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Buscamos consuelo al dolor que nos ha tocado a todos por esta época de distintas maneras. Y es normal que hayan días grises en los que no tengamos ganas de levantarnos de la cama. Días en los que desearíamos que nadie nos hable, en los que quisiéramos gritar, tirar todo, llorar desesperados y reclamarle con furia a Dios por qué ha dejado que todo esto pase.

Así que grita, llora, patalea, pero no dejes nunca de dirigirte a Dios. Dile todo lo que guardas en el corazón, pídele respuestas, pídele consuelo, pídele que no te deje sumergido en la oscuridad. Esta Semana Santa que pasó seguro quedará en el recuerdo de todos, para unos con cierta amargura y para otros con un inmenso sentimiento de gratitud.

El consuelo que solo puede brindarnos Dios

Debo confesar que el Viernes Santo no estaba muy «sintonizada» espiritualmente. Me sentía agotada por todo el trabajo de la semana (incluido el de ser mamá) y quería participar de la misa pero por dentro solo esperaba que no fuera tan larga.


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De repente, en medio de las palabras que se pronunciaban y de los mil pensamientos que se me cruzaban por la cabeza, escuché cosas que no esperaba escuchar. Palabras que me llegaron justo al corazón y que me embargaron de un sentimiento de esperanza que me cayó como un balde de agua fría.

Raniero Cantalamessa, el Predicador de la Casa Pontificia pronunciaba una homilía simplemente maravillosa. Si no tuviste la oportunidad de escucharla puedes entrar a este enlace.

Hoy quisiera compartir algunos fragmentos que además de contener todo lo que tal vez no nos hemos atrevido a decir en voz alta, nos brindan un consuelo espiritual inmenso.

1. Delirio de omnipotencia

consuelo, Créeme cuando te digo, que solo en Dios he encontrado consuelo

«La pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia. Tenemos la ocasión —ha escrito un conocido Rabino judío— de celebrar este año un especial éxodo pascual, salir «del exilio de la conciencia».

Ha bastado el más pequeño y deforme elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice un salmo de la Biblia—, es como los animales que perecen» (Sal 49,21). ¡Qué verdad es!».

2. Dios nos salva del abismo que no vemos

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«Mientras pintaba al fresco la catedral de San Pablo en Londres, el pintor James Thornhill, en un cierto momento, se sobrecogió con tanto entusiasmo por su fresco que, retrocediendo para verlo mejor, no se daba cuenta de que se iba a precipitar al vacío desde los andamios.

Un asistente, horrorizado, comprendió que un grito de llamada solo habría acelerado el desastre. Sin pensarlo dos veces, mojó un pincel en el color y lo arrojó en medio del fresco. El maestro, estupefacto, dio un salto hacia adelante. Su obra estaba comprometida, pero él estaba a salvo.

Así actúa a veces Dios con nosotros: trastorna nuestros proyectos y nuestra tranquilidad, para salvarnos del abismo que no vemos».

3. Dios es aliado nuestro, no del virus

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«Pero atentos a no engañarnos. No es Dios quien ha arrojado el pincel sobre el fresco de nuestra orgullosa civilización tecnológica. ¡Dios es aliado nuestro, no del virus! «Tengo proyectos de paz, no de aflicción», nos dice Él mismo en la Biblia (Jer 29,11).

Si estos flagelos fueran castigos de Dios, no se explicaría por qué se abaten igual sobre buenos y malos, y por qué los pobres son los que más sufren sus consecuencias. ¿Son ellos más pecadores que otros?

¡No! El que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad. Sí, Dios «sufre», como cada padre y cada madre. Cuando nos enteremos un día, nos avergonzaremos de todas las acusaciones que hicimos contra Él en la vida».

4. Dios participa en nuestro dolor para vencerlo

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«Dios —escribe san Agustín—, siendo supremamente bueno, no permitiría jamás que cualquier mal existiera en sus obras, si no fuera lo suficientemente poderoso y bueno, para sacar del mal mismo el bien.

¿Acaso Dios Padre ha querido la muerte de su Hijo, para sacar un bien de ella? No, simplemente ha permitido que la libertad humana siguiera su curso, haciendo, sin embargo, que sirviera a su plan, no al de los hombres.

Esto vale también para los males naturales como los terremotos y las pestes. Él no los suscita. Él ha dado también a la naturaleza una especie de libertad, cualitativamente diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre, pero siempre una forma de libertad.

Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo. No ha creado el mundo como un reloj programado con antelación en cualquier mínimo movimiento suyo. Es lo que algunos llaman la casualidad, y que la Biblia, en cambio, llama «sabiduría de Dios».

5. El virus no conoce fronteras

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«En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado. Como nos ha exhortado el Santo Padre no debemos desaprovechar esta ocasión.

No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la «recesión» que más debemos temer».

6. Grita a Dios

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«La Palabra de Dios nos dice qué es lo primero que debemos hacer en momentos como estos: gritar a Dios. Es Él mismo quien pone en labios de los hombres las palabras que hay que gritarle, a veces incluso palabras duras, de llanto y casi de acusación.

«¡Levántate, Señor, ven en nuestra ayuda! ¡Sálvanos por tu misericordia! […] ¡Despierta, no nos rechaces para siempre!» (Sal 44,24.27). «Señor, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38).

7. Saldremos de las tumbas de nuestros hogares

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«Después de tres días resucitaré, predijo Jesús (cf. Mt 9, 31). Nosotros también, después de estos días que esperamos sean cortos, nos levantaremos y saldremos de las tumbas de nuestros hogares. No para volver a la vida anterior como Lázaro, sino a una vida nueva, como Jesús. Una vida más fraterna, más humana. ¡Más cristiana!».

¡Qué homilía más acertada para este tiempo que vivimos, es casi un despertar! Qué consuelo más grande nos brinda Dios al recordarnos a todos que Él no nos abandona. No es indiferente a nuestro llanto en las madrugadas, a nuestro agobio en medio de las actividades diarias, a la ansiedad que parece consumirnos y que en muchos casos debemos ocultar.

Tenemos a un Padre, uno que nos ama hasta el extremo

El consuelo que buscamos reposa en Él y en su Madre, en el corazón de María que nos espera con ardiente deseo. Recordemos las palabras del papa Francisco constantemente: «¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!».

Ten presente que ese sentimiento de preocupación y ansiedad que te embarga lo compartimos millones de personas al rededor del mundo. No estás solo, grita a Dios en medio de tu dolor ¡Consuela mi corazón Señor, no te olvides de mí!

Hay un pack de conferencias muy lindo que te recomiendo para esta época, se llama «Pack de consuelo espiritual». Una oportunidad verdaderamente hermosa de alivianar nuestra carga por estos días. Si te animas a obtenerlo, estoy segura de que te será de mucha ayuda.

Déjanos saber en los comentarios qué te ha brindado consuelo o quiénes te han ayudado a sentirte mejor. «Dichosos los que lloran, porque serán consolados» (Mateo 5: 4). ❤️

consuelo, Créeme cuando te digo, que solo en Dios he encontrado consuelo