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Hace 11 años, los padres de seis niñas y dos maestras de San Luis donde vivimos con mi familia, tuvieron que despedir a sus hijas por última vez. 

Seis niñas de 11 años recién cumplidos partieron en su último viaje, a hacer obras de caridad en un paraje cercano a la ciudad donde vivimos. Cruzando las vías del Ferrocarril, el ómnibus que las llevaba a su labor misionera se descompuso, y en pocos segundos, un tren arrolló los arrolló, ocho personas murieron en el accidente.

Una de las niñas que falleció en ese accidente era hija de unos queridos amigos, y como nosotros habíamos perdido a nuestra hija también, los acompañamos en su duelo y su recuperación durante los años siguientes.


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El obispo de nuestra diócesis bautizó a esa pastoral primero como «Pastoral del Dolor». Y luego, cuando muchos otros padres que habían perdido a sus hijos se sumaron, y comenzaron a andar el camino de la sanación interior, paso a llamarse: «Pastoral de la Esperanza».

¿Se puede tener esperanza después de perder un hijo?

Nada nos prepara para la muerte de un hijo. La vida nos prepara para que los hijos entierren a sus padres después de una vida larga y fructífera, cualquier «cambio de planes» de esa «verdad establecida» es impensable, inimaginable.

No queremos saber qué pasaría en el caso de que un hijo nuestro muera antes que nosotros. Sencillamente la razón retrocede aterrorizada ante la sola idea de teorizar sobre un evento así.

El video que les comparto hoy aborda este tema de un modo muy delicado. Se titula «Si algo me pasa, los quiero», pueden encontrarlo en Netflix. Muestra una pareja atravesando el duelo, aquel proceso psicológico de sanación interior que nos permite superar el trauma inconcebible de la muerte de un ser querido.

Cuando alguien cercano muere, nuestra psique necesita atravesar un proceso de sanación, porque estamos hechos para la eternidad, estamos hechos para el Amor Infinito, y la muerte nos parece un insulto, una calamidad inabarcable en su realidad.

¡Alerta de spoilers! (Si tienes Netflix, mira el corto antes de seguir)

Dos padres comienzan a separarse después de la muerte de su hija preadolescente. Aunque se niegan a hablarse en persona, ambos padres son vigilados por sombras que expresan sus verdaderas emociones. Mientras el padre sale, la madre piensa en entrar al antiguo dormitorio de su hija, aunque se detiene debido a su abrumador dolor y tristeza.

Mientras lava la ropa, la madre comienza a llorar al darse cuenta de que ha lavado una prenda de su hija. Cuando se sienta cerca de la lavadora, una pelota de fútbol se cae y abre el dormitorio de su hija, que también rueda sobre un tocadiscos y lo enciende.

Cuando comienza a sonar la canción «1950», la madre decide entrar a la habitación, donde luego se reúne con su esposo. Mientras la música continúa sonando de fondo, una sombra que representa a su hija sale del tocadiscos y los padres comienzan a recordar eventos en la vida de su hija.

En una serie de flashbacks, los padres ven crecer a su hija. Durante esta secuencia, la hija crece en el amor por el fútbol, ​​celebra su décimo cumpleaños y experimenta su primer beso. En el flashback final, la hija deja a sus padres para ir a la escuela.

Sabiendo lo que va a pasar, las sombras de los padres intentan impedir que entre al local, pero al ser un recuerdo, fallan. Dentro de la escuela, la hija es asesinada a tiros durante un tiroteo en la escuela, y el texto final a sus padres es: «Si pasa algo, los amo». 

A medida que las sombras de los padres se separan, la sombra de la hija los une, obligando a los verdaderos padres a ver los buenos recuerdos que pudieron experimentar con su hija cuando estaba viva. En el presente, los padres se abrazan y la sombra de la hija se convierte en una luz brillante entre las sombras de sus padres afligidos.

En este hermoso y sentido video, vemos reflejados de un modo poético y con mucha sutileza, los pasos del duelo.

Los pasos del duelo: el modelo de Kübler-Ross

La psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross publicó un libro «Sobre el duelo y el dolor», en el que describe cinco fases del duelo. Si bien esta teoría ha sido duramente criticada por muchos investigadores, es un estándar «de facto» para ayudar a quienes enfrentan una pérdida significativa en su vida.

La misma autora hace la aclaración pertinente al comienzo del libro: no todas las fases van a suceder, ni se van a dar en el orden establecido, pero casi todas las personas que atraviesan un duelo van a presentar al menos dos de estas fases.

