Recientemente comenzó a circular por las redes el corto animado de dos universitarios estadounidenses llamado: «In a Heartbeat». El cortometraje cuenta la historia de dos adolescentes (varones) que se enamoran. La intención de los cineastas responsables de esta historia es demostrar que el amor homosexual es natural, tanto, que se da en plena adolescencia.

Esto me molestó demasiado y me impulsó a querer contar mi aproximación a la comunidad gay y como es que el tema me afecta directamente.


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Hace ya cuatro años que me senté en el consultorio de mi psicólogo y le dije que estaba convencido de que era gay. Me acuerdo de la situación como si hubiera sido ayer. Me senté en su despacho y empecé a hablar de banalidades, en un triste intento por evitar hablar del tema. Pero pasada la media hora (gracias a Dios) me quedé sin evasivas y él me dijo: “Hay algo que no me estás contando”. Ahí me di cuenta de que no había salida. Tenía que decirlo. Me quedé mirando al vacío un buen rato, tratando de evitar decir las fatídicas palabras. Pero ya no había vuelta atrás. Con lágrimas en mis ojos y un nudo en la garganta dije en voz alta: “Fernando, creo que soy homosexual”.

Antes de seguir, me gustaría agregar un poco de contexto. Soy católico desde la cuna. Crecí en un ambiente muy saludable en el que me enseñaron todos los valores necesarios para ser una buena persona. Por una de esas cosas de la vida, tengo una sensibilidad especial a la hora de tratar con la gente y esto afectó mi relación con mis padres, sobre todo con mi papá. Se podría decir que tuve una adolescencia complicada, pero también se podría decir que fue complicada en un 70% gracias a mí. Entre esas complicaciones empezó a aparecer una curiosidad por mí mismo sexo (porque no es género, es sexo) y una cosa llevó a la otra, resultando en una adicción a la pornografía homosexual y en una confusión personal bastante importante. Entre mis 14 y 16 años, me la pasé mirando hombres, pero no me consideraba gay, eran puras fantasías. Pero un día me di cuenta de que las mujeres no me atraían y que ver a hombres con el cuerpo bien marcado sí me excitaba. Fue en ese punto en el que decidí hablarlo con Fernando.

Una vez que dije lo que temía decir, lloré amargamente. La verdad había sido dicha y no había vuelta atrás. De alguna manera tenía que aceptar vivir con la carga de ser gay, pero había una parte muy importante de mí que se negaba a aceptarlo. En medio de mi drama interno, Fernando se acerca, me agarra el hombro y me dice:


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—“Tranquilo. Déjame que te diga algo: no eres gay”.

Ahí mi confusión se exponenció. “¿Cómo funciona esto? ¿No es que si me atraen las personas de mi mismo sexo soy gay? ¿Qué sabe él que no me está contando?”, pensé.

—“Ah, ¿no?”, le pregunté.

—“No”, me dijo. “Lo consideré por mucho tiempo. La mala relación con tus padres y la falta de amistades me llevaban a pensar que podrías ser propenso a caer en la homosexualidad. Pero nunca hablaste sobre tu adicción a la pornografía, así que asumí que estabas fuera de riesgo. Con esto que me cuentas el cuadro cambia. Ahora si tienes la posibilidad de ser homosexual. Tú, ¿quieres serlo?”.

—“¡No!”, fue mi rotunda respuesta. “Pero no entiendo como puedo safar. Una vez que se es, ¿no se queda así?”.

—“No. Eso es algo que dicen para hacerte creer que está todo bien contigo, que no hay nada para cambiar, pero eso es mentira. Uno puede decidir si quiere ser gay o no. Es un acto libre del hombre. No se nace con un gen gay que te determina de tal manera de nacimiento. Tampoco es que con el tiempo te fuiste haciendo y no tuviste opción, no es algo que simplemente se da. El gay tiene la opción de ceder ante las presiones exteriores e interiores, o no ceder. Pero la última palabra siempre la tiene el sujeto”.

Y así empezó mi tratamiento. Fui madurando mi sexualidad al punto de entender cuáles eran mis opciones y qué camino podía recorrer. Empecé a ver al mundo con otra mirada, una mirada más libre y reconciliada, y entendí por qué la Iglesia no acepta a la homosexualidad, pero sí a los homosexuales.

Algo que fui aprendiendo a lo largo de mi camino de madurez en cuanto a lo sexual, es que te venden el verso: «Si es amor, es natural. Hay que amar a todos por igual. Libertad para el amor». Y la cruzada de LGBT no lucha por el amor. De hecho, es una cruzada egoísta por mantener viva una ideología destructiva. El amor entre personas del mismo sexo existe, pero eso no significa que deba de sexualizarse para ser pleno. El acto conyugal es uno que Dios diseñó para que un hombre y una mujer se entreguen plenamente el uno al otro, consumando el acto de entrega que se dio en el altar, frente a Dios, a sus familiares y amigos como testigos. El sexo entre dos personas del mismo sexo no es natural. De ninguna manera. ¿Cómo lo sé? Por el simple hecho de que el sexo tiene dos fines: la unión y la formación de una vida. Sin la una no se da la otra. Sin procreación no hay verdadera unión. Al no existir la oportunidad de procreación cuando dos personas del mismo sexo se dan el uno al otro, no hay verdadera unión. Eso es lo que la Iglesia trata de hacer ver a la gente. No es que le encanta hacer sufrir a las personas manteniéndolas separadas y que por ser tradicionalista no da el brazo a torcer. No hay respuesta porque no hay pregunta coherente. Cuando se le pide a la Iglesia que acepte el (así llamado) “matrimonio” homosexual, se le está pidiendo que vaya en contra del orden natural establecido por el mismo Dios que es cabeza de su Iglesia. Es rebelarse en contra de su propia razón de ser. Es un pedido que no tiene ni pies ni cabeza.