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Hace doce años que estudiamos con mi querida esposa Mariana la problemática familiar, y más específicamente la problemática conyugal. Desde hace doce años el tema más recurrente es el de la carga desigual en las tareas del hogar. 

Es no solo recurrente, sino también un tema que es causal de muchas discusiones conyugales, aun después de muchos, muchos años de casados. Yo llevo 23 años con la paciente señora que me tolera a su lado y todavía tenemos algunas discusiones al respecto.

Hace bastante tiempo que vengo escuchando, generalmente de parte de ideólogas feministas, este tipo de queja. Que las mujeres tienen mayor «carga mental» (que se traduce en una mayor cantidad de tareas en el hogar y una mayor preocupación por las cosas de los hijos que los hombres).


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Es por eso que quiero compartir contigo, algunos puntos clave que debemos tener claros como pareja, sobre todo si somos esposos. Hay muchas cosas que nos podrían facilitar la vida si entendiéramos que ambos somos diferentes, pero complementarios.

1. ¿Es verdad que las mujeres tienen mayor carga mental?

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Una de las primeras personas a las que escuché hablar claramente sobre esto, fue a Pilar Sordo, la psicóloga chilena que se dedica a las relaciones de pareja. En uno de sus primeros videos que hizo público, Pilar achaca esta mayor carga de tareas a una autoasumida responsabilidad de parte de las mujeres.

El camino de ese asumir responsabilidades, de acuerdo a Pilar, es que las mujeres tienen una tendencia a «retener» y los hombres tienen una mayor tendencia a «soltar». No es una imposición del varón, es una elección voluntaria de la mujer, que decide unilateralmente «retener» esas tareas para sí misma. Además si ve que otro las hace, pero no las hace exactamente como ella las hace, entonces critica y las vuelve a hacer ella. «Nadie hace las cosas como las hago yo…».

A la segunda persona que escuché hablar sobre el tema fue a Mark Gungor, un pastor evangélico que habla sobre las relaciones conyugales en forma humorística. Mark dice que los hombres y las mujeres «cuentan los puntos» de sus acciones en pos de la alianza matrimonial de modo distinto.

2. ¿Cómo funcionan los puntajes de pareja?

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Los hombres se dan muchísimos puntos bonus por cualquier tontería que hacen. Por ejemplo, por levantarse temprano a la mañana y desayunar, se otorgan a sí mismos 500 puntos. Por ir a trabajar y traer un sobre con dinero a fin de mes, se otorgan 1500 puntos.

Y luego por no ir a tomar una cerveza con los amigos después de trabajar, se otorgan otros 500 puntos. Por eso, cuando vuelven a sus casas, y no hacen nada, le están dando la oportunidad a su esposa que los alcance con todos los puntos que ellos hicieron.

El problema es que las mujeres cuentan los puntos de un modo diferente: ellas ven que sus hombres se levantan temprano, y les otorgan un punto. Ven que van a trabajar y vuelven a fin de mes y con eso le otorgan otro punto. Luego ven que su marido no se va con sus amigotes de juerga, y por eso también le otorgan un punto.

Pero ellas también se levantaron temprano (un punto), hicieron el desayuno para toda la familia (un punto), vistieron a sus hijos, (un punto), fueron a trabajar (un punto), volvieron sin irse de juerga, (un punto), lavaron la ropa (un punto), la colgaron (un punto), y un prolongado etcétera.

Por lo que al llegar al fin del día, los puntajes están 159 a tres. Y naturalmente la que hizo 159 está irritadísima con el que hizo tres, por eso se arman estas discusiones conyugales.

3. Un problema real, una solución imaginaria

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Está claro que hay una carga desigual en las tareas del hogar, y está claro que esto genera un profundo malestar en las personas que llevan esa mayor carga: las mujeres. Pero muy pocas veces nos detenemos a pensar en los problemas con la profundidad requerida, y no nos ponemos a evaluar cuáles son los motivos subyacentes detrás de los problemas reales.

Si por ejemplo en el tema de los hijos, ha sido científicamente demostrado que las preferencias de los juegos de niños y niñas son biológicamente determinados, y que no hay una «imposición cultural». En su extraordinario libro «Por qué el género Importa», Leonard Sax demuestra que desde los nueve meses de edad, las niñas eligen juguetes «de niñas» y los niños juguetes que impliquen movimiento.

