Hace más de diez años me detectaron una enfermedad incurable. Ni bien ocurrió, intenté averiguar todo al respecto para estar preparado frente a lo que pudiera venir. Sin embargo, hay algo para lo que nadie podría haberme preparado: la gran montaña rusa que implica llevar una cruz así para toda la vida.

No creo aún haber pasado por todas las etapas, porque siempre se van renovando, casi de manera cíclica. He tenido momentos de fuerte dolor y de profunda tristeza, pero también meses enteros con la confianza de que un día Dios simplemente me va a curar. Y del mismo modo, años enteros con el temor de agravarme y no poder continuar con mis sueños.

El tiempo ordinario

Aún con todo esto, creo que la etapa más difícil para mí es lo que llamaría el «tiempo ordinario». Se me hace emocionante pensar en que se acerca la Pascua o intentar vivir de la manera más profunda el tiempo de Pentecostés: son tiempos fuertes.

Sin embargo, a veces el itinerario más difícil es el Tiempo Ordinario, donde un día se puede vivir tan fuertemente la esperanza de la Resurrección, así como el dolor de Getsemaní, sin tener quizás un camino establecido.

Pasa del mismo modo con una enfermedad incurable: cuando se agrava es muy difícil, pero de algún modo se encuentran las fuerzas. Por otro lado, en los momentos de mayor salud, la esperanza inspira a arriesgarse a muchas cosas nuevas.

Una fuerte lucha interna

Muchas veces, en el entretiempo —el «tiempo ordinario»— surge una fuerte lucha interna: «¿Debo pedir a Dios salud o debería pedirle que me ayude a amar esta cruz? ¿Son contradictorios estos deseos?».

A partir de esta experiencia escribí el monólogo «Pasos para esperar algo que nunca va a llegar». En este pequeño cortometraje, de algún modo intenté resumir lo que para mí —y quizás muchas personas en situaciones similares— es un itinerario diario de abandono.

Los pilares que he descubierto son tres

Primero, aceptar que hay un dolor fuerte en el pasado que puede habernos marcado. Aceptar que quizás más de una vez surge un ligero resentimiento con Dios y con las circunstancias exteriores. No tener vergüenza o temor de aceptar que duele y que, como todo dolor, molesta.

Segundo, evitar la culpa frente a las cosas que no podemos cambiar o que, simplemente, no dependen de nosotros: como una enfermedad o el dolor de ver a alguien amado partir. Dejar de preguntarnos qué hicimos mal y recordar que, aunque no queramos, hay muchas cosas que nos superan.

Tercero, abrazar la impotencia que la situación puede causarnos. Nos va a causar impotencia, vamos a querer hacer algo al respecto: somos humanos. Sin embargo, no por eso debemos tener miedo a decir «no puedo» o «tengo miedo», mas aun sabiendo que Jesús mismo lo hizo en Getsemaní.

Con todo, estos pilares —a mí parecer— deben ir siempre acompañados de la confianza de que más allá de todo, es Dios quien tiene nuestra vida entre sus manos y, si un día lo quiere, puede quitarnos esa cruz que alguna vez permitió que carguemos.

Incluso si es una «enfermedad incurable». Es por esto que aunque suene contradictorio, procuro vivir siempre esos «Pasos para esperar algo que nunca va a llegar»… porque, quién sabe, y quizás un día llega.

Artículo elaborado por Cristian García Zelada.