos

Solemos limitar a Dios mismo, como esos doctores y fariseos. Olvidamos que Jesús logra avisarnos de qué trata el Reino de Dios con cada uno de sus actos. El pueblo judío ansiaba la llegada de un Mesías que revelara el gran poder de Dios en cosas grandes. Un reino con su ejército, un castillo, seguidores expertos y valientes y por supuesto, milagros sorprendentes:

«Yo les aseguro que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad. ¡Pobre de ti, Corazaín! ¡Pobre de ti, Betsaida! Porque si los milagros que se han hecho en ustedes se hubieran realizado en Tiro y Sidón, hace mucho tiempo que sus habitantes habrían hecho penitencia».

Hoy seguimos esperando que Dios se nos revele en milagros al estilo de los shows de circo. Pero Jesús nos sigue diciendo: no depende de lo que suceda sino de la fe de quien lo mira. Jesús nos enseñó a percibir la realidad de otra manera. Y en esa cotidianidad se inspiró para componer las parábolas que comprenderían quienes lo seguían. Él te escucha, te acompaña y te guía en todo momento.

3. Murió en la cruz para salvarte

Dios se hace presente en medio de todo lo cotidiano para que aprendamos que es en esa realidad donde Él obra. Y la cruz es finalmente eso que parece absurdamente «corriente» para la época: pues eran los criminales los que morían crucificados. Pero Jesús transforma todo el significado que tiene la cruz. Se convierte en estandarte de nuestra salvación, en el triunfo del amor sobre la indiferencia, de la misericordia sobre el pecado, de la vida sobre la muerte.

Nosotros mismos a veces tenemos que recordar que en ese madero encontramos todo el amor que buscamos, todas las respuestas que deseamos conocer. Es por medio de un pedacito de pan y un trago de vino que podemos vivir verdaderamente y para siempre. En una Iglesia formada por hombres y mujeres imperfectos podemos, aún así, recibir y llevar a Cristo.

Quizá para encontrarnos con Dios debamos aprender más de Jesús: a encontrarlo en todo. Quizá nos falte ese corazón más manso y más humilde. Con sus parábolas Jesús va educando la sensibilidad de los discípulos —hoy
nosotros—. Pero la pregunta sería ¿nos dejamos sensibilizar?

«En ese momento Jesús se llenó del gozo del Espíritu Santo y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has dado a conocer a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu voluntad. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos, nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre; nadie sabe quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera dárselo a conocer».

La próxima vez que dudes que Dios está junto a ti, recuerda su paso por la Tierra. Recuerda que quiso hacerse hombre para salvarte, que se entregó en la cruz por tu salvación y que te prometió estar a tu lado hasta el final de los tiempos.