Me gustan mucho las películas románticas, y veo muchas. Cuando todavía existían los videoclubs, una vez, uno de los dependientes me preguntó si mi mujer no me dejaba arrendar otro tipo de películas. Cuando le dije que yo era el que quería verlas y que Mariana prefería películas de aventuras, el hombre me miró con cara de conmiseración como si hubiera perdido un camarada en la batalla de los sexos.

Me gustan mucho las películas románticas y esa es una de las razones por las que soy un inveterado optimista cuando se trata de historias de amor verdadero, y creo que todos los matrimonios están llamados a ser historias de amor verdadero. Pero soy consciente de algo: casi todas las películas de Hollywood terminan con el matrimonio, como dando a entender que después de casados el romanticismo y los sueños no tienen lugar.


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El corto que hoy me toca comentarte es muy distinto a casi todas las películas románticas porque comienza con la planificación de la boda, y está cargado de simbolismos muy adecuados para entender qué es lo que les pasa a los protagonistas. Ellos comienzan construyendo una estatuilla, que a lo largo del corto se va viendo que es un símbolo del estado de su relación. Al principio, los dos arman la “estatuilla” que será al mismo tiempo el adorno de su pastel de bodas y el termómetro de su relación. Al agregarle el cupcake de cerámica, ella especifica el plan: tendrán una panadería. Una vez casados, comienzan a notarse las diferencias, ya que él no quiere realizar inmediatamente “el plan”, y ella lo urge para que lo hagan. Por esta razón comienzan los desacuerdos que están preciosamente graficados en el deterioro progresivo de la cocina. Aquello que los une (la confección de pasteles) comienza a “agrietarse” como la convivencia entre ellos. Y luego ocurre la “catástrofe”, un evento imprevisto que los obliga a plantear una alternativa al plan original. Pero luego, la alternativa se convierte en el plan, y el plan original es abandonado.

Este corto, tan repleto de simbolismos, nos ayuda a ver muchas cosas bellas de la vida conyugal, pero como el corto se llama «Este es el plan», me voy a enfocar en el plan de vida conyugal.


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1. Dios tiene un plan para nosotros

Dios nos junta a pesar de nuestras diferencias, para que, de la resultante de dos fuerzas aparentemente antagónicas, salga algo nuevo, algo que es mucho más que la suma de los dos. Para comprender qué es lo que quiere Dios de nosotros, tendremos que volver frecuentemente al momento en que nos conocimos y nos enamoramos, porque a pesar de la “confusión” del enamoramiento, es allí donde comprendemos que tenemos que dar lo mejor de nosotros mismos para que el Plan de Dios funcione en nosotros y a través de nosotros.

2. El plan de Dios es visible y fácil de reconocer

A veces parece que Dios jugara a las escondidas con nosotros. Pero de pronto se manifiesta con claridad diáfana. Cuando con Mariana hicimos nuestro curso prematrimonial, pensamos qué hermoso apostolado sería ayudar a las parejas a llegar al matrimonio mejor preparados, y aquí estamos, veinte años después, haciendo eso precisamente. Dios nos habla constantemente mediante nuestras afinidades y nuestras complementariedades. Es importante escuchar la voz de Dios en nuestras vidas, y para escucharla, debemos buscarla, y para buscarla debemos rezar y frecuentar los sacramentos como novios y como esposos. Y de pronto, algo se nos va a hacer clarísimo: tenemos una misión.

3. Hay que formular el plan

Y lo formulan en deseos, lo ponen en palabras, lo concretan con imágenes. Y cuando el matrimonio comienza, es el momento de poner el plan en acción. Porque si reconocimos que ese es el plan de Dios en nuestras vidas, cuanto más nos acerquemos al plan, más felices seremos como esposos, y cuanto más nos alejemos del plan, tanto más nuestras dificultades crecerán. Para concretar el plan, tendremos que hacer un “inventario de fortalezas” de ambos, porque vamos a tener que poner lo mejor de nosotros para que el plan se lleve a cabo. Los dos tenemos características complementarias, y sumadas nuestras virtudes vamos a formar un equipo invencible.

