
¿Cuántas veces te ha pasado que estás atravesando una situación difícil, tienes miedo, ansiedad, decisiones que tomar o simplemente demasiadas cosas dando vueltas en tu cabeza y piensas: «Necesito orar»? Sabes que necesitas hablar con Dios, pero antes decides distraerte «solo un ratito» para calmar la mente. Abres TikTok, Instagram Reels o YouTube Shorts y, cuando vuelves a mirar el reloj, han pasado una o dos horas. La oración nunca ocurrió y te vas a dormir con exactamente las mismas preocupaciones. Tal vez esto también sea una forma de déficit de atención espiritual.
Lo curioso es que podemos ver 20, 30 o 40 videos uno detrás de otro sin sentir que estamos haciendo un gran esfuerzo, pero abrir el Evangelio y leer cinco versículos puede parecernos eterno.
¿Por qué? Creo que parte de la respuesta está en algo que hemos entrenado sin darnos cuenta: nuestra manera de prestar atención.
Cuando el déficit de atención espiritual también tiene que ver con nuestros hábitos

No quiero demonizar las redes sociales. Yo también las uso. Nos entretienen, nos informan y hasta podemos encontrar en ellas contenido que nos acerque a Dios. El problema comienza cuando acostumbramos nuestra mente a recibir estímulos nuevos cada pocos segundos y después pretendemos pasar inmediatamente de ese ritmo al silencio profundo de la oración.
Las plataformas de videos cortos están construidas alrededor de una experiencia muy sencilla: deslizas y siempre hay algo nuevo. No sabes si el próximo video te hará reír, te sorprenderá, te enseñará algo o simplemente lo pasarás rápidamente. Esa incertidumbre favorece los mecanismos de aprendizaje por recompensa que hacen que queramos repetir una acción. Investigaciones sobre comportamiento en redes sociales han encontrado precisamente que las recompensas sociales pueden reforzar nuestra conducta y hacernos volver una y otra vez.
Además, TikTok reconoce que señales como cuánto tiempo vemos un video, si lo terminamos, lo compartimos o pasamos rápidamente al siguiente ayudan a su sistema a aprender qué contenido recomendarnos después. Es decir, mientras nosotros aprendemos a deslizar, el algoritmo aprende de nosotros.
Y hay algo todavía más interesante. Un estudio publicado en 2023 comparó una pausa utilizando TikTok, Twitter, YouTube o simplemente descansando. Los participantes que estuvieron expuestos al formato de videos cortos y rápidos mostraron después un peor desempeño al recordar una acción que tenían pendiente. Investigaciones posteriores han señalado especialmente el cambio constante y veloz de contexto como uno de los posibles factores.
No significa que TikTok nos haya destruido el cerebro ni que ya no podamos concentrarnos. Significa algo mucho más sencillo: la atención también se entrena.
Y si durante horas entrenamos a nuestra mente para esperar algo diferente cada pocos segundos, no debería sorprendernos que después nos cueste permanecer diez minutos delante de Dios en silencio.
Dios no funciona como un scroll

Aquí está, para mí, la parte más importante. La oración pertenece a otra velocidad. Dios no siempre responde en quince segundos. No cambia de tema cuando nos aburrimos. No tiene que sorprendernos cada cinco segundos para mantenernos interesados, ya que la vida espiritual está llena de procesos lentos.
Una semilla necesita tiempo para crecer. Una herida necesita tiempo para sanar. Una relación necesita conversaciones, silencios, encuentros, espera. Y nuestra relación con Dios no es diferente.
Quizás por eso Jesús tantas veces se retiraba a lugares solitarios para orar. No porque necesitara escapar de la realidad, sino porque había cosas que solo podían escucharse en el silencio.
Nuestro problema es que muchas veces entramos en oración esperando sentir inmediatamente algo extraordinario. Si no sentimos paz, consuelo o una respuesta clara en los primeros minutos, pensamos que «no pasó nada». Pero permanecer también es oración.
Leer el mismo Evangelio dos veces porque la primera vez nuestra mente estaba en otro lugar también es oración.
Decirle: «Señor, no puedo concentrarme, pero aquí estoy» también es oración. No todo encuentro con Dios tiene que producir una emoción inmediata para estar dando fruto.
No necesitas empezar orando una hora para superar ese déficit de atención

