«Dios se compadece de nosotros, pero también nos fortalece en medio de nuestra debilidad y nuestras fracturas». Esta hermosa frase de Scott Hahn está llena de verdad.

Luego de ver el video «A folden wish» (un deseo plegable), de Artmoeba Productiones, inmediatamente pensé en esta cita que, casualmente, había leído unos días antes y me pareció adecuada para empezar a hablarte de un tema que en general es difícil de tocar: cuando Dios, a pesar de haber oído nuestra oración, decide que la mejor respuesta es un «no».

Ante los silencios de Dios

¿Te diste cuando que las protagonistas de este corto hacen origami de manera casi compulsiva? Déjame explicarte esa escena: una tradición japonesa dice que, a quien haga mil grullas de papel, se le concederá un deseo, como una vida larga o la recuperación de una enfermedad. El deseo de estas pequeñas era puro y noble, pero no se cumplió.

¿No te sientes identificado?, ¿no hay algo en tu corazón, que día y noche expones ante Dios?, ¿nunca has tenido un deseo tan grande, que parece que no cabe dentro de tu pecho, y hasta las oraciones parecen cortas para contárselo a Él?

Y, mientras aún no se cumple, ¿alguna vez ha llegado a ti la ocurrencia de que quizás, si rezaras en voz alta o gritases, Él podría «escuchar mejor»?

Aunque esto pueda ser natural, no deja de ser un poco ingenuo: Él escucha. Aunque no le grites, aunque hables en voz baja o aunque ni siquiera llegues a formular una breve oración mental.

Como dijo san Agustín en sus Confesiones, Él está «más dentro nuestro que nosotros mismos». De todas maneras, a veces prefiere callar. Escucha, sí, pero calla. Y su silencio puede ser —o ya es— una respuesta.  

Jesús, ¿es un mentiroso?

La respuesta es obvia: no, Jesús no miente. Él, siendo Dios, no podía pecar. Sin embargo, dijo a sus discípulos que todo lo que pidieran en su nombre, Él lo haría.

¿Por qué, entonces a pesar de rezar y rezar, y seguir rezando, y hacer rezar a muchas otras personas… no se cumple lo que pedimos?, ¿por qué calla?

Antes de responderte, quiero llevarte dos mil veinte años atrás. Vamos a Getsemaní. Mira a nuestro Señor, Él está orando. Pide al Padre que por favor, le libre de lo que en unas horas habrá de suceder.

Lo pide llorando, lo pide sudando, sudando sangre. No hay consuelo para nuestro Salvador, más que un ángel que baja a confortarlo, pero sin apartar el cáliz que hubo de beber.

Él, que dijo que los padres dan cosas buenas a sus hijos… pero el Hijo acude al Padre, ¿y es escuchado? Aunque nos parezca raro, sí. Porque, como dije antes, «no» también es una respuesta.

La respuesta que no esperábamos

«Esperanza para momentos difíciles» se llama el libro de Scott Hahn del que hablé al comienzo. Te lo recomiendo si quieres profundizar más en este tema. En esta obra, el autor, hablándonos del pasaje en el cual acabamos de reflexionar, nos recuerda:

«Jesús tuvo también la presencia de ánimo para indicar a sus discípulos que pidiesen aquello que necesitaban en realidad; lo que querían era mantener a Jesús lejos de las autoridades que deseaban su muerte. Lo que necesitaban era ser capaces de soportar las siguientes 24 horas sin abandonarle».

El secreto que Hahn nos confiesa es que «Dios nos concede lo que necesitamos, que no es siempre lo que queremos. De hecho, algunas veces lo que necesitamos es justo lo contrario».

Un consejo para identificar nuestra voluntad con su voluntad

Aunque entendamos, racionalmente, que los caminos de Dios son perfectos, esto no siempre nos gusta «de entrada». Por eso volvemos una y otra vez con la misma súplica, o nos presentamos frente al Sagrario para ver si «cambió de opinión».

Pero aunque cueste, debemos comprender que la opinión de Dios es mejor que la nuestra y que, aunque deje de darnos lo que queremos, nunca, nunca, dejará de darnos lo que necesitamos.

Incluso, a veces, un poco más. Como dijo san Cipriano de Cartago: «A los que buscan el Reino y la justicia de Dios, Él les promete darles todo por añadidura. Todo, en efecto, pertenece a Dios: al que posee a Dios, nada le falta, si él mismo no falta a Dios».

O como lo dijo santa Teresa: «Solo Dios basta». Y para encontrarle, para tenerle, no dejes la oración. Este es el consejo que te doy. Puedes protestar, si quieres, pero hazlo junto a Él. Jesús, en la cruz, siguió rezando: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Expresaba su dolor… con un salmo. Haz tú lo mismo.

Te sugiero mudar tu oración: en vez de pedirle lo que quieres, pregúntale qué quiere Él. Puedes pedirle que te enseñe lo que necesitas… pero no dejes de ofrecerte y consultarle qué «necesita» Él.

Verás que, mientras «le ayudas», te estarás ayudando. Y lo más importante: ya no creerás que tus oraciones no son escuchadas, sino que aprenderás a escuchar con tus oraciones.