Fase 1: Negación

En esta primera fase, la persona se niega a aceptar la pérdida y niega rotundamente que haya sucedido. Para ello se dice mentalmente: «Esto no pasó», «Es una pesadilla», «A mí no puede estar pasándome».

Esta fase del duelo generalmente decanta por sí misma en la siguiente fase. Ante la realidad, la persona termina rindiéndose, pero luego comienza a enfurecerse, a acusar y acusarse de la pérdida.

La desesperación y la angustia son los sentimientos más normales durante esta primera fase.

Fase 2: Ira

Cuando el hecho de la pérdida es incontrastable, el siguiente paso es la ira. Ira contra el hijo que cometió el atrevimiento de irse sin pedir permiso ni perdón. Ira contra la aparente injusticia de Dios, que se lleva a tanta gente buena y deja a los malvados sin castigo.

Contra los causantes de la muerte del ser querido, sean reales o irreales, ira contra todo y todos. La persona se convence a sí misma de que lo sucedido es injusto, y comienza a preguntar: «¿Por qué a mí?», «¿Qué hice yo para merecer esto?», «¡Es injusto!».

Las explosiones emocionales y los cambios de humor son las expresiones más frecuentes en esta fase.

Fase 3: Negociación

En esta fase, las preguntas transmutan en negociaciones. «Daría cualquier cosa por tenerte de nuevo», «¡Si solo pudiera volver un día!» y otras expresiones de deseo que pueden parecer parte de la negación, pero es un paso previo a la aceptación.

En esta fase también existe otro tipo de negociación con el pasado: «Si solo lo hubiera cuidado mejor», «¡Cuánto daría por no haber tenido esa discusión». Y otra negociación con la realidad: «¿Qué tengo que hacer para superar esto?», «¿Cómo sigo a partir de ahora solo y sin ayuda?»

Esta fase está también llena de buenos propósitos y marcada por cierta esperanza ficticia.

Fase 4: Depresión

La más temida de las fases, cuando la realidad nos aplasta como una pila de ladrillos. Nuestro hijo o hija ya no está más, y no hay nada que podamos hacer para remediarlo.

En esta etapa, quien sufre el duelo se rinde ante la realidad, y ya no quiere saber mucho de lo que le pasó ni con lo que le va a pasar en el futuro. «Ya está, se fue, ¿para qué seguir luchando?», «No voy a poder con todo lo que me toca enfrentar» son los típicos razonamientos de quien atraviesa esta fase.

Las personas que están alrededor de quien está en esta fase creen que tienen que «animar» a la persona que sufre, y es absolutamente contraproducente. Quien está en esta fase no puede sentir de otro modo, y necesita atravesar esta fase para llegar a la siguiente.

Los sentimientos más frecuentes son el abatimiento, el dejarse estar y la soledad.

Fase 5: Aceptación

Mediante esta última fase se termina de procesar el duelo. Pero, como dijimos al principio de la enumeración, ni las fases siguen necesariamente este orden, ni necesariamente se dan una única vez.

Puede ser que para poder aceptar definitivamente la muerte de un ser querido tengamos que pasar muchas veces por las fases descritas, pero si no estamos sumergidos en un proceso patológico, finalmente llegará la aceptación.

La aceptación no quiere decir que uno «supere» la muerte del ser querido, sino más bien que uno aprende a convivir con la idea de que el otro no está más.

Mi esposa dice que es como andar con un par de zapatos de un número menos al que uno calza. Duele, pero se puede caminar. La aceptación finalmente libera a la persona para encarar el resto de su vida y se comienza a convivir con los recuerdos, casi siempre idealizados de la vida anterior.

Las teorizaciones sobre el dolor

Como muchas otras cosas que tratan de la realidad de la psicología, las teorías sobre el duelo no pueden cubrir la infinita variedad de la experiencia humana.

El modelo anteriormente descrito puede ser reemplazado una y mil veces por distintas aproximaciones y teorías, pero cada ser humano es único e irrepetible. Como señalamos antes, el duelo no lo pasamos como quisiéramos pasarlo, sino, a duras penas, como podemos.

Hasta hace 50 años era frecuente que se guardara una cierta «etiqueta» del duelo, también llamada luto, que era una manifestación social del duelo. Casi como un «uniforme» que permitía saber que una persona estaba transitando un duelo con mayor o menor rigurosidad.

Hasta principios del siglo XX, existía la costumbre de contratar a «plañideras» para que lloraran en los entierros, y de esa forma expresar el dolor exteriormente.

El llanto provoca emulación, y cuando las plañideras lloraban, provocaban que las personas más cercanas al difunto comenzaran a llorar. Y provocaban un efecto de catarsis: la purificación de las emociones mediante su expresión externa.