Aquí creo que podemos aprender algo interesante de la ciencia del comportamiento sin reducir la oración a un simple «truco de dopamina».
Si nuestra atención se ha acostumbrado poco a poco a la rapidez, también podemos educarla poco a poco para volver a la profundidad. No necesitas comenzar diciendo: «Desde mañana voy a hacer una hora de oración diaria». Probablemente a los tres días hayas abandonado.
Comienza pequeño.
- Prepara el lugar desde la noche anterior. Deja tu Biblia abierta, un crucifijo o tu cuaderno donde puedas verlo al despertar. Que tu ambiente te recuerde antes que tu teléfono: «Primero Dios».
- Empieza con tres minutos. Sí, tres. Siéntate y dile a Dios exactamente lo que está ocurriendo dentro de ti. No busques palabras perfectas. «Tengo miedo». «Tengo muchas preocupaciones». «No sé qué hacer». «Gracias por esto». Empieza por ahí.
- Lee muy poco Evangelio. Cinco versículos son suficientes. Léelos una vez. Respira. Léelos otra vez. Pregúntate: «¿Qué palabra me llamó la atención?» No necesitas terminar un capítulo entero.
- Reduce el ruido antes de orar. Intenta que TikTok, Instagram, mensajes y correos no sean lo primero que entra en tu cabeza al despertar. No porque el teléfono sea malo, sino porque quieres regalarle a tu mente unos minutos sin cambiar de estímulo cada pocos segundos.
- Aumenta lentamente. Después de varios días, pasa de tres a cinco minutos. Luego a siete. Luego a diez. La meta no es lograr un récord espiritual; es aprender nuevamente a permanecer.
Ese déficit de atención espiritual no necesariamente significa que amemos poco a Dios. A veces significa simplemente que estamos intentando encontrarnos con Él con una mente acostumbrada a vivir a una velocidad completamente diferente.
Prueba esto durante una semana

Durante los primeros tres días, regálale a Dios tres minutos antes de mirar tus redes sociales. Del cuarto al sexto día, intenta cinco minutos y añade esos cinco versículos del Evangelio. El domingo, busca diez minutos de verdadero silencio.
Puedes hacerlo con tu café después, con una canción de adoración o escribiendo una frase que quieras recordar durante el día. Y si te distraes, vuelve. Si vuelves a distraerte, vuelve otra vez.
La contemplación no consiste en nunca distraerse; muchas veces consiste precisamente en aprender a regresar. Porque detrás de todo esto hay algo mucho más grande que simplemente mejorar nuestra concentración: hay un Dios que quiere encontrarse contigo.
Quizás llevas semanas pidiéndole una respuesta. Quizás tienes una decisión que no sabes cómo tomar. Quizás estás atravesando cansancio, preocupaciones o necesitas dirección. Y Él sigue allí. No esperando que llegues con una mente perfecta sino esperando simplemente que llegues.
Podemos reeducar nuestra atención. Podemos aprender nuevamente a hacer silencio. Podemos reducir poco a poco esa necesidad de estímulo constante y sanar nuestro déficit de atención espiritual.
No porque queramos convertirnos en personas expertas en concentración, sino porque hay una voz que vale la pena aprender a escuchar.
Y quizás mañana, antes de deslizar la pantalla buscando algo que calme por unos segundos lo que llevas dentro, puedas probar algo mucho más sencillo:
Abre el Evangelio, lee cinco versículos, quédate tres minutos y dile: «Señor, aquí estoy. Enséñame otra vez a escucharte, amén».
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