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Una pregunta muy frecuente en tiempos de angustia y necesidad es «Dios Mío, Dios Mío ¿Por qué me has abandonado?», tan humano es el pedido que hasta Nuestro Señor dijo esas palabras en la Cruz. Hay veces que Dios parece «esconderse», dejarnos librados a nuestras propias fuerzas, y vemos ese abandono como crueldad. Sentimos que a Dios no le importan nuestros problemas o que no escucha nuestras oraciones.

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El video que te comparto hoy gira en torno a este tema: una chica muy cercana a su padre, descubre que tiene cáncer de ojos y que perderá completamente la visión. El día que la pierde por completo, su padre «desaparece» y la deja aparentemente abandonada. A partir de allí, la chica debe aprender a valerse por sí misma, hasta que se pone en peligro, y entonces su padre reaparece, para salvarle la vida. 

El video tiene dos ejes de reflexión. Como tiene una intención catequética, el primer eje es el de nuestra relación filial con Dios Padre. Pero el segundo eje que yo le veo y que voy a comentarte más en profundidad, es la misión del padre varón en la vida de sus hijos. 

Nuestra Relación con Dios

El video muestra, como dije al principio una alegoría del amor de Dios, que muchas veces «juega a las escondidas», no para probar a sus hijos, sino para forjarlos y mostrarles de lo que son capaces. Naturalmente que ningún padre humano dejaría de comunicarse con sus hijos en una situación de necesidad tan acuciante, pero sirve para demostrar que muchas veces nos quejamos de que Dios no escucha nuestras oraciones, pero en realidad está dejando que nosotros crezcamos.

El amor de Dios, cuando parece distante, en el fondo nos está diciendo que nosotros podremos superarlo. Y basta que dirijamos a Él las más sencillas oraciones para que, como el padre del video, nos evite los peligros grandes y los pequeños. Muchas veces nuestra oración se reduce a «Dios, ayúdame», en lugar de decir «Dios, dime qué tengo que hacer». Uno lleva a la inmovilidad y el otro lleva a la acción, y hay un mundo de diferencia entre los dos.

El amor de ambos padres

Amamos a nuestros hijos de un modo distinto, y de esa distinción nace la riqueza de la humanidad. Nuestros hijos son fruto de un acto de amor, y nuestro amor es lo que los sostiene en la vida. El amor de padre tiene algunos aspectos peculiares que afirman ciertas características psicoafectivas de niños y niñas en forma diferente. Del mismo modo, el amor de madre va a ser el responsable de afirmar otras características psicoafectivas de niños y niñas en forma diferente.

El amor de los padres a los hijos es clave en la conformación psicoafectiva de los niños, pero hay un amor que es fundamental en la educación de los niños, y ese es el amor que ambos padres tienen entre sí. El amor de ambos padres es el que forma el sustrato donde crecen todas las virtudes de los niños. Los padres solteros, separados sin volver a casarse o viudos también pueden formar este sustrato, pero se dará más naturalmente entre los padres casados.

El amor materno

El amor materno tiene un fuerte componente biológico – instintivo. Desde la fecundación, el embrión comienza un «diálogo hormonal» con la madre que va a seguir durante todo el embarazo, parto y lactancia. Ese vínculo hormonal es fortísimo, y determina el tipo de relación que la madre tiene con el hijo. Es, para que lo comprendamos los varoncitos, como la sed o el hambre: una vez que la madre ve que su hijo tiene una necesidad, esa necesidad es un mandato para ella, y no va a estar tranquila hasta que el hijo no tenga esa necesidad satisfecha.

El amor maternal es un amor que protege y nutre, un amor que es incondicional y que acepta al hijo tal cual es, y lo ama por el solo hecho de ser hijo suyo. Es un amor espiritual y físico, donde el cariño y la afectividad tienen un gran peso. Los juegos de mamá son suaves y educativos, y su amor está basado en la receptividad y la necesidad de curar y cuidar. Naturalmente, este tipo de amor, tan determinado biológicamente, genera dependencia y puede convertirse en sobreprotector.

El amor paterno

A diferencia del amor materno, el amor paternal depende más de una decisión voluntaria del padre, y por esta razón tendrá unas características muy diferentes al amor maternal. Diferentes no quiere decir necesariamente opuestas, sino que podría acercarse a la noción de complementariedad: el amor de papá y el amor de mamá son necesarios para la salud psicoafectiva del niño.

Exige y alienta

El amor de padre es un amor exigente. No quiere decir que vaya a estar atado exclusivamente a los resultados que el niño obtenga, pero sí una parte importante del amor de padre va a verse retroalimentado por los logros y cumplimientos de su hijo. El amor de padre alienta al niño a superarse a sí mismo, y a regular sus propios comportamientos para agradar al padre.

Es un amor que tiene una mirada vigilante sobre el niño, pero esa mirada vigilante está siempre teñida de confianza. Afianza al niño en su seguridad, en su capacidad de superarse a sí mismo para dar lo mejor de sí. Como el padre del video, que está cerca, pero que deja que la hija desarrolle sus capacidades por sí misma.

Juegos bruscos y exigentes

Los juegos que el padre propone son juegos donde hay una competencia en ciernes. El niño es llevado entonces, mediante el ánimo competitivo, al límite de su exigencia. Generalmente el padre regula su fuerza y permite que el niño «gane», pero casi siempre por un margen estrecho, como para dar a entender que todavía puede mejorar su performance anterior.

El juego paternal es brusco, de modo tal que el niño está siempre al borde del dolor o de la frustración. Este tipo de juego brusco es extremadamente importante al momento de poner límites a otros niños en los juegos, y de aprender a defenderse de una agresión injusta. También genera niños que tienen menor cantidad de problemas de socialización y comportamiento.

