Aunque nuestra espiritualidad y religión se trate de un Dios que no es más ni menos que el amor mismo, me doy cuenta que las relaciones que formo no son por amor, sino por conseguir algo a cambio.

Un noviazgo, un trabajo, «contactos», amistades etc. Incluso en el ambiente espiritual, me llego a juntar con personas porque «necesito» algo y en ellas lo busco.

Si somos personas buenas, ¿por qué caemos en relaciones de maltratos, ambiguas, abusivas, infieles o sin castidad? Vamos a retiros, escuchamos buenas charlas, asistimos a misa, creemos en un Dios que es amor, tomamos cursos, etc.

Sin embargo, hay pecados que justo son más sutiles porque vamos avanzando en el camino de ser más humanos (y por tanto más divinos).

Estos pecados nos sugieren actitudes que en un inicio no son «malas», pero entonces, ¿cómo identificarlas?, ¿cómo sé si mi modo de relacionarme es auténtico y no utilitarista?, ¿cómo entender que estoy hecha para un amor verdadero y no para uno a medias?

1. Dios nos crea libres para amar libremente, el amor es gratuito

¿Qué es el amor verdadero y qué tiene que ver Dios?

Si tenemos la imagen de un Dios que solo usa a las personas para cumplir misiones, pero no que ama a las personas en sí, sin recibir nada a cambio de ellas, ni siquiera que sean grandes virtuosos… entonces seguiremos viviendo sin amar a los demás.

Piensa en el ladrón condenado junto con Jesús que le dijo «Cuando llegues allá, acuérdate de mí» ¡Llegó al cielo sin mil estrategias! El amor es gratuito. Si creemos que Jesús nos ama o nos salva —a cambio de …—  estaremos creyendo en un Dios que da solo con condiciones.

Dios nos deja ser libres para amarlo en libertad. ¿Me siento libre en mis relaciones?, ¿dejo al otro ser libre para estar o no estar conmigo?, ¿lo manipulo o abuso de ella/él para que se quede?

2. Servir o servirnos

El amor, si lo aprendemos de Dios, es un amor que busca donarse, es decir: yo no quiero algo de ti, más bien ¡busco darme a ti, busco que seas feliz!

Un Jesús que se ofreció a servir a la humanidad en lugar de servirse de ella es nuestro modelo —incluso como comunidades eclesiales—.

¿Entonces amar es dejarse pisotear por otros? No, si nos damos el tiempo de meditar en cómo amó Jesús, entenderemos las claves de ese amor. Si reconozco mi valor, no soy servil… sino servicial, o sea, si aceptas o no mi ayuda, eso no daña mi autoestima.

¿Tengo relaciones donde me siento cómoda dando y recibiendo, o siempre me siento en desventaja?, ¿cuando doy es porque amo o porque quiero sentir que el otro me necesita?, ¿me entrego sin esperar nada a cambio?

3. El amor duele porque quiere amar más, no porque es lastimado

¿Qué es el amor verdadero y qué tiene que ver Dios?

Otro mito es que el amor duele: porque pone en juego mi ego, mi tiempo, mis valores y lo que tengo como prioridades.  Entonces sufro mis relaciones… ¡pero el síntoma más claro de un amor falso es sufrirlo!

«¿Querrá ser casto como yo?, ¿me amará cuando no sea popular?, ¿se va a ir si le digo que no me gusta que haga eso?, ¿qué pensará si me comporto de esta manera?».

Cuando nos sentimos amados de verdad tenemos la sensación de tener más aire: para respirar, para vivir, para hacer lo que nos gusta, para conversar, para abrir nuestros miedos, para reír, ¡para ser nosotros mismos!

La meta de Cristo no era que aprendiéramos a tolerar la muerte, sino a acabar con ella, con el mal y el pecado. ¿Me doy cuenta que Dios me ama sin dolor?, ¿creo que sufrir es amar?, ¿con quiénes me siento en paz y por qué?, ¿quiero esas relaciones en mi vida?

¿Soy consciente de que soy hija de Dios y de que todo lo recibo por su gracia?, ¿entiendo que todos, sin importar raza o estatus merecemos ser amados de verdad?