Hay que recordarlo con parresía y sin cansancio, más todavía en las sociedades tecnológicamente avanzadas y de alto consumo, donde la salvaje competitividad parece no tener ya límites ni leyes: ¡La felicidad verdadera es esencialmente un don, un regalo, una gracia que se recibe sin mérito alguno! ¡No es un producto que se compra, ni un éxito o una fama que se construyen, o un placer que se conquista, posee y consuma en modo efímero!

Hay que zanjar sin tapujos y de una vez la cuestión (aunque a más de alguno lo inquiete): Uno no puede hacerse feliz a sí mismo. La causa de la felicidad no puede ser jamás uno mismo. El hombre que se obstina en alcanzar la felicidad por sí mismo y con sus solas fuerzas, no hace más que engañarse y, tarde o temprano, como quien trata de aferrar un puñado de arena apretándola entre los dedos, gustará la amargura del vacío que produce tal ilusión. Pues en el ámbito de la felicidad reinan las misma leyes que reinan en el ámbito del amor, a saber, la ley de la gratuidad, la ley de la total libertad, la ley del misterio y del asombro incalculable.

En el fondo, la felicidad y el amor son dimensiones de la experiencia humana que van de la mano, son compañeros inseparables de viaje por así decirlo, ya que una no puede avanzar por mucho tiempo sin la otra. ¿No sería acaso una locura pensar que se puede ser verdaderamente felices sin ser amados, o al contrario ser infelices en el amor? De hecho, el hombre es feliz cuando realiza su esencia más profunda, y el hombre en lo más íntimo de su persona está llamado al amor.

¿Qué tiene que ver todo esto con la naturaleza y con el video de hoy?

Que la naturaleza es un santuario donde se preservan de manera extraordinaria estas leyes de las que hablábamos, porque en medio del mundo natural, no hay nada que sea de factura humana, nada que podamos atribuirnos como fruto de nuestra fatiga, de nuestros cálculos o ingenio, de nuestra fuerza y ambición. Porque no hemos construido los árboles, ni hemos compuesto la sinfonía del cantar de las aves, ni hemos dibujado las infinitas formas de la nubes. En el santuario de la naturaleza la mirada viene educada a abandonar por un momento la forma del conocimiento instrumental, que somete las causas para sacar un provecho pragmático y utilitario de lo que conoce, para abrirse en cambio a la inteligencia de la contemplación y de la simpleza de la intuición, que busca más bien captar en el asombroso, y con una simple visión, la belleza pura de la realidad en su misterio gratuito y libre, para gustar espiritualmente ese orden y esa armonía creadas y donadas por Dios que todo sostiene, mueve y hace vivir en su amor.

Este tipo de mirada en medio de la naturaleza, nos dispone también a desplegar un espíritu de niño: espíritu festivo, lúdico y dispuesto a la aventura, lo que constituye un preámbulo del encuentro personal con Dios, que nos conduce, en medio de tantas sorpresas y desafíos, hacia lo más  sublime de su amor.

¿Se puede congeniar esta dimensión contemplativa con la tecnología?

El video quiere sugerirnos que sí, que es posible y que, incluso, estas dimensiones de la naturaleza antes mencionadas podrían potenciarse para vivirlas con mayor intensidad a través de la tecnología, gracias a una especie de amplificación de la realidad, acaso por una realidad aumentada virtualmente, o por un estímulo mayor de la imaginación.

Sea como fuere, yo tiendo personalmente a pensar lo contrario. Sin un afán de demonizar la tecnología, ni mucho menos, pues sabemos todo el bien que ha hecho, hace y seguirá haciendo, creo que para educarnos a abrir nuestro espíritu a la dimensión divina del amor que se manifiesta veladamente en estos espacios de contemplación natural (que podrían encontrarse incluso en el jardín de nuestra casa), es un requisito indispensable el poder desconectarse de la tecnología. No creo que se pueda alcanzar la misma experiencia de silencio, contemplación e interiorización espiritual, si al mismo tiempo seguimos estando conectados y estimulados por el mundo virtual.

Es una opinión que por supuesto dejo abierta al diálogo, pero que, en mi defensa anticipada, debo decir que se funda más en la vida que en la especulación. Desde mi corta y humilde experiencia, la disposición espiritual fundamental que me permite revivir el asombro profundo — ese que luego nos hace capaces de percibir y participar de la estructura de gratuidad, de libertad y de misterio que componen el tejido de la naturaleza, como vía excelente para jugar, divertirnos y abandonarnos, todo en vistas del encuentro con el amor de Dios—,  es aquella que busca un contacto puro, directo y receptivo con la naturaleza, con el deseo profundo de lograr una inmersión total, intuitiva y contemplativa en ella sin distracciones, para así dejarnos tocar o, me atrevería a decir, herir, por la consistencia de la realidad, sin mediación virtual alguna que pudiese menguar, desviar o modificar nuestra atención y experiencia.

Custodiar espacios donde nos sustraemos del aprovechamiento y de la utilización (espacios de desierto, de retiro, de soledad, de silencio, de culto etc.), para cultivar esa mirada abierta al misterio que se nos ofrece en la plenitud del presente, es hoy por hoy una de las medicinas más eficaces y de las mejores resistencias para recuperar y formarse en la libertad espiritual. En medio de los ritmos frenéticos del mundo de la técnica, este respiro es urgente. Con los pulmones henchidos del aire puro de la naturaleza, nos volveremos capaces otra vez de recibir, acoger y gustar desde lo profundo la gratuidad del Espíritu que sopla y sostiene la creación en una sinfonía de amor, y en, por y desde Él, podremos luego amar y ser felices de verdad. Porque como nos enseñaba el entonces Papa Benedicto XVI:

«Gracias al Espíritu Santo, que ayuda a comprender las palabras de Jesús y guía a la verdad completa (cf. Jn 14, 26; 16, 13), los creyentes pueden conocer, por decirlo así, la intimidad de Dios mismo, descubriendo que Él no es soledad infinita, sino comunión de luz y de amor, vida dada y recibida en un diálogo eterno entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo, como dice san Agustín, Amante, Amado y Amor. Todo el universo, para quien tiene fe, habla de Dios uno y trino. Desde los espacios interestelares hasta las partículas microscópicas, todo lo que existe remite a un Ser que se comunica en la multiplicidad y variedad de los elementos, como en una inmensa sinfonía. Todos los seres están ordenados según un dinamismo armonioso, que analógicamente podemos llamar «amor». Pero solo en la persona humana, libre y racional, este dinamismo llega a ser espiritual, llega a ser amor responsable, como respuesta a Dios y al prójimo en una entrega sincera de sí. En este amor, el ser humano encuentra su verdad y su felicidad».  (S.S. Benedicto XVI, ÁNGELUS, Domingo 11 de junio de 2006 Solemnidad de la Santísima Trinidad)