En todo matrimonio existen crisis. No hay excepciones, la vida de casados está siempre sometida a crisis que nos cambian la vida, y nos la cambian para siempre. ¡Y está bien que sea así!

Las crisis en el matrimonio no son solamente inevitables, también son necesarias. Porque muchas veces, sin quererlo o sin saberlo, estamos haciendo las cosas mal, y las crisis nos ayudan a corregir el rumbo y poner las cosas en su lugar.

El matrimonio tiene varias crisis que suceden siempre: en la jerga de los orientadores familiares, las llamamos crisis «normativas», porque por un lado son «normales» (están dentro de la norma) y por otro lado «fijan la norma» de lo que sucede en el matrimonio.

Rápidamente, sin entrar en muchos detalles, yo considero que el enamoramiento es la primera (nos fija la norma de convivencia para la relación conyugal posterior). Luego el fin de la luna de miel (nos ayuda a limar las asperezas de la convivencia), nacimiento de los hijos (pasamos a ser esposos y padres, en lugar de solamente esposos).

Luego la comezón del séptimo año, la crisis de la mediana edad, la crisis del nido vacío y la de la viudez. Como se puede ver, las crisis son hitos inevitables en la vida conyugal. Hablemos hoy de lo que sucede cuando llega el primer hijo luego de ver este video:

1. La crisis que nos suma un rol: el paterno

Cuando mi hijo menor tenía cinco años nos preguntó que eran «años dorados» y le contamos que son épocas en las que nos va muy bien, y que somos felices. E inmediatamente nos preguntó: «¿Ustedes tuvieron muchos años dorados antes de que naciéramos nosotros?».

¡Claro que sí, pequeño! Antes de ser padres, la vida era fácil, divertida y sin mayores preocupaciones, pero una vez que nuestros hijos llegaron a este mundo, esos «años dorados» quedaron en el olvido.

Pero eso no significa que los recordemos con nostalgia: ¡La vida de papá está llena, repleta, inundada de gratificaciones que nos hacen mucho más felices que cualquier año dorado que hayamos pasado anteriormente!

Pero también la vida de padres está repleta de disgustos, de temores e inquietudes, de desafíos y de muchas emociones, casi todas emociones cruzadas.

Por un lado nuestros niños nos llenan el corazón de alegría y orgullo, y por el otro nos llenan el corazón de inquietudes. Nos ayudan a dejar de pensar en nosotros mismos para pensar casi constantemente en ellos, en sus sueños, sus dudas, en su felicidad y en sus desafíos.

No pasa un día sin que nos levantemos, por más cansados que estemos a seguir peleando para intentar dejarles un mundo mejor a nuestros hijos.

2. Maternidad y paternidad: son amores distintos

La maternidad tiene un don que proviene de la vinculación biológica de la madre con el bebé desde la gestación. Desde el día de la concepción, el bebé y la mamá comienzan a interactuar y a intercambiar hormonas que van a generar una vinculación incondicional entre ambos.

El papá, en cambio, se va a vincular a sus hijos, en general «a través» de la madre: va a amar a sus hijos en tanto ame a la madre de sus hijos.

Porque al no tener esa fuerte vinculación biológica, su vinculación es más bien voluntaria, y va a ser tanto más fuerte cuanto más fuerte sea la vinculación con su esposa. Como dice Theodore Hebsburg: «lo mejor que un padre puede hacer por sus hijos es amar a su madre».

3. La paternidad bajo ataque

Vivimos en una época en la que todo lo masculino, pero especialmente la paternidad está bajo ataque constante. Un feminismo mal entendido ha tomado el poder por asalto y está generando políticas públicas en muchos países que restringen los derechos de los hombres, especialmente el derecho al pleno ejercicio de la paternidad.

Por eso, en esta época extraña, encontrar una publicidad que haga un elogio de la paternidad es como un soplo de aire fresco. El video que vimos es una iniciativa del «Center for Fathering, Dads for Life y Mediacorp» para rescatar la figura del padre, y lo hace de un modo que al mismo tiempo es muy tierno y muy realista.