Y que si se les quiere dar juguetes «neutrales», o juguetes «del sexo opuesto», las niñas van a terminar acunando y haciendo cariño a un camión, o los niños usando a las muñecas Barbie como martillo o espadas.

Existe entonces, como primera medida una determinación biológica: las mujeres van a tener una tendencia natural a ocuparse más de los niños. Tendencia que es fuertemente determinante, pero que es tremendamente reforzada durante el embarazo, parto, lactancia y puerperio.

Esa determinación biológica hace que los hombres podamos ser auxiliares de segunda en la crianza de los niños. Especialmente cuando los niños son pequeños y no pueden valerse por sí mismos: toda la «programación biológica» de la madre apunta a que puedan entender e interpretar cada una de las necesidades de sus bebés, que se expresan en un lenguaje no verbal, completamente inaccesible al común de los hombres.

4. Elecciones libres

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Me causa gracia pensar que nuestra cultura muestra a las mujeres en su papel de esposas y madres. Hace mucho, pero mucho tiempo que nuestra cultura viene diciendo exactamente lo contrario: acabo de terminar de releer después de casi 40 años, el libro «Anne de Tejados Verdes» (historia convertida en serie de Netflix).

Y en ese libro, publicado en 1908 se considera «anticuado» pensar que las mujeres deban ser solamente «esposas y madres». Todas las niñas de ese lejano 1908, con excepción de una sola, planean estudiar magisterio o ir a alguna universidad. Pero además, implica un menosprecio de la inteligencia y el genio femenino, el pensar que un supuesto estereotipo puede determinar la conducta de las mujeres de un modo irreversible.

Pero no se tiene en cuenta que las mujeres, después de convertirse en madres eligen carreras o actividades de medio tiempo. No por una «imposición cultural» o porque su esposo la obligue, sino porque libremente quieren hacerlo, y pueden hacerlo porque su esposo sigue trabajando a tiempo completo.

Si ese arreglo no satisface a la mujer, entonces hay que hablarlo antes de hacerlo, y no una vez que la decisión está tomada. 

5. La falta de diálogo entre marido y mujer

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Cuando de a poco, las mujeres comienzan a asumir la llamada «carga mental», es un proceso silencioso pero constante. Como señalaba Pilar Sordo, el problema es que si una mujer asume una tarea, la va a hacer por el resto de su vida, porque los demás «no lo hacen como lo hago yo».

Porque la mujer está biológicamente determinada a ejercer el rol de madre y lo hace voluntariamente (y felizmente) durante los primeros 18 meses de vida del bebé. Donde el niño todavía no puede expresar sus necesidades verbalmente y tiene en su madre a la única intérprete posible. Por cualquier causa que haya sucedido, es muy frecuente que la mujer haya asumido más responsabilidad en la carga de tareas del hogar, y que en algún momento haya que hacer un ajuste.

Estas cosas se deben hablar antes de casarse, y se deben hablar bien en profundidad: ¿quién va a cocinar?, ¿quién va a cuidar a los niños?, ¿quién va a lavar la ropa? Todas esas cuestiones son importantes… ¡Importantísimas! antes de casarnos. Te recomiendo mucho la conferencia online «Conversaciones necesarias antes de casarse». ¡Es excelente!

También hay que hablar de finanzas, y cómo nos vamos a organizar en los gastos de la familia. El trato con nuestras familias de origen, nuestras salidas, nuestros amigos, y un largo etcétera tienen que ser consensuados antes de atar el nudo, antes de caminar por el pasillo y dar el sí.

6. Modos de comunicarnos

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Cuando un hombre y una mujer van por una ruta en un viaje prolongado, si el hombre quiere tomar un café dice: «Vamos a parar en la próxima estación de servicio a tomar un café, aprovechen para ir al baño y estirar las piernas porque no pararemos más en las próximas cinco horas».

El hombre va directo al punto, expresa su necesidad, expresa cómo piensa resolverla y lo hace, sin pedir permiso ni perdón. Somos muy frontales y muy directos para expresar nuestras necesidades. Si una mujer quiere tomar un café en las mismas circunstancias, la enorme mayoría de ellas le preguntará a su marido: ¿Quieres tomar un café? Y el marido, si tiene ganas, naturalmente que dirá que sí, y frenarán para tomar el bendito café que la mujer quería.

Pero si no tiene ganas, lo normal y lo frecuente es que diga «no», y que pasen frente al siguiente restaurante sin detenerse. Si la mujer hubiera dicho «quiero tomar un café», tal vez el hombre hubiera captado la necesidad de la mujer, y la hubiera satisfecho inmediatamente.

