día de los fieles difuntos

Recientemente, conmemoramos el «Día de los fieles difuntos». Quisiera compartirte unas ideas que pueden ayudarnos a reflexionar en unas verdades muy importantes.

¿Sabías que en la antigua Roma, el triunfo era un evento majestuoso que marcaba la victoria militar y la gloria del general que lideraba las legiones hacia la victoria? A menudo, en medio de los vítores y las aclamaciones de la multitud, un pequeño esclavo se destacaba entre los asistentes a la procesión triunfal.

Este joven esclavo tenía una tarea especial y solemne: susurrar al oído del general victorioso las palabras «Memento Mori» que significa recuerda que vas a morir, recordándole así su propia mortalidad en un momento de triunfo.

La frase «Memento Mori» servía como un recordatorio constante de que, aunque pudieran estar en la cima del mundo en ese momento, eventualmente, todos enfrentarían la inevitabilidad de la muerte.

La muerte nos llega a todos

día de los fieles difuntos

La reflexión sobre el «Memento Mori» no se limita al mundo romano, al contrario, tiene una profunda resonancia en la fe cristiana. Ya que estamos llamados a recordar que la muerte es una realidad inevitable y que, después de la vida terrenal, nos encontraremos con la vida eterna.

Como San Josemaría solía decir, «la vida presente es corta; es la eternidad la que cuenta». Este recordatorio es un llamado a vivir una vida de santidad, buscando hacer el bien y cumplir la voluntad de Dios en cada acción. Sabiendo que enfrentaremos un juicio final, donde rendiremos cuentas de nuestras acciones.

Vale la pena vivir cada día como si fuera el último, preparándonos para encontrarnos con Cristo como Juez, pero también como el Salvador que recompensará nuestros esfuerzos por seguir su camino.

En definitiva, vivir con esperanza y alegría, sabiendo que la muerte no es el final, sino el paso a la eternidad. Nuestra vida en la tierra es una preparación para el encuentro definitivo con Dios. En ese encuentro, nuestras acciones serán examinadas, pero también seremos recompensados por nuestros esfuerzos por amar y servir a Dios y al prójimo. Como explica esta meditación, tenemos que llegar a la meta.

La realidad de la muerte está iluminada por la Resurrección de Cristo y nos renueva nuestra fe en la vida eterna. A pesar de que la muerte es un tema casi prohibido en nuestra sociedad, todos buscamos algo que nos dé esperanza y consuelo frente a este misterio, y que el camino hacia la muerte es un camino de esperanza que pasa por nuestros cementerios.

Con sabor especial

día de los fieles difuntos

Jesucristo nos ha prometido: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí no morirá para siempre». Por lo tanto, la vida no es un extraño paréntesis entre la nada y la nada. Y la muerte no es un hachazo inexorable que termina el vivir.

Recordemos que, «vita mutatur, non tollitur»: la vida no se pierde, se transforma. Y es esta esperanza la que le da temple, permitiéndole soportar los golpes, las muescas y los trastazos de la existencia.

Por lo cual hay que trabajar en esta vida para ir alcanzando la madurez espiritual, el Señor nos enseña a dejar pasar las cosas, a no corregir todo, distinguir los medios del fin, el verdadero fin es llegar al cielo, así se lo enseña a Pedro en esta meditación.

Fieles difuntos: la muerte de los seres queridos

Hace unos días conmemoramos a los fieles difuntos. La Iglesia también nos enseña que los moribundos tienen derecho a vivir sus últimos momentos en dignidad y paz. Es importante brindarles atención y cuidado, así como asegurarnos de que reciban los sacramentos que los preparan para encontrarse con Dios.

Una experiencia personal que me marcó profundamente y que, en mi opinión, resalta la importancia de prepararnos para la muerte desde una perspectiva cristiana. En 2008, mi padre enfrentó una batalla feroz contra un cáncer de páncreas. Fue un momento de dolor y desafío, pero también de profunda gracia divina.

Mi familia y yo habíamos estado orando por la salud de mi padre durante meses, y cuando llegó el momento de su partida, estábamos todos allí, mi madre y mis hermanos de rodillas, rodeando su cama. Recuerdo claramente cómo repetíamos Avemarías una y otra vez, un acto de fe y devoción que nos unió en ese momento tan crucial. Fue una expresión de amor y confianza en la misericordia de Dios.

Días antes había recibido la Unción de enfermos, la reconciliación, la comunión. Cuando llegue ese momento inevitable para cada uno de nosotros, que estemos preparados espiritualmente, que nuestra fe nos brinde paz, y que nuestro amor nos una en la esperanza de un encuentro eterno con Dios.

Abordar la muerte de los seres queridos con compasión, esperanza en la vida eterna y un amor que trasciende la muerte. A través de la oración, el cuidado y la aceptación del cambio, podemos encontrar paz en medio del duelo y fortalecer los lazos familiares en el amor de Cristo

Preparar la propia muerte

La Iglesia nos brinda un mensaje de esperanza cuando se trata de prepararnos para la hora de nuestra muerte. En el Catecismo nos enseña que podemos pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros «en la hora de nuestra muerte» a través de la oración del Ave María. También, se nos alienta a encomendarnos a San José, el patrono de una muerte feliz, lo que nos llena de confianza.

Además, el Papa Francisco nos recuerda en su exhortación apostólica Amoris Laetitia que, al aceptar la realidad de la muerte, podemos encontrar una preparación significativa. Nos invita a crecer en el amor por aquellos que caminan a nuestro lado, viviendo plenamente en esta tierra para compartir una mayor felicidad con los fieles difuntos, en el Cielo.

Esto nos da la certeza de que, incluso en la hora final, la vida eterna y la comunión con los demás fieles difuntos; con nuestros seres queridos nos esperan. La preparación para nuestra propia muerte se basa en la confianza, en la intercesión de la Madre de Dios y en la devoción a San José. Al mismo tiempo, vivir plenamente en esta vida, amando y creciendo en nuestro amor por los demás, nos permite anticipar con esperanza el reencuentro con nuestros seres queridos y la promesa de una felicidad eterna en el Cielo.

Termino con esta cita de San Josemaría que siempre me da perspectiva: «El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante —si lucha para vivir como hombre de Cristo—, se encuentra preparado para cumplir su deber».

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