4. Si surgen desvíos, no perder de vista el plan original

Como fuimos llamados y “éste es el plan” es nuestra receta para la felicidad conyugal, por eso nunca debemos perder de vista el plan original. Van a surgir desvíos y tentaciones que nos aparten de ese plan. Tal vez sean cosas buenas, como mejores trabajos, más dinero, más confort aparente, pero todas esas cosas no van a redundar en beneficio de la pareja ni en la felicidad conyugal. Es más probable que terminen separándonos más que lo que nos unen. Como le pasa a la pareja del corto: el trabajo, que era nada más que un desvío para poder llevar a cabo el plan, se convierte en la fuente principal de conflictos, porque ella trabaja mucho y no tiene fuerzas al final del día para seguir con el plan.

5. El amor mutuo es la parte más importante del plan

Cuando comienzan a formular el plan, dicen: «Después prometemos amarnos mucho, y después seguimos amándonos mucho, para siempre». La parte más trascendental del plan es el amor mutuo. No hay que perder nunca de vista eso. Y el amor se traduce en la donación de uno mismo al otro. Amar es poner tus necesidades por encima de las mías, tus deseos como mis órdenes. Cuando esta donación es completa, ambos tienen un trato justo, porque ambos obtienen todo. Y cuando mi cónyuge es mi primera prioridad, y yo soy su primera prioridad, la vida conyugal llega a límites increíbles de realización. Mi frase favorita de la Escritura es: «hay más alegría en dar que en recibir» (Hch, 20,35) porque es una verdad antropológica enormemente invisible: creemos que nuestra felicidad se da cuando recibimos amor, pero eso es parcialmente cierto. Nuestra felicidad se da cuando recibimos amor recíproco, cuando damos amor y somos correspondidos en la misma medida.

6. Los hijos son parte del plan

Si bien este detalle “falta” en el corto, me permito agregarlo como un añadido. Los hijos revolucionan la vida conyugal, a tal punto que muchas veces provocan una crisis, que se llama precisamente la crisis del nacimiento de los hijos. Pasamos de ser solamente esposos, a ser esposos y padres. Y la madre tiene una respuesta instintiva determinada fisiológicamente que es tremendamente fuerte. El rol materno es fuertemente instintivo, y los hombres no comprendemos cómo ese pequeño, que acaba de darle una paliza a su madre para nacer, se gana el cariño y la dedicación exclusiva de ella, mientras que nosotros, que trabajamos como enanos para darle todas las satisfacciones que podemos, pasamos a segundo plano frente al crío. Este rol materno instintivo, muchas veces puede interponerse en el camino de la felicidad conyugal. Pero nuestros hijos son el fruto de nuestro amor y tenemos que hacerlos parte del plan. Y especialmente los maridos ayudar a la esposa con las labores maternales.

7. El plan es nuestra santidad

Dios quiere que seamos felices. Muy felices. Y nuestro matrimonio es nuestro medio de santificación. Como sacramento, es un signo sensible y eficaz de la Gracia Divina, y por lo tanto es nuestro camino a la Felicidad más perfecta, la Felicidad eterna. Pero eso no significa que nuestra felicidad no pueda comenzar ahora. Tal vez no todas las parejas están llamadas a ser esos grandes Santos que llenan de orgullo a la Iglesia. Tal vez nuestra santidad consiste en nada más que hacer una pequeña tarea, una tarea tal vez intrascendente (como hornear cupcakes) pero si lo hacemos con amor y por amor a Dios, entonces Dios toma esa pequeñez que hicimos y lo convierte en algo enorme, maravilloso.

8. La santidad es personal, pero el matrimonio nos santifica a ambos

¡Claro que la santidad es personal! Pero mediante el sacramento yo me convierto en el principal aliado en la santificación de mi esposa (a veces trabajándole la paciencia, lo reconozco) y ella se convierte en la principal aliada para mi santificación. El amor de Dios se derrama en nuestros corazones mediante la gracia santificante y la superabundancia del Amor Divino. Amamos a nuestro cónyuge para ayudarlo también a santificarse. Pero para que esto pase, no tenemos que perder el contacto con Aquél que es la fuente de todas las gracias: Jesucristo. Así que, frecuentando los sacramentos es como nos acercamos cada vez más a la plenitud de la vida conyugal, que es el Plan de Dios para nuestras vidas.

9. El Plan maestro de Dios

Que todos los hombres se salven y sean eternamente felices junto a Él para toda la eternidad. Y para ello nos dio varios “caminos” o “modos” de santificación: el matrimonio es también un medio de santificación, un modo maravilloso, que, como sacramento, nos ayuda y nos permite acceder a este formidable Plan Divino. Así que, este es el plan: seamos santos. Juntos.