El siglo XX arrasó con estas costumbres

Y por una parte, la mayor expectativa de vida y el culto idolátrico a la juventud impuesto en los últimos cien años, hicieron que prácticamente se dejara de hablar del tema de la muerte y la pérdida de nuestros seres queridos.

¡Pero todos somos mortales, y los planes de Dios no son nuestros planes! La gente no sabe cómo lidiar con el dolor, y recurre a soluciones aparentemente mágicas, que en el largo plazo terminan siendo contraproducentes. Porque no hacen más que postergar, y muchas veces malograr, el desarrollo normal del duelo.

Estas teorizaciones sobre el modo de expresar el dolor hacen que muchas veces se caiga en el error gravísimo de querer forzar a las personas a que «superen» su dolor. O a sumergirse en una catarata de actividades para aturdir los sentimientos, con la ilusión de que esos sentimientos negativos «pasen». Generalmente, este tipo de aturdimiento se resuelve en depresión o trastornos de ansiedad.

La muerte que no tiene nombre

Cuando un esposo pierde a su esposa, se llama viudo. Cuando un hijo pierde a sus padres, se llama huérfano. Pero un padre y una madre que pierden a su hijo no tienen nombre en ningún lenguaje de la tierra. Como si el mismo lenguaje retrocediera aterrorizado ante la sola idea remota y lejana de que nuestros hijos puedan morir.

Como te dije antes: nuestra mente se niega rotundamente a considerar la muerte de un hijo, no queremos ni saber, ni consideramos posible que eso suceda. Y por lo tanto no estamos de ningún modo preparados para enfrentarlo.

Sin embargo, sucede. Y sucede con bastante más frecuencia de lo que queremos admitir. En cada noticia de diario que vemos sobre un asesinato o un accidente, hay seguramente unos padres preparándose para este tipo de duelo inconcebible.

En nuestro apostolado de acompañar padres que han perdido hijos nos encontramos con personas que han perdido uno, dos y hasta tres hijos. Y allí están ellos, algunos en las fases tempranas del duelo. 

Uno se acostumbra al dolor, y a veces, cuando «se sienta» (cuando estamos distraídos con otras cosas de la vida) el dolor desaparece, pero va a estar presente con nosotros para el resto de nuestras vidas.

Vamos a arrastrar ese dolor para siempre, y cuanto antes comprendamos que ese dolor va a estar ahí, más pronto podremos enfrentarlo y seguir adelante con él. Sin renegar de nuestro hijo o hija, ni que caiga en el olvido.

El sufrimiento de los inocentes

¿Por qué Dios permite esto? ¿Qué hace que Dios sea tan cruel como para permitir que un niño sufra, que los pequeños que son inocentes mueran y dejemos de verlos para «siempre»? No queremos aceptar la posible muerte de nuestros hijos precisamente porque no estamos preparados para la muerte.

Nuestra alma tiene sed de infinito, y nada de lo que nos digan nos puede convencer de que tenemos que morir. Rara vez pensamos en nuestra propia mortalidad, mucho menos en la de nuestros hijos.

Pero Dios es Padre también, ¿verdad? Y Él nos manda a este mundo con una misión. Nosotros no sabemos cuál es la misión que Dios nos encomendó, ni cuál es la misión de nuestros hijos. Y desde el punto de vista de Dios Padre, y de la eternidad, esta vida es un suspiro.

«Una mala noche en una mala posada», como decía la buena de santa Teresa de Jesús. Y desde el punto de vista de Dios Padre, Él también se separó de su criatura amada, y cuando ya no puede más de extrañarla, entonces la llama a su lado, para que sea eternamente feliz, mucho más feliz de lo que podría ser en esta mala noche, en esta mala posada que nos tocó vivir.

¿Hubo sufrimiento? ¡Bueno, se acabó, Dios no puede ver más a su hijo amado sufriendo, así que decide llevarlo con él donde no va a sufrir nunca más!

«No lloren por los que se van, sino por los que quedan»

En medio de su Pasión dolorosísima, en medio del sufrimiento más increíble que pueda soportar un ser humano, nuestro Señor todavía tenía palabras de consuelo para las mujeres de Jerusalén.

Y dijo esas palabras que resuenan como algo increíble en medio de tanto sufrimiento. ¿No llorar por los que se mueren?,¿llorar por los que se quedan?, ¿qué clase de locura es esa? Pues la locura de Dios, que entiende perfectamente esto.

