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Bajo la justificación de no ser una santa (aún), muchas veces me he dado licencia de perder los papeles y dar un grito desaforado diciendo: ¡Mamá se cansa, necesito ayuda!

Jamás, en mis años mozos, me hubiera imaginado terminar siendo ama de casa la mayor parte del tiempo: compras de la semana, horarios para recoger a los niños, academias, citas médicas, cumpleaños infantiles, tareas interminables, juguetes regados por el piso, comidas salpicadas por todas partes. Y eso que tengo ayuda en casa, qué sería de mi vida si no tuviera alguien que me ayudara.

Mi trabajo «profesional» es prácticamente de índole intelectual, leo y escribo la mayor parte del día. Hasta que mis niños vuelven del colegio y empieza el trabajo más exigente. Mis hijos son aún pequeños, demandan mucho tiempo, juegos y tareas. Y por su puesto peleas interminables sobre quién se sienta al lado de mamá. ¡A veces creo que las mamás deberíamos tener el mismo número de brazos y piernas que el de hijos!

Si no cuentas con ayuda, si no enseñas a que tus pequeños ayuden en casa, no solo el trabajo sino la carga se hace insostenible. Tal vez en tiempos pasados esto ni siquiera era un cuestionamiento. Si hablamos con nuestras abuelas, incluso con nuestras madres, suele sonar fuertemente: Yo lo hacía todo, ¡y sola! El video que quiero compartirles a continuación es el claro ejemplo de lo que significa ser mamá, una real, una madre que se cansa y se siente agotada. 

La fortuna de crecer junto a nuestras madres

Ha sido una bendición para muchos de nosotros crecer con mamá al lado, siempre presente en casa. Y sin embargo conozco a mucha gente que recuerda a su mamá quejándose todo el tiempo, llorando a solas en el baño, tiempos de silencios prolongados. Una mamá que estaba simplemente cansada de hacer no solo lo que debía, sino agotada de ¿amar?

En un contexto cristiano cuando hablamos de amor solemos referirnos al amor de Dios, y recitamos casi de memoria 1 Contintios 13:4-8 («…Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta») y definitivamente el amor es así. Pero recordemos que somos solo seres humanos y tanto nuestras fuerzas como nuestra mente, es frágil. Si sufrimos situaciones de exigencia extrema, de no descanso, de no tener espacios para despejar tanto la mente como el cuerpo y el espíritu, nuestra humanidad sufre.

El síndrome del burnout

Este síndrome que parecía solo darse en ambientes profesionales, se ve que también se da dentro de casa, incluso cuando se vive solo y no hay espacio más que para la actividad y el deber. Cuando vivimos en familia, no solo los padres cuidan de los hijos, también necesitamos enseñar a que ellos sean colaboradores desde pequeños y reconozcan la labor de amor que los padres hacen por ellos.

En un matrimonio, cuando la rutina gana y cuando el uno se vuelve transparente frente al otro, me refiero a que ya no se es considerado con los cuidados y atenciones del otro sino que las acciones de la pareja se toman como acciones «normales» y esperadas, no solo el cansancio sino el desánimo y el desapego empiezan a surgir.

No lleguemos a extremos en los que la mamá (o el papá) no pueda más «ni con su alma», como parece decir este simpático corto. Esforcémonos por ser colaboradores los unos con los otros y muy importante también, aprendamos a pedir ayuda y descanso cuando lo necesitemos.


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