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Este corto, pero revelador video me hizo pensar en mi propia vida espiritual, me vi a mí misma huyendo de Dios y de su amor.

Para ser honesta, no sé bien porqué huía durante tanto tiempo, pudo ser miedo, desconocimiento tal vez o incluso no querer soltar otros «amores» para abrazar el suyo.

El video empieza con un hombre corriendo, como una constante huida, parece que se encuentra en una batalla en donde él está siendo atacado a punta de balas y flechas.


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La vida espiritual es así, como una batalla constante, donde los enemigos del alma nos persiguen y nosotros queremos escapar de las garras del pecado y la tentación.

El inconveniente está en que nos apoyamos en nuestras propias fuerzas para salir airosos de las luchas que enfrentamos.

La tentación nos persigue

En el camino siempre hay heridos, podemos ser nosotros mismos o como el protagonista de esta historia vamos perdiendo compañeros de camino y nos toca ver a hermanos caídos en sus batallas.

Somos buscados, vivos o muertos, nuestra cabeza ya tiene un precio, uno que nosotros no podríamos pagar. El enemigo no quiere que lleguemos a abrazar a Dios.

Caemos, y volvemos a caer en las mismas tentaciones y miserias una y otra vez. Es que la tentación viene de manera placentera para nosotros, es como somos engañados, para algunos drogas, para otros el alcohol, el sexo, apuestas etc.

Nos sentimos solos y abandonados luego de pecar

Cada uno de nosotros tenemos un pecado dominante, pero al final de la tentación cuando caemos en ella, nuestra alma se siente sola, fría, abandonada.

Como el paisaje en el cual transcurre esta historia, entre campos de hielo, en las más absoluta desolación tan llenos de miseria nos vemos que no somos capaces de levantar la mirada siquiera.

Intentamos curarnos, una vez más con las propias fuerzas y medios. El protagonista, por ejemplo,  intenta componer su pierna rota con una rama de árbol para seguir caminando.

Así mismo nosotros queremos lavar nuestras heridas y pecados con agua sucia para seguir avanzando a medias.

¿Qué hacer cuando las reservas se agotan?

Casi sin reservas de agua, ni alimentos, en el hielo y con un pie roto todo puede empeorar. Empieza a nevar de nuevo y se acerca una tormenta blanca.

Por fin este hombre encuentra un arroyo y puede beber y llenar su cantimplora. Pero nosotros ¿de dónde sacamos nuestras reservas para resistir en las batallas ­?

— Primero: de la sagrada Eucaristía y la adoración al Santísimo. En él encontramos fuentes de agua viva, consuelo y deleite para nuestra alma. Así cuando venga la tiniebla y aridez tengamos de dónde alimentarnos.

— Segundo: la oración constante, como trato de amistad con Dios. Y allí poner todo en sus manos providentes, poner incluso nuestras miserias en su presencia.

— Tercero: las Sagradas Escrituras. Allí es Dios mismo quién nos habla al corazón, además cada palabra allí escrita lleva el sello del Espíritu Santo, que es amor del padre y del hijo.

Es la Sagrada Escritura una fuente inagotable de donde nos podemos alimentar día a día. Esos son los arroyos que nos da el señor, para no dejarnos morir.

Si ves el video con detenimiento, puedes ver que él bebe agua y come una lombriz o algo muy pequeño, pero aun así se siente agotado, y no ha recuperado sus fuerzas cuando a lo lejos se escucha aullar un lobo.

Eso nos recuerda que el enemigo está al asecho, no le importa cuán frágiles podamos estar, no quiere que salgamos con vida.

Debemos ser valientes para enfrentar al pecado

Cuando este agotado hombre retoma su camino encuentra un animal, de ahí se alimenta y guarda la piel para poder abrigarse.

Lo que representa un pequeño descanso en esta fría batalla a muerte, hasta que… choca cara a cara con un lobo. Así nosotros, un día nos encontramos cara a cara con el propio pecado, de frente al enemigo.

Ya sabemos que ronda como león rugiente buscando a quien devorar (1 Pe 5,8). Esta vez no podemos hacer nada, frente al lobo, somos conscientes que nuestras fuerzas son limitadas y solos no podemos.

En esta huida desenfrenada chocamos, el protagonista lo hace contra un árbol, lo que en nuestra vida se traduce en obstáculos y fracasos, hay confusión, dolor, decepción.

¡Pero no estamos solos en esta batalla contra el mal!

Cuando por fin despertamos y somos capaces de abrir los ojos y el corazón, vemos que hay alguien a nuestro lado. Es un viejo amigo, de quien apenas distinguimos su silueta.

Al estar confundidos queremos huir o atacar, y el hombre de la historia quiso atacar al anciano con una daga. Pero en cuestión de segundos observa una venda en sus manos, el fuego, la comida, nota el cuidado del anciano para con él.

Fue este anciano quien dejó el animal para que se alimentara y abrigase, quien ahuyentó al lobo con fuego y lo había llevado a un lugar seguro.

En esa fracción de segundo, cuando nosotros abrimos los ojos podemos ver que Él nos ha amado primero. Cuando intentábamos curarnos con ramas, sus heridas ya nos habían curado (1 Pe 2,24).

Dios no nos deja solos, envía el fuego de su espíritu que nos defiende hasta el fin, solo para que lleguemos con vida al la meta del camino y le abracemos.

Su amor y entrega son más grandes que cualquier otra cosa

El amor de Dios es tan grande que se queda alimentándonos cada día en la Santa Comunión. En Él encontramos descanso, fuerza y alegría, es en Jesucristo donde se manifiesta el amor del Padre para con nosotros.

Es en ese mismo momento, cuando por fin podemos darnos cuenta que no podemos huir de su amor, como dice el salmo «¿A dónde iré yo lejos de tu espíritu, a dónde de tu rostro podré huir?».

Y aunque teníamos un precio, que nunca íbamos a poder pagar, Él ya lo ha pagado por nosotros. Podemos concluir entonces, entre cantares y lágrimas de alegría, que el amor de Dios nos ha estado esperando.

¡Y no nos habíamos dado cuenta! Ante tan grande, dulce y perfecto amor no podemos más que rendirnos y decir como san Agustin:

«Tarde te amé,

Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé!

Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba, y me lanzaba sobre las cosas hermosas creadas por Ti.

Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo.

Me retenían lejos de Ti todas las cosas, aunque, si no estuviesen en Ti, nada serían.

Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera. Brillaste y resplandeciste y pusiste en fuga mi ceguera.

Exhalaste tu perfume y respiré y suspiro por Ti.

Gusté de Ti y siento hambre y sed.

Me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti».

Artículo elaborado por Paulina Maria de la Cruz.

Batalla contra el pecado: ¿cómo ganarla?