¡Caridad, cuánta falta nos hace a todos! Hace unas semanas Mons. Barron de «Word on Fire» publicó un video en su canal que habla de una verdad que lamentablemente sucede en Internet: los ataques ofensivos y sin misericordia… entre católicos.

Creo que todos los evangelizadores digitales hemos vivido a lo largo de nuestra historia en Internet situación tal. Una coma en mal lugar, una palabra redundante, una interpretación sacada de contexto y ¡bum! La explosión de ataques y frases dolientes no se hacen esperar.

Como bien ilustra Mons. Barron, al principio de la evangelización digital estos ataques o críticas venían de personas ateas o no creyentes y más que ataques, me atrevo a decir, eran una especie de burla por aquello que no se entiende o que se encuentra ridículo.

Hoy por hoy creo que esos ataques son los menores. Impresiona ver cómo es que entre nosotros hemos perdido toda caridad y sobre todo hemos dejado de tratarnos como los hermanos que somos.

Los invito a ver el video con detenimiento. Nosotros te dejamos tres puntos para la reflexión sincera:

1. ¡Mirad cómo se aman!

Como nos recuerda Mons. Barron, en épocas de Tertuliano los extraños se acercaban a los cristianos atraídos por ese amor que se podía casi tocar entre ellos. Un amor tan grande que estaban dispuestos a morir el uno por el otro. Los grandes y fuertes protegían al más débil.

La caridad era algo que se vivía día a día. Siglos han pasado, y parece que el recuerdo del Maestro se ha ido perdiendo. Y aunque nos llamamos sus discípulos, olvidamos la primera regla que nos dejó: «Amarse los unos a los otros».

Esos insultos y disputas sin argumentos llenos de lenguaje agresivo, hablan no de un pueblo de Dios hermanado. Hablan de la pequeñez de corazones que olvidaron cómo amar al prójimo. Tratando de defender a la Iglesia, hacen mucho más daño aún.

2. Verdad y calumnia

No solo somos rápidos para la crítica, sino para hablar sin pensar inmisericordes, escudados en «hablar con la verdad». Mons. Barron con firmeza y a la vez con sencillez y caridad nos hace dar cuenta de la clara distinción que hay entre una verdad y una calumnia, recordándonos que la calumnia es un pecado mortal.

Mortal porque va directamente en contra del prójimo con mala intención y falto a la verdad, pudiendo hacer un daño terrible a su credibilidad y honra. Es efectivamente una violación en contra de la caridad y de la justicia, como bien lo apunta Monseñor.

Una opinión argumentada y sólida siempre será bienvenida. Pero una simple burla y agresión acompañada incluso del anonimato, encima proveniente de hermanos católicos es algo penoso y además dañino para todos, sobre todo para la Iglesia misma.

La verdad no tiene por qué ser ofensiva. Y la verdad es una. No existe tu verdad o la mía. Pueden existir distintos puntos de vista, pero la verdad es una sola y el único dueño de ella es Dios. Nosotros nos aproximamos a ella a través de la formación seria, de nuestra vida interior, espiritual. Nos aproximamos a ella por la gracia de Dios y los dones del Espíritu.

3. Corrección fraterna

La corrección fraterna es una forma de llevar luz a aquel que está equivocado, pero para poder corregir fraternalmente primero hay que ser ¡fraternos!

Cómo podemos corregir de este modo si no nos tratamos como hermanos. Si entre nosotros parece haber una guerra constante. Donde por lo visto el hambre por la verdad ha desaparecido y ha sido suplantada por el hambre a tener la razón.

Los comentarios que muchas veces se presentan como defensa a la fe, en lugar de llevar luz, caridad y justicia, traen oscuridad y desánimo. Hemos sido llamados para ser luz del mundo. Una luz que brille, que acoja, que calme, que consuele, que ilumine con la verdad del amor.

No olvidemos hermanos que todos podemos errar, que en este camino nos caeremos muchas veces y nos necesitaremos el uno al otro para levantarnos y poder seguir el camino. No nos hundamos entre nosotros. Aprendamos juntos, formémonos seriamente y cultivemos una vida interior, espiritual cada vez más cercana a Cristo.

Que la Virgen María nos preste ese corazón tierno, silente y sabio para entender el gran mandato de Dios: el amor.