En esta Semana Santa, en la que volvemos a vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, me puse a pensar especialmente en su Muerte y Resurrección. Me puse a pensar en algo parecido, que a veces ocurre en la vida cristiana, tras o durante algún tiempo de lucha: creer que Él sigue muerto. Puede ocurrir esto porque no le vemos, porque no le sentimos, porque a ratos se oculta, o al ver el mal que abunda… por cualquier razón, puede suceder.

Pero, aunque podamos creer que Él está muerto, Él está presente: Dios no abandona a los hombres. Justo es que tampoco nosotros le abandonemos, para reencontrarnos con quien creíamos ausente.


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No es una cosa fácil, es un batallar, a veces. En ocasiones es un amoroso pulsear, que Dios permite para que le busquemos y gocemos de encontrarle. Porque la verdad es que Él resucitó, y en eso se fundamenta nuestra fe.

1. La muerte de Cristo y una vida plena

En una oportunidad, en una Audiencia General, el Papa Francisco dijo que cuando «Jesús se confronta con la muerte, pide que no se tenga miedo ante ella, sino que se confíe en su palabra y se mantenga viva la llama de la fe». Él es la Resurrección y la Vida. Jesús permaneció muerto durante tres días, pero resucitó. A veces calla durante un tiempo, pero hablará. Nos hablará. Nos pedirá algo.


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La Semana Santa no es un simple recuerdo de algo que sucedió hace mucho tiempo. Es la consideración de este misterio de Jesucristo, que no debemos pasar de largo, porque tantas veces vuelve hacerse presente en nuestras vidas; nos tiene que llevar a la reflexión sobre lo que implica la muerte de Dios, y su posterior Resurrección. ¿Qué dice? ¿Qué nos dice? ¿Qué le decimos?

Él murió para que tengamos vida y en abundancia. ¿Qué vida es esa? Una que se lance hacia grandes ideales, nada menos que la santidad. Solamente tras estas meditaciones podremos decidirnos por propósitos que le den un sentido verdadero a nuestra vida.

2. Dios también triunfa en las aparentes derrotas

Tras su aparente fracaso, el fracaso de la Cruz, vino la salvación del mundo. Por eso estos días entonamos el Felix Culpa, ¡feliz culpa que nos mereció tan grande redentor! Cristo, aparentemente vencido, vence. Cristo, aparentemente inerte, actúa.

San Josemaría Escrivá escribió sobre el Señor herido de pies a cabeza por amor nuestro «a la vista de ese Jesús destrozado, se podría concluir que esa escena es la muestra más clara de una derrota. ¿Dónde están las masas que lo seguían, y el Reino cuyo advenimiento anunciaba? Sin embargo, no es derrota, es victoria: ahora se encuentra más cerca que nunca del momento de la Resurrección, de la manifestación de la gloria que ha conquistado con su obediencia».

Esto se repite en nuestras vidas. Cuando creemos que todo está perdido, antes de perder la esperanza, Él vuelve a hacerse presente. Simplemente hay que creerlo, cuando no se puede verlo.

3. Nosotros podemos nada, Él lo puede todo

Es algo desalentante mirar a nuestro alrededor y ver tantas situaciones desgarradoras y a un mundo que vive de espaldas al dolor ajeno y de espaldas a Dios. Quisiéramos entonces gritar al oído de tantos, para hacerles descubrir de aquello que se pierden y, al mismo tiempo, quizás en consecuencia, de aquello que están dejando de dar. Pero nos vemos incapaces… ¡somos muy poca cosa en comparación al tamaño de los desafíos que el mundo actual nos presenta!

No tenemos que perder de vista que esta lucha no es exclusiva nuestra. Es suya. Y Él ya ha vencido, aunque los escenarios que tenemos a nuestros ojos parecieran decir lo contrario. Él solo quiere que pongamos de nuestra parte, haciendo apostolado, cumpliendo nuestras tareas con amor, rezando y ofreciendo pequeños sacrificios por las intenciones y necesidades del mundo.

No tenemos al mundo sobre nuestras espaldas. Cristo ya cargó con él, Cristo ya cargó con una Cruz que llevaba el peso del mundo. Nosotros solo tenemos que ponernos a Sus pies, poner nuestra disponibilidad a Su disposición, y ayudarle en aquello que nos indica, que no sobrepasará nuestra medida ni nuestras capacidades.

4. Ver a Cristo en los más necesitados

Recordemos las palabras de Jesús: tuve hambre, tuve sed, estuve desnudo, estuve preso… Cuando la Madre Teresa de Calcuta vivía con la angustiante sensación de que Dios se había olvidado de ella, que le guardaba un silencio tal que parecía estar muerto, ella afirmaba que lo encontraba todos los días en el pobre, en aquel que sufre. Ahí estaba Cristo con su angustioso disfraz, según explicaba esta santa.

Pero todos aquellos que nos rodean son otro Cristo, que pasa y llama. Aquel compañero alejado de Dios que busca encontrarse con la verdad, o esa amiga que necesita que alguien la escuche, o el pariente que necesita compañía en su soledad.

Dejémonos interpelar por las necesidades, por el amor y por la ternura. Recordemos, Dios nos ama con un amor tierno. Descubrámoslo, y luego démoslo a los demás.

5. Los Sacramentos

La fe nos da la seguridad de que Cristo está presente en los Sacramentos. Especialmente en la Eucaristía le encontramos, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Ser fiel a la recepción de los Sacramentos, acudiendo con la frecuencia que sea posible a la confesión y, al menos los días de precepto, a la Misa, nos ayudará en nuestro caminar cristiano. También cuando se hace difícil, especialmente cuando no vemos a Cristo, detrás de nuestra mirada borrosa, Él está ahí, y agradecerá nuestra fidelidad al encuentro puntual con Él volviendo a manifestarse en nuestras vidas, abriéndonos los ojos para descubrir que siempre estuvo ahí, actuando escondido en nuestras almas, dándonos la fortaleza para seguir incluso, a tientas, a ciegas.

Los Sacramentos nos ayudan a unir nuestra vida a la vida misma de Dios (si te parece bonito este tema, puedes encontrar más sobre el haciendo click aquí)

6. Un plus…

Este es un himno que suele aparecer en la Liturgia de las Horas, que me encanta para los momentos en que no vemos a Dios. A mí me ayuda bastante, porque me recuerda esta verdad: Él no se fue a ninguna parte, aunque parezca ausente.

Pues busco, debo encontrar

Pues busco, debo encontrar;

pues llamo, débenme abrir;

pues pido, me deben dar;

pues amo, débeme amar

Aquel que me hizo vivir.

 

¿Calla? Un día me hablará.

¿Pasa? No lejos irá.

¿Me pone a prueba? Soy fiel.

¿Pasa? No lejos irá:

pues tiene alas mi alma, y va

volando detrás de él.

 

Es poderoso, mas no

podrá mi amor esquivar;

invisible se volvió,

mas ojos de lince yo

tengo y le habré de mirar.

 

Alma, sigue hasta el final

en pos del Bien de los bienes,

y consuélate en tu mal

pensando con fe total:

¿Le buscas? ¡Es que lo tienes!

Amén