Obvio estoy haciendo una caricatura de las relaciones entre los esposos. Lo que sí está claro es que hombres y mujeres tenemos modos distintos de expresar nuestras necesidades, donde generalmente el hombre tiene una tendencia mayor a decir las cosas en un lenguaje claro y directo. Y las mujeres tienen una tendencia mayor a sugerir, a insinuar o a pedir las cosas en modo indirecto.

7. «Sí querida», una respuesta bien masculina a las dificultades del hogar

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Los hombres no seríamos NADA sin nuestras esposas, pero nada de nada. Ellas son las que nos motivan a ser mejores personas, a superarnos cada día, a intentar «salvar el mundo». No queremos salvar el mundo para nosotros: lo queremos hacer por nuestra esposa y por el futuro de nuestros hijos.

Lo hacemos con gusto, pero nosotros muchas veces no sabemos lo que pasa en nuestras casas, porque nuestras mujeres son tan extraordinariamente buenas en lo que hacen, que no vemos el sacrificio que ellas hacen para que esté todo impecable.

Y allí es donde entra en juego el «genio femenino». Mi esposa, cada vez que quiere lograr algo de mí, me lo pide con un elogio, y luego de que se lo hago, me elogia de nuevo: «Tú que eres el mejor esposo del mundo, ¿no me pintas el cuarto de los niños que las paredes son un desastre?».

Y eso para mí es música: voy súper motivado a pintar el cuarto de los niños. Porque mi esposa me puso en un apuro: si soy el mejor esposo del mundo, es porque hago muchas cosas para que mi esposa esté feliz. Y quiero hacer más cosas porque me las pide y me especifica exactamente qué es lo que quiere. Y eso me pone en mi modo «príncipe valiente» para salvar a la «damisela en peligro».

Los hombre estamos deseosos de poder asumir tanta responsabilidad, pero para ello tenemos que tener indicios claros y directos de las necesidades. Especialmente cuando esas responsabilidades tienen que ver con el cuidado de nuestros hijos.

Generalmente, no tenemos ni idea de qué le pasa a los niños, o mejor dicho la única idea que tenemos cuando nuestro hijo llora es que necesita a su madre. Si su madre nos ayudara a comenzar a reconocer las distintas necesidades de nuestros hijos, tal vez recibirían una ayuda enorme de nuestra parte. Pero, como dije antes, en ese rubro las mujeres tienen superpoderes, y nosotros solo podemos ser auxiliares de segunda.

8. Hay tres cosas importantes en un matrimonio: «Diálogo, diálogo y diálogo»

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Solo mediante el diálogo y la expresión de nuestras necesidades en forma clara y directa podremos llegar a un entendimiento. Y si las cosas se fueron un poco de control, y no estamos haciendo nuestra «cuota de labor» como corresponde, lo mejor que podrán hacer es indicarnos dónde fallamos y qué podemos hacer para hacerlas felices.

No podemos leer la mente, las cosas que a ustedes les parecen prioritarias a nosotros pueden no parecernos tanto. A veces una cosa pedida con amor y respeto es mucho más motivante que una cosa pedida a los gritos.

El objetivo del matrimonio no es dividir las tareas en un 50% estricto para que haya una carga equitativa y nadie se resienta. El objetivo del matrimonio es dar el 100% de sí mismo, sacar lo mejor de uno y ponerlo al servicio de la alianza. Así que si nuestra única prioridad es siempre nuestro cónyuge y sus necesidades, y poner lo mejor de nosotros para hacerlo de corazón, entonces todos estos conflictos no existirían.

Si alguno de los dos no está «haciendo un buen trabajo», entonces la solución es siempre hablarlo claramente. Sin enojos, tratando de comprender que no siempre percibimos las necesidades y las prioridades del mismo modo, y que a veces generar un hábito de conducta puede tardar algunos meses hasta que lo incorporamos.

Percibir al matrimonio que es la «alianza» por excelencia como un «sistema opresor» hecho para el propósito de «aprovecharnos del otro» me parece la más triste de las noticias. El matrimonio es una alianza hermosa, si la sabemos llevar como Dios manda.

A tal punto que Jesús, queriendo buscar un ejemplo de cómo Él amaba a la Iglesia, recurrió al matrimonio, porque las tareas cotidianas son la expresión de lo que es lo más excelso que podremos hacer en la tierra: amar a nuestro cónyuge hasta dar la vida.

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