Somos seres espirituales, no cabe duda de aquello, pero tenemos un cuerpo físico y debemos relacionarnos sanamente con él. De hecho, esa relación habla mucho de nuestra condición espiritual. Por lo tanto, excesos o carencias, ambas son dañinas y afectan sin duda nuestra salud física, pero también tienen directas implicancias en nuestra salud espiritual. Es por eso que un católico hecho y derecho, debe atender a sus hábitos de salud y en esta ocasión, vamos a hablar de la comida. Sin duda la comida es un tema, ¿no?

Tanta es la relevancia del asunto que en muchas ocasiones los diferentes autores bíblicos tratan el tema del cuidado del cuerpo, de la alimentación, del respeto y responsabilidad con que debemos tratar el don que Dios nos ha dado a través nuestro cuerpo. Pero esta tarea no siempre es un asunto sencillo, sobre todo porque pareciera ser que nuestro cuerpo corre por sus propios caminos, bajo sus propias reglas y muchos nos vemos constantemente en una lucha interior contra esos impulsos, tan propios del ser humano, que nos hacen frágiles, propensos a la caída y rápidamente olvidadizos de los ideales que nos hemos propuesto vivir.


El artículo continua después de la publicidad:

No cabe duda que no podemos hacer esto solos. No se trata de autoayudarse y salir de esta turbulencia remando con nuestras propias fuerzas, debemos hacer comunidad, buscar apoyo, permitirnos mirar nuestras fragilidades con los ojos de los que nos aman y están cerca; y al mismo tiempo buscar respuestas en Dios, en la Iglesia y en la experiencia de quienes también han tropezado.

1. La tentación de la dieta espiritual

Algo común en las nuevas generaciones, sobre todo en los Millennials, es que sin o con querer  instrumentalizamos la alimentación y nuestros hábitos de vida, utilizando supuestas motivaciones místicas para justificar algunos desórdenes y mantenernos a la moda. Decir que evitamos el pan porque estamos “ayunándolo” es mucho más cool que decir que me da lata comerlo porque creo que me hará engordar. Evitar la carne por una consciencia sobre la naturaleza, toda ella creada por Dios y el amor a los animales, es una razón mucho más en onda, que decir que no como carne por simples mañas. El asunto consiste en darle connotaciones más elevadas a los gustos y preferencias (y porque no decir caprichos), con tal de evitar la crítica y parecer más sofisticado o profundo como persona.

Muchas dietas y minutas alimenticias tienen que ver con cosas supuestamente místicas. Es un lindo pretexto, quizás ayude a perseverar y mantenerse a raya durante más tiempo, pero lamentablemente, aunque sea un buen ejercicio, las motivaciones son otras y es mejor sincerarlas.


El artículo continua después de la publicidad:

2. Cuidado de la apariencia

Comemos para alimentarnos, para obtener de esa alimentación los nutrientes y energía necesarios para las actividades que tenemos durante el día. Es un algoritmo sencillo: si como más de lo que gasto, se almacena; si gasto más de lo que como, quedo en deuda y se gastan las reservas. Si mantenemos esos parámetros, la mayoría de las veces nos va a ir bien (con la excepción de quienes tengan problemas metabólicos u otra complicación).

El problema radica cuando el afán por la apariencia es la razón de la alimentación y la condiciona y no así el tener nutrición saludable y energía para vivir. ¿Cuántos y cuántas se exponen a pasar hambre, comer mal y en poca cantidad solo con fines estéticos?Es comprensible querer bajar de peso por salud, sobre todo si uno está un poco pasadito. Pero cuando la cosa se vuelve obsesiva y se desordenan las prioridades, entonces queda la apariencia física como algo más importante que la salud.

3. Gula selectiva

Comer poco o nada de algún alimento en particular  por las razones que sean, pero frente a otros alimentos, perder el control y los estribos, comerse hasta el plato. No hablamos de gula del todo, porque no se trata de comer a destajo y sin medirse, sino que es comer ciertos alimentos de forma desproporcionada, casi inconsciente. Nos ocurre a todos, pero el problema es cuando no tenemos conciencia ni control de ello. Por ejemplo, a mi me gusta la mayonesa y cuando hay en la mesa y la comida permite agregar este aderezo, no mido consecuencias y utilizo cantidades que sé que no son las adecuadas. Pero no me pasa lo mismo con otras salsas. Esa es mi gula selectiva, de la cual no estoy orgulloso, pero que desde un tiempo a esta parte, estoy consciente y tomando cartas en el asunto: por ejemplo, el frasco ya no sale del refrigerador todos los días y así la evito.