4. Criar hijos no es poca cosa

La crianza de niños es una tarea titánica. Requiere que pongamos lo mejor de nuestra parte y no otorga ninguna gratificación inmediata, como no sea la gratuidad del amor hacia los pequeños.

El nacimiento de los hijos, con toda la hermosura que significa el convertirnos en padres, puede ser un golpe de gracia para el matrimonio.

Ed Asner dice: «Criar hijos es parte alegría, parte guerra de guerrillas» y ¿quién es la primera víctima de esa guerra de guerrilla? la pareja tal como era hasta ese momento.

5. La crisis conyugal del nacimiento de los hijos

La crisis consiste en algo de lo más trascendental: pasamos de ser solamente esposos, a ser esposos y padres. Y la adaptación a estos nuevos roles no siempre es suave ni fácil.

La mujer, generalmente hablando, tiene tendencia a sumergirse en su rol de madre con una intensidad y una fuerza que a los hombres nos parece inconcebible.

Ellas nos llevan nueve meses de ventaja a nosotros los hombres (en el caso de un embarazo), y en el caso de la adopción, el anhelo de la mujer por ser madre es generalmente muchísimo más fuerte que el anhelo del hombre por ser padre.

Acertémoslo, las mujeres tienen una capacidad mayor que los hombres de hacer más cosas simultáneamente, también es cierto que el tiempo dedicado al cónyuge, y la intensidad de esa dedicación, no es exactamente la misma como esposa que como esposa y madre.

Otra vez los famosos «roles de género» hacen que creamos que como solo la madre tiene mamas desarrolladas, la alimentación del pequeño corre por cuenta exclusiva de ella.

Pero además como las madres tienen ese instinto maternal tan marcado, ellas no van a poder ver que su hijo sufre la más pequeña inconveniencia o contratiempo sin acudir inmediatamente en auxilio de su vástago.

Y como las necesidades de un crío recién nacido son constantes, es muy frecuente que la madre se encuentre al final del día exhausta y deseando tener una conversación adulta con su esposo.

Naturalmente, cuando el marido regresa a su casa, no comprende las batallas que ha surcado su valiente esposa en esta guerra de guerrillas, y pretende que todo siga igual que antes de que fuera madre. ¡Y es imposible! Sobre todo si él no se da cuenta de que también tiene que convertirse en padre.

6. Ser un verdadero padre es ser un verdadero esposo primero

Como vimos antes, la vinculación del padre con sus hijos es casi siempre a través de su esposa. Desde el momento en que la madre se entera del embarazo, debería participar a su esposo de todo el proceso, ayudándolo a comprender qué es lo que le está pasando.

Cómo el bebé crece dentro suyo, sus miedos e inquietudes. Si logran fortalecer la vinculación conyugal durante el embarazo y el parto, luego la crisis no es tan grave.

Que no sea tan grave, no quiere decir que no exista, la crisis va a seguir sucediendo porque nadie nace sabiendo ser papá, y el aprendizaje muchas veces es… difícil, por poner un término suave.

Lo que es hermoso de este comercial es que la esposa va agradeciendo aquellas cosas que el hombre hace en su aprendizaje de ser padre, y de acuerdo a la edad de sus hijos esos aprendizajes son distintos: con el niño recién nacido, se levanta para que ella pueda descansar un poco más.

Muchas veces los papás no comprendemos que tenemos que ser los custodios de la intimidad conyugal, y que eso significa levantarse a la noche cuando los niños lloran.

No solo para preservar el sueño de la madre, sino para que los niños aprendan que la cama de mamá y papá es solamente de mamá y papá. La madre agradece a su marido que «esté siempre para ella».

7. Cuando los niños crecen

A medida que los niños crecen, crecen también los desafíos de ser papá. El siguiente episodio es de una nena atravesando la etapa desafiante, le cierra la puerta en la cara y le dice «¡te odio!».

