Depositar nuestra confianza en Dios a veces parece todo un reto. Me gustaría decir que tantos cambios durante este difícil tiempo no me pegaron.

Que así es la vida, que estos retos los manda Dios para crecer, que todo pasa por algo, que no me molestaba lo que estaba viviendo etc. Estando en India cuando todo el tema de la pandemia comenzó, la gente me seguía preguntando:

—Hola, sé que te tocó allá la cuarentena, ¿estás bien?
—Sí, todo bien por acá, no tengo ningún problema. De hecho: estoy de lo mejor que pudiera estar. No te preocupes.

¡Cuánto daño me hice (nos hacemos) al no aceptar lo que en verdad sentimos! Qué gran dicha es poder acompañarnos, consolarnos como amigos cuando algo nos ha caído como balde de agua fría. Cuando algo nos ha roto el corazón sin previo aviso, cuando un recuerdo o un miedo nos quita el sueño.

¿Nos escuchamos a nosotros mismos o preferimos fingir que nada pasa?

¿Cómo aumentar la fe y la confianza en Dios?

Por fin, el Espíritu Santo me dejó ver qué de esta crisis me marcó. Como el «Espíritu de las Navidades pasadas» que visita al Sr. Scrooge en «Cuento de Navidad».

Dios me dejó volver a esas cosas: ¿Qué sueños se te cayeron, qué personas se fueron, qué proyectos se cancelaron, qué metas se desdibujaron, qué miedos resurgieron, qué traumas de momentos en tu vida donde todo se pareció derrumbar volvieron como ansiedad, insomnio, vicios o enojo?

Al final le pregunté a Dios: «Y entonces… si esto es la vida, la gente se despide, los planes no salen, los sueños se pausan, la salud mental se debilita, los miedos regresan, las ideas cambian, los sistemas se caen… ¿a qué aferrarse?, ¿qué sí es seguro?, ¿qué sí es para siempre?».

La confianza en Dios puede hacer tus cargas más ligeras

La respuesta estaba en Dios. «Confía en Dios. Dios es amor. Confía en el amor». Esto no significa que dejamos pasar todo por alto y que nos volvamos hippies que ignoran los males del mundo. Sino entrar en la misma verdad que santa Teresa de Ávila descubrió en su oración «Nada te turbe». Reza esta oración cuando lleguen estos momentos de debilidad, de dolor, de frustración o de angustia.

Durante este tiempo creo que muchos nos hemos sentido así, desesperados, perdidos, navegando en un mar de dudas y de miedo. Pero qué hermoso es darse cuenta que hay alguien en quien sí podemos confiar, hay alguien que siempre nos espera.

A Jesucristo sigue
Con pecho grande,
Y venga lo que venga,
Nada te espante.

¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana;
Nada tiene de estable,
Todo se pasa.

Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda,
La paciencia
Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene
Nada le falta:
Solo Dios basta.

El amor de Dios es lo único que debemos guardar como fijo en el corazón

El amor que nos dan los demás —aunque también nos den problemas—, el amor que damos —aunque sea imperfecto—, el amor que nos da Dios —aunque a veces sintamos que no lo merecemos—, ese amor, ese no se muda.

Si todo cambia: Dios no. ¡Qué maravilla tener esto presente! Si todos cambiamos: su amor permanece. Que Dios y el amor del que somos capaces, sea la barca en la que navegamos la vida, por más tormentas y mareas que vengan y vayan, no nos dejemos tirar, ganar.

Si tenemos amor, si confiamos en Dios, aunque todo cambie, podremos salir triunfantes. Nuestro tesoro está donde está puesto nuestro corazón, ¿lo ponemos en lo que cambia o en la certeza de su amor? ¡Deposita tu confianza en Dios y no saldrás defraudado!