Porque Él mismo atravesó el portal del sufrimiento y la muerte para enseñarnos a bien morir, y a bien aceptar la muerte como el paso necesario para la eternidad.

La muerte es una «pascua», un paso a otro estado de vida. Y si creemos en lo que creemos, es el paso necesario para la felicidad eterna. Y si somos generosos, tenemos que empezar a comprender que nuestro hijo, nuestra hija: ya es feliz para siempre.

No hay vuelta atrás: es más feliz que nosotros, sin duda. Es más feliz que cualquier persona en esta tierra. Es más feliz que lo que hubiera podido serlo en toda una vida larga llena de eventos felices uno atrás de otro, que sabemos que nunca ocurre en realidad.

¿Qué hacemos con nuestro corazón hecho trizas?

Dios nos pide algo que cuando se lo digo a los padres que están atravesando este duelo, me miran como perro al que le han cambiado el plato y muchas veces se enojan, pero creo que es lo único válido que podemos hacer.

Y, ¿qué es lo que nos pide Dios? Que le entreguemos nuestro corazón hecho trizas para que Él lo sane. Que le ofrezcamos nuestro dolor (que es real, es el dolor más real que pueda concebirse) para que Él, que es especialista en corazones rotos, tenga modo de reparar el nuestro.

Tal vez nuestro corazón anterior era de piedra, y Dios necesita corazones de carne para amar. Y nos rompe el corazón para que se lo entreguemos. El único modo de superar la muerte de un hijo, naturalmente hablando, es el paso de todas las etapas del duelo.

Pero el único modo de superar la muerte de un hijo, sobrenaturalmente hablando, es este que te comento. Entregándole al Buen Dios nuestro corazón, dándoselo todo, cada pedacito que haya quedado roto y partido, para que un nuevo corazón (esta vez capaz de amar hasta el infinito), reemplace nuestro corazón de piedra, nuestro corazón duro o indiferente.

El ausente, siempre presente

Nunca nos vamos a olvidar de nuestros hijos. Cuando Dios en la escritura nos quiere decir que Él nunca se olvida de nosotros ni nuestras penas recurre a esta metáfora preciosa: «¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré!» (Is 49, 15).

Dios sabe que nunca nos vamos a olvidar de nuestros hijos, ni aun queriendo. Este video, mediante sus sombras que expresan las emociones, nos hace ver que nuestros hijos «nos necesitan» (aun cuando ya sean inmensamente felices) y nos necesitan bien.

La niña fallecida «provoca» que los padres se encuentren, y eso es una cosa que es notoriamente frecuente entre los padres que han atravesado el duelo de la pérdida de un hijo: el amor de los cónyuges fue probado por el dolor más fuerte que se puede vivir, el dolor que no tiene nombre.

El dolor que une para siempre

El dolor es una amalgama que une a los que se aman de un modo que casi ninguna otra cosa podrá lograr. Vamos a recordar a nuestro hijo, y nuestro hijo va a seguir vivo en nuestras memorias.

Y está extraordinariamente bien que así sea. No tengamos miedo de hablar de nuestro hijo, aun cuando al principio provoque lágrimas sin fin. Las lágrimas curan, dejan que todo el dolor salga afuera, que podamos expresarlo.

Recordemos a nuestros hijos en sus fechas especiales, recordemos a nuestros hijos cuando vayamos a sus lugares favoritos, cuando pidamos su comida favorita.

Ofrezcamos misas en sufragio por el alma de nuestro hijo. Pidámosle a la Madre Dolorosa, ella que sabe y comprende nuestro dolor, que calme y colme nuestro corazón de consuelo. Recemos por nuestro hijo, recemos con nuestro hijo, recemos a nuestro hijo.

Nuestro hijo está probablemente en el cielo, y si no, está muy cerca. Y cuanto más lo recordemos, cuantas más misas pidamos por él o ella, cuanto más hagamos para que esté cerca de Dios, más cerca va a estar ciertamente.

Y nuestro hijo, que nos ama enormemente porque le dimos el don de la vida, nos va a devolver con miles de gracias y pequeños recuerdos el hecho de que está vivo y es feliz en el cielo. Todo el amor que nosotros queríamos darle en esta vida, y mucho más, ya lo encontró.

El amor de unos padres a un hijo es infinito, y está llamado a ser eternamente feliz junto al amado. No faltemos a esa cita, y preparemos lo que Dios nos concede de vida en este valle de lágrimas para el reencuentro más hermoso e increíble que podamos tener: después de esta mala noche en esta mala posada, seremos eternamente felices junto a todos los que nos aman.

¿Qué es el duelo y cuáles son sus fases?