Es más espiritual que físico

Como depende de una decisión voluntaria y como el varón no genera oxitocina ni tiene tantos receptores cerebrales como la mujer, para ella el cariño del padre es mucho más espiritual que físico. Al padre le cuesta más expresar su cariño de un modo afectivo, con cariño físico, y generalmente lo aplica con palabras de aliento o afirmación y regalos. No quiere decir que el padre sea absolutamente incapaz de hacer una caricia o dar un beso, pero habitualmente buscará afirmar a su hijo mediante otras herramientas afectivas distintas al cariño físico.

Lanza hacia el mundo

Al brindar un cariño espiritual y exigente, el padre es el encargado de lanzar a los niños al mundo. Su capacidad de amar se ve colmada cuando sus hijos enfrentan al mundo y triunfan. Esto hace que el niño desarrolle su relación con el mundo externo, y es una prueba de que el amor de padre ha triunfado en el niño: cuando le transmitió su seguridad y fortaleza. El amor de padre es el encargado de poner límite al amor de sobreprotección de la madre, y enseñarle al niño que el mundo es un lugar inseguro y hostil que tiene que ser conquistado.

Corta el cordón umbilical

El padre es el encargado de «cortar el cordón umbilical» (a veces en la realidad, pero casi siempre metafóricamente), es decir, de cortar la dependencia del hijo con la madre. Muchas veces también cortar el cordón de dependencia de la madre con el hijo. Esta tarea, que puede suceder hasta durante los años de la adolescencia, es crucial para que el niño pueda adquirir su independencia personal. Muchas veces resistido por la madre y por el hijo que están «cómodos» en una relación en la que la madre no permite el desarrollo del niño, o el niño no es consciente de la injerencia de la madre en su propia vida.

Puede convertirse en tiránico

Como el amor de madre puede convertirse en sobreprotector, el amor de padre puede convertirse en tiránico. Por eso es importante el contrapeso del amor maternal, y para el amor maternal es importante el contrapeso del amor paternal. El padre que exige demasiado a sus hijos es un padre que corre el riesgo de dejar secuelas emocionales en el desarrollo psicoafectivo de su hijo.

Un padre que es demasiado estricto puede generar, por rebeldía adolescente un joven contestatario, violento o agresivo con los demás o consigo mismo. La sensación de no ser nunca «demasiado bueno» para los estándares de papá es tan demoledora como la sensación de ser siempre «el niño perfecto» que puede tener una mamá demasiado sobreprotectora.

El amor conyugal

Más determinante que el amor de los padres a los hijos, es el amor que papá tiene a mamá y el amor que mamá tiene a papá. Este amor, además de determinar el tipo de relación afectiva que el niño será capaz de desarrollar cuando sea adulto, será también determinante de la seguridad durante la niñez. Claro que este amor no actúa por arte de magia, sino que tiene una cantidad de requisitos previos que se deben cumplir para que este amor entre los padres funcione y otorgue todas los beneficios en el bienestar de la niñez.

Vocación de permanencia

Los padres del niño tienen que estar en una relación de largo alcance, mejor si es un matrimonio, y mucho mejor si es un matrimonio religioso que no contemple el divorcio como alternativa. La razón de esta seguridad es muy sencilla: el voto matrimonial hace que los problemas se tengan que resolver, y que se resuelvan siempre, para afirmar a los niños en un entorno en el que puedan tener estabilidad emocional.

Relación de bajo conflicto

Naturalmente que esta relación con vocación de permanencia tiene que tener una tasa baja de conflicto. John Gottman realizó un estudio que predijo con un 94% de precisión la posibilidad de divorcio de más de 700 parejas solamente evaluando 15 minutos de conversación casual entre los recién casados.

Las parejas que mostraron en promedio entre 5 y 11 interacciones positivas por cada interacción negativa, mantuvieron su matrimonio luego de 10 años. Las relaciones de bajo conflicto son el mejor ámbito para la crianza de los niños, y demuestran también efectos sobre la salud de los cónyuges.

El cónyuge primero

Otro determinante de las buenas relaciones para los niños es la abnegación de los cónyuges respecto al otro. En los matrimonios en los que el otro cónyuge es la principal prioridad (incluso por encima de los niños) los niños obtienen los mejores indicadores de bienestar psicológico y emocional. Esta cuestión no es tan sencilla de entender para las mujeres, a las que su vinculación biológica con el hijo les impide poner como prioridad a su cónyuge, pero a los niños no les importa quedar en segundo plano, si el que está en primer plano es su papá o su mamá.

El amor de Dios, reflejado en el amor humano

¿Y qué tiene que ver todo esto con el amor de Dios que quiere retratar el video? ¡Pues que ambos, hombre y mujer, fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, y que cuando amamos a nuestros hijos nos convertimos en imagen y semejanza de Dios para ellos. De la madre aprenderán la misericordia, y del padre la justicia.

El Papa Francisco dijo en una homilía de Santa Marta en 2015:

«Dios los eligió no porque fueran grandes y poderosos sino porque eran los más pequeños y más miserable de todos […] Dios se ha enamorado de esta miseria, se ha enamorado precisamente de esta pequeñez.[…] Y en este monólogo de Dios con su pueblo se ve este amor, un amor tierno, un amor como el del papá o la mamá, cuando habla con el niño que se despierta de noche asustado por un sueño. Y lo tranquiliza: «Yo te tomo la mano derecha, quédate tranquilo, no temas»

Todos nosotros conocemos las caricias de los papá y de las mamás, cuando los niños están inquietos por el susto: «No temas, yo estoy aquí; Yo estoy enamorado de tu pequeñez; me he enamorado de tu pequeñez, de tu nada».

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