Esa gula selectiva también nos aturde los sentidos y la perspectiva de la realidad. Sentimos que nos hemos alimentado bien y comido correctamente solo por experimentar la saciedad, pero estar “lleno” no es lo mismo que estar “bien alimentado” y por ende no es lo mismo que cuidar mi cuerpo. Si hablamos de cuidar el cuerpo, templo del Espíritu Santo, debemos cuidarnos de esta actitud y sobre todo educarla en los más pequeños.

4. Mente sana, ¿y el cuerpo? –¡bien, gracias!

Es sencillo caer en moralismos y terminar convirtiendo todo el comportamiento humano en normas y reglas a seguir. Con el cuidado del cuerpo nos ocurre lo mismo y de una forma muy particular. Hay consenso universal sobre el daño que provoca el consumo del tabaco, el exceso de alcohol, las drogas…  Así, de esa consciencia de daño, se pasa rápidamente al juicio y el catalogarlos como pecado porque atentan contra el cuerpo. Similar situación se experimenta con los tatuajes, piercings y otras modificaciones corporales.

Lo extraño es que nadie se escandaliza cuando una persona, de forma irresponsable descuida su cuerpo descuidando su alimentación y sus hábitos. Insisto, no se trata de personas con problemas de salud, sino que aquellos que, con el pasar del tiempo, categorizaron como más importante otros aspectos de su vida y la salud física quedó relegada a un segundo plano.

5. La montaña rusa del apetito

De dietas estrictas los lunes, a desenfreno los fines de semana. De comer solo vegetales y agua a carne asada y masas. Ese vaivén extremo por el que algunos pasan, puede reflejar quizás el mismo comportamiento extremo en otros aspectos de la vida, o al mismo tiempo una falta de templanza, autocontrol y dominio propio.  Cuando es el cuerpo el que impone el ritmo y marca la pauta y no somos capaces de decidir conscientemente lo que nos conviene, aquello que nos hace mejor, entonces caemos atrapados en una vorágine impredecible de cambios en nuestro comportamiento.  Como te decía, la alimentación es una de las formas de expresión de esta falta de control y al parecer una de las más visibles, pero detrás de ella se esconden otras carencias de dominio propio.

Por ello es sano respetarse a sí mismos, respetar las decisiones y propósitos personales que hemos decidido seguir  y, en este caso, si se trata de ciertos hábitos de alimentación, cumplir con nosotros mismos aquello que dijimos que íbamos a hacer.

6. La renuncia a sí y el descuido total

Es lamentable cuando nos encontramos con personas luego de mucho tiempo y los vemos distintos, trístemente distintos… cuando se evidencia, al menos en lo físico, una completa falta de amor propio, descuido personal o en el peor de los casos, una renuncia y resignación al cuidado del cuerpo. Es comprensible, pues las batallas son cansadoras y cuando se ha combatido durante mucho tiempo, el agotamiento se hace evidente, pero no por eso deja de ser triste evidenciar la renuncia y el descuido que muchos tienen para consigo mismos. Esto trae sin dudas consecuencias espirituales. Ni hablar de autoestima, autoimagen y amor propio, que se ven afectados y modifican el comportamiento, el carácter y evidentemente la relación con Dios y la relación con el prójimo. ¿Cómo amarlo como a uno mismo si el amor a uno mismo está desapareciendo?

Finalmente y más allá de satanizar la alimentación y los hábitos, la invitación es a descubrir que el cuidado de nuestro cuerpo es una responsabilidad profundamente espiritual y nuestros hábitos alimenticios afectan mucho más que nuestro colesterol o apariencia. Por lo tanto, quienes buscamos ser cristianos íntegros y que nuestra fe se exprese en todos los aspectos de nuestra vida, debemos mirar lo que comemos, también con los ojos de la fe y no solo conformarnos con pedirle al “niñito Jesús que nació en Belén, que bendiga esta mesa y a nosotros también.”