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Quiero compartir contigo un stop-motion llamado «Good Intentions» (Buenas intenciones). Es un corto algo fuerte en el que sucede un accidente y la responsable simplemente decide huir… lo que la lleva a una despersonalización y desaparición progresiva.

Antes de reflexionar en el tema de la culpa, el pecado, el mal y el bien, te invito a ver el corto completo.


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Siempre existe la posibilidad de no hacer el bien

Ciertamente siempre tenemos la posibilidad de elegir. Podemos optar por hacer o no hacer el bien, como vemos en este corto animado, ocurre un accidente y la protagonista elige no hacer el bien y huir del lugar. 

Pero como toda decisión trae consigo una consecuencia, vemos cómo la culpa comienza a carcomer su conciencia, no la deja hacer nada, está en cada rincón a donde va. 

Todos hemos sido creados con un propósito y estamos llamados a hacer el bien, pero al no construir caminos para llegar a la meta de ser verdaderamente buenos, comenzamos a dejar de «ser», y por decirlo de alguna manera, comenzamos a desaparecer. 

Ser persona implica hacer el bien

La etimología de la palabra «persona», hace alusión al ambiente teatral, designado al usar máscaras, luego el devenir de la historia hará que tome las connotaciones que tenemos hoy. Pero sus raíces griegas (πρόσωπον: máscara o rostro) hacen referencia a lo que está frente al rostro (πρόσ: pros: frente, delante de… y ωπος: opos: faz, rostro, cara). 

Por tanto, el ser persona se podría definir por cómo actuamos frente a lo que tenemos en frente, por cómo elegimos proceder ante determinadas situaciones. Es por esto que el dejar de hacer el bien nos despersonaliza.

Bien decía Aristóteles: «La verdadera felicidad consiste en hacer el bien». No olvidemos las palabras del Salmo 1 que nos enseñan que el hombre justo es bienaventurado porque no hace parte de la asamblea de los malvados, de los orgullosos. 

Es necesario reconocer nuestros errores

Edmund Burke dice que: «Para que el mal logre triunfar, es necesario que los hombres buenos, no hagan nada». En el corto vemos que la culpa se apodera de la vida de la protagonista, nubla su juicio y posteriormente la paraliza. 

La culpa abrumadora que nos muestra, es aquella culpa o vergüenza que sentimos por nuestras acciones, nuestro pecado, y que nos juega la mala pasada de hacernos creer que no hay nada bueno que podamos o sepamos hacer. 

El sentimiento de culpa tiene sus trampas, comienza haciendo que nos sintamos mal, luego nos hace creer que no merecemos perdón alguno, para poco a poco hacernos sentir juzgados por todos, y hacer que desistamos de cualquier acción benévola.

Aunque sea un poco difícil de entender, nuestra protagonista murió ese día y fue la culpa la que no le permitió irse en paz. Solo el día que es vista por el hombre en su oficina, ella se hace consciente de lo que sucedió.

Entiende que esta vez no puede huir de nuevo. Es por eso que la vemos tomando una última decisión: la de quedarse junto al hombre, esta vez no corre, no se esconde, no huye.

«No te condeno, vete en paz»

Como hombres de fe, debemos recordar que cuando la culpa nos arroje al suelo como a la mujer adúltera, Jesús se abaja hasta el suelo para decirnos: «No te condeno, vete en paz». ¡Qué grande es la misericordia de Dios!

Nuestro sentido de vida es hacer el bien, ahora debemos preguntarnos ¿qué nos impide hacerlo?, ¿he reconocido mi culpa y buscado el perdón?, ¿cómo puedo empezar a hacer el bien?, ¿de qué manera puedo enmendar mis errores?

Que nuestra vida se vea inmersa en la bondad de ser personas conscientes de nuestros errores y pecados, pero aún más, conscientes de la posibilidad de que siempre podemos elegir hacer el bien y optar por la caridad y la misericordia.

La culpa del pecado: ¿cómo reconciliarnos con Dios?