creer en Dios

Amar implica necesariamente abrazar los sufrimientos con esperanza, paciencia y confianza, especialmente cuando ya no nos unen los vínculos más esenciales, como lo es Dios, por ejemplo. Cuesta amar a quienes no comparten los pensamientos, sentimientos y acontecimientos más importantes de nuestra vida, aquellos que tienen que ver con nuestro creer y relacionarnos con Dios.

Para quienes nos hemos encontrado con Él por gracia y misericordia, la vida cambia completamente. Ya no piensas igual, no te comunicas igual, no eres el mismo.

Aunque esto no significa que seas mejor que los demás, sí es cierto que existe una desconexión con aquellas personas que aún no le conocen.

Sin embargo, este hecho debe impulsarnos precisamente a amarlos y ser misericordiosos y pacientes con ellos. Cristo nos ha llamado a amar a todos, pero en especial a quienes nos persiguen, a los que no son tan cercanos, a aquellos que representan una contrariedad para nosotros.

Como dice el Evangelio: «¿Qué mérito tienen ustedes al amar solamente a quienes los aman? Aun los pecadores lo hacen así. ¿Y qué mérito tienen ustedes al hacer bien a quienes les hacen bien? Aun los pecadores actúan así» (Lc 6, 32-33).

Este llamado, que solemos dar por sentado, se nos escapa en la vida cotidiana, donde a menudo experimentamos rechazo o desesperanza frente al otro, especialmente al más cercano. Tal vez hayas tenido la tentación de pensar: «Es imposible que esta persona se convierta» o «Estoy cansado de orar por mi hijo, esposa, padre, etc.». Es normal sentir esto, pero no podemos dejar que la desesperanza nos venza.

Allí donde la desesperanza triunfa, matamos el amor y la gracia sobre la persona por la que oramos. Cristo nos ha llamado a creer que «para Dios no hay nada imposible» (Lc 1, 37).

Aquí algunos consejos del Padre Mike para acompañar y amar a las personas que no están transitando nuestro mismo camino de fe:

1. Tu compañía puede ser imagen de Dios

El primero es no cortar las líneas de comunicación. A veces no sabemos cómo relacionarnos con ese amigo, familiar o conocido con el que ya no nos sentimos igual.

La desconexión puede ser muy natural porque sentimos que no compartimos mucho, pero no debemos olvidar que sigue siendo una persona y que Dios permite este encuentro no para alejarnos, sino para ser Su imagen en medio de ellos.

Mantener el contacto es una muestra de amor, calidez y humanidad. A través de tu presencia, puedes hacer presente a Dios en sus vidas.

No los evites, no huyas de sus pensamientos, por más distintos o contrarios que sean. Abrázalos con humildad, paciencia y fe en que también ellos están llamados a conocer la verdad.

2. Al creer en Dios, ¡todo es posible!

El segundo consejo es la oración. Muchos de nosotros hemos llegado a Dios gracias al poder de la intercesión de otros. Tal vez no lo notamos, pero alguien oró por nosotros con afecto y perseverancia, acercándonos a los brazos de este Padre que nos esperaba.

Aunque a veces no veamos los frutos de la oración, eso no significa que no se esté gestando en el alma de quien la recibe.

La oración aviva la esperanza en nosotros, entregando las relaciones dolorosas a Dios y disponiendo a la otra persona a abrirse a Su acción.

Al igual que Santa Mónica oró por San Agustín, debemos tener una fe que sostenga nuestra oración y una oración que sostenga nuestra fe. Recordemos las palabras de San Ambrosio a Santa Mónica: «El hijo de tantas lágrimas no se perderá».

Acoge estas palabras y llénate de ánimo para nunca dejar de creer que Dios puede obrar también en esa persona a la que miras con desesperanza. El milagro podría estar a la vuelta de la esquina; solo hace falta confianza y paciencia para verlo.

3. Todos podemos dejar de creer en Dios

El tercer consejo es recordar que todos somos susceptibles de alejarnos de Dios o dejar de creer en Él. Ninguno de nosotros está exento de esta posibilidad. Todos los días, con nuestra oración y modo de vivir, tratamos de cuidar esa vela que Dios encendió en nosotros.

Sin embargo, los vientos y la lluvia de las dificultades, así como nuestras propias debilidades, pueden querer apagarla. Entendiendo esta fragilidad de nuestra fe, podemos ser más empáticos con aquellos que aún no han dado su «sí» a Dios por primera vez.

Debemos confiar en que Dios también quiere encender en ellos la luz de Su amor.

4. No pierdas la esperanza

Finalmente, el consejo más alentador: recordar que esta es solo una etapa en su vida. Si Dios no ha terminado con su historia, ¿quiénes somos nosotros para perder la esperanza?

Tal vez necesitas recordar el día en que Dios te llamó, cuando tú tampoco lo esperabas, y ver con los ojos de Dios que también quiere obrar en la vida de esa persona.

Dios siempre llega a tiempo y tiene más ganas que tú de encontrarse con tu hijo, madre, esposo o amigo. No renuncies a creer que hay esperanza para ellos, como la hubo para ti.

Si necesitas más confianza, puedes rezar la siguiente oración:

Oración por la confianza

Jesús, tú te hiciste hombre para experimentar en tu carne muchos de mis sentimientos. Hoy te pido que vengas sobre mi desconfianza, mi miedo y mi desesperanza.

Toma en tu mano el corazón de la persona por la que te pido hoy, y regálame la gracia de no desfallecer en la oración, para que algún día esta persona pueda decir, como yo, que Tú eres su Padre.

Te entrego a todos aquellos que están alejados de ti y que a veces me causan angustia y tristeza. Cambia esto por la gracia de la fe, que jamás duda de ti, de tu poder, y sobre todo de tu amor y misericordia. Tuyos somos, para ti hemos nacido. Tráenos de vuelta a ti. Amén.

Artículo elaborado por Juana Gaviria