¡Cómo puede destrozar el corazón de un padre el desprecio de un hijo, por más que sepamos que son etapas que pasarán! La esposa le agradece por no rendirse, incluso cuando duele.

Al amor de padre le toca siempre un poco más de exigencia y disciplina que el que puede prodigar la madre. Porque al no tener la vinculación biológica hace que pueda tomar un poco más de «distancia emocional», y generalmente el papá representa la autoridad. 

Ahora bien, la autoridad significa poner límites, y los límites no siempre le gustan a los niños. Eso hace que la furia de los niños se dispare casi siempre contra papá, que tiene que ser muchas veces «el malo de la película» para mantener la disciplina en casa.

Y eso duele. Hace que muchas veces nos queramos «rendir» para evitar el conflicto. Pero no, este papá no lo hace, y su esposa le agradece.

8. Un papá siempre quiere lo mejor para sus hijos

Y eso implica que les da lo mejor, aun cuando los hijos prefieran… otra cosa. ¡Los niños comerían comida «chatarra» (como la llamaba el menor de mis hijos) toda la vida, si los dejáramos!

Que un papá se preocupe por la alimentación de sus hijos es también una cosa hermosa para agradecer. Y la esposa también lo agradece. Es probable que en 10 o 15 años los hijos también lo agradezcan, pero es importante el agradecimiento de la mujer, por tener siempre los mejores intereses de los niños presentes.

Y luego le agradece por buscar siempre lo que es correcto, no lo que es fácil. Como dijimos, la autoridad en la familia está generalmente representada en la figura paterna. Y está bien que así sea, porque el padre puede ejercer esa autoridad si cuenta con el apoyo incondicional de su esposa.

Cuando los niños ven que la autoridad de papá se respeta y que nadie va a ceder, resuelven mejor sus problemas, tienen mejor rendimiento académico y regulan mucho mejor sus emociones. Todo eso gracias a que papá sabe que lo correcto es siempre mejor que lo fácil.

9. La protección paterna

Nada revela más la importancia de la paternidad que la protección de papá. Papá tiene un instinto protector, que lo hace estar siempre pendiente de los peligros y riesgos que sus hijos corren.

Para un niño, su papá es su primer superhéroe, y para una niña su papá es su protector. La protección paterna hace que los niños se desempeñen con muchísima más seguridad en el mundo.

La función del padre es la que otorga a los niños la exterioridad, su modo de relacionarse con el mundo. El papá es el que corta el cordón umbilical, para frenar la dependencia de los niños con la madre, y que puedan aprender a resolver los problemas por sí mismos.

Otro beneficio de la protección paterna es el retraso del inicio de las relaciones prematrimoniales en adolescentes. Los niños con ambos padres biológicos en una relación de largo alcance son los que menos posibilidades tienen de una conducta sexual desordenada al inicio de la pubertad y la adolescencia.

10. Amor de padre, amor de madre, amor de esposos

Como ya he dicho muchas veces en estos artículos que la buena gente de Catholic Link tiene la gentileza de publicarme cada semana, el amor de la madre a los hijos se da casi en forma «natural», el amor del padre a los hijos no tanto, pero se puede canalizar.

Hay un amor que es importantísimo que siempre esté para que el desarrollo psicoafectivo de los niños sea completo y armónico, y es el de los padres.

El papa Francisco dijo en una catequesis a padres en la Catedral de Dublín: «Con cinco años, entré a casa, en el comedor, mi papá llegaba del trabajo, en ese momento vi a mi papá y mi mamá besándose. No lo olvido nunca, jamás, qué cosa hermosa, cansado del trabajo, mi papá y mi mamá tuvieron la fuerza de expresarse el amor».

Si ya son padres, déjennos saber en los comentarios cómo enfrentaron la llegada del primer hijo. ¿Cuántos tienen?, ¿están esperando bebé?, ¿qué fue lo más difícil que enfrentaron?, ¿cómo cambió su relación de esposos y qué es lo más lindo que han vivido? ¡Los leemos!