Cristo ha resucitado

Las campanas repican, las flores se abren paso y el sol brilla con un fulgor radiante. ¡Es Pascua! La fiesta más importante de nuestra fe. Con ella llega un torrente de emociones: alegría, esperanza, paz. Sobre todo, una certeza inquebrantable: Cristo ha resucitado.

Por esta razón, te invitamos a reflexionar sobre la felicidad que nos trae la Pascua, ¡la resurrección de Cristo! ¿Cuál es la verdadera felicidad? ¿Cómo se diferencia de las promesas de las marcas, de las compañías o la del dinero?

Buscamos, en fin, conectar los hilos de la felicidad humana con la sublime promesa de la vida eterna.

Descubriendo la felicidad eterna

Desde el principio de los tiempos, el ser humano ha anhelado la felicidad. La buscamos en el amor, en el éxito profesional, en las posesiones materiales, en los placeres efímeros… Sin embargo, la felicidad terrenal es fugaz, un espejismo que se desvanece entre los dedos como la arena de la playa. Por lo tanto, ¿es la felicidad terrenal suficiente para colmar el anhelo de nuestros corazones?

Existe una diferencia abismal entre la felicidad terrena y la eterna. La primera, aunque dulce en ocasiones, está plagada de la incertidumbre del mañana, de la sombra de la muerte y del sinsabor de lo pasajero.

La segunda, en cambio, es una realidad permanente, un estado de plenitud inimaginable que se vive en la presencia de Dios. La felicidad eterna, prometida por Cristo en Su Resurrección, trasciende los límites de este mundo y se arraiga en la eternidad.

La Pascua nos recuerda la victoria de Cristo sobre la muerte, el triunfo definitivo del bien sobre el mal. Su Resurrección no solo nos abre las puertas al Cielo, sino que nos revela el camino hacia la verdadera felicidad.

Un gran misterio

Cristo ha resucitado

La celebración central de nuestra fe, nos invita a contemplar el misterio pascual de Cristo: su Pasión, Muerte y Resurrección. En la Resurrección, encontramos la clave para comprender el significado último de la felicidad.

La victoria sobre la muerte nos abre las puertas a una vida nueva, donde la felicidad eterna nos aguarda con brazos abiertos.

En la cruz, Jesús experimentó el dolor más profundo, el abandono y la muerte. Pero al resucitar, venció a la oscuridad y nos llenó de una esperanza indestructible.

La esperanza de que, a pesar de las dificultades y el sufrimiento, la vida tiene un sentido más allá de lo terrenal.

¡Cristo ha resucitado!

Cristo ha resucitado

En el eco del grito de la Resurrección, escuchamos el anuncio jubiloso de la felicidad eterna. «¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente, ha resucitado!», este grito trasciende el tiempo y el espacio.

Resuena en los corazones de todos los fieles como una promesa inquebrantable de esperanza. Nos invita a dejar atrás nuestras preocupaciones terrenales y a abrazar la promesa divina de la vida eterna.

La alegría de la Resurrección no debe quedarse en un simple sentimiento. Es un grito que nos impulsa a compartir la buena noticia, a ser apóstoles de la esperanza y del amor. Como catequistas, profesores de religión o simplemente como cristianos, tenemos la responsabilidad de llevar este mensaje a todos los rincones del mundo.

La Pascua es un tiempo de renovación, de renacimiento espiritual. Es la oportunidad perfecta para reflexionar sobre la verdadera felicidad, esa que no se encuentra en las cosas pasajeras, sino en la unión con Dios.

Oremos para que la Resurrección de Cristo guíe nuestros pasos hacia la vida eterna, la felicidad sin fin.