Esta semana celebramos el Corpus Christi. Conmemoramos que Jesús ha dado todo en amor por los hombres, hasta el punto de quedarse con nosotros para siempre. Esta celebración – que es sumamente importante para nuestra fe – también debe llevarnos a reflexionar no solo sobre cuál es la actitud que tenemos frente a la Eucaristía, sino también sobre la importancia de que Cristo se haya quedado en medio de la humanidad.

Quisiera que antes de entablar una sencilla reflexión, escucharas una canción que nos regala Athenas:

 

 

Lo primero que pienso al escuchar esta canción es en el porqué, hoy más que nunca, es importante saber que Dios se quedó con nosotros, todos los días hasta el fin. Y que la Eucaristía es la presencia real del cuerpo de Cristo.

Pues creo que reflexionar sobre ello nos ayudaría volver la mirada sobre lo que Dios ha hecho en su amor por nosotros y la respuesta que damos a Él en medio de ese mismo amor. 

Corpus Christi: Dios se ha quedado con nosotros

«Cuando estás en el altar, el cielo baja a la tierra». Así comienza la canción que hoy te quiero compartir. Cuando nos acercamos al templo, al altar, al sagrario… allí encontramos a Dios, que en su amor ha querido estar en medio de nuestra humanidad. Pero también lo encontramos en los demás. En los necesitados, en el prójimo que diariamente saludamos o nos cruzamos por las calles, allí también está Jesús. 

Tendría que ser un motivo de gran esperanza para nosotros, el sabernos acompañados por Dios, reconocer que no estamos solos y que en las dificultades, angustias, alegrías y demás situaciones de la vida diaria, tenemos a su auxilio que nunca falla. 

En Corpus Christi meditamos la profundidad del amor del Señor, que le ha llevado a quedarse bajo las especies eucarísticas. Presencia que ocurre gracias a la transubstanciación, en el momento en que el sacerdote, durante la Consagración en la Misa, dice las palabras que el mismo Cristo pronunció sobre el pan y el vino. 

Es por esto que el Concilio Vaticano II nos recordó de manera tajante que «La Eucaristía es la fuente y culmen de la vida cristiana» (Lumen gentium n.11). Pues en ella, Jesús mismo vuelve a presentar su entrega sacrificial para salvación de todos y se nos da como alimento, quedándose con nosotros hasta el fin de los tiempos.

San Justino esbozó en su Apología al Emperador Antonius, explica que el pan y vino en la Eucaristía toman se transforman verdaderamente en Cuerpo y Sangre de Cristo, así como Él Hijo tomó carne y sangre para salvarnos, por lo que la Eucaristía «es la carne y la sangre de aquel Jesús encarnado».

La Eucaristía es presencia real de Cristo

«Todos te adoran sin cesar… por fe sé que es verdad. Eres Tú en pan y vino en el altar, Dios y hombre todo entero. Aquí estás mi Dios, mi todo, en el pan angelical».  Uno de los principales exponentes de la presencia real de Cristo fue Santo Tomás de Aquino. Luego será el concilio de Trento el que definirá la presencia real, verdadera y sustancial de Cristo en la Eucaristía, como respuesta a las ideas de algunos reformadores. 

Su presencia es real. Su Ser existe y es real. No como algo ficcional o mental, no como un concepto o una simple idea. Tampoco como un símbolo que nos recuerda algo o alguien, sino como una Persona viva entre nosotros. Le llamamos Cuerpo y Sangre de Cristo porque verdaderamente es Cristo presente. 

También es presencia sustancial porque, aunque nuestros sentidos solo comprendan las apariencias o propiedades del pan y del vino, la sustancia realmente presente es Cristo. Quien está presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

Este milagro, que se ve renovado diariamente en la Sagrada Eucaristía, tiene todas las características de la manera de actuar de Jesús. Perfecto Dios y perfecto Hombre, Señor de cielos y tierra. Se nos ofrece como alimento de vida eterna, del modo más natural posible. Así espera nuestro amor y permanece para siempre.

Por amor a los hombres y para enseñarnos a todos como se debe amar, vino Jesús al mundo. Y se quedó entre nosotros en la Eucaristía, para darse diariamente como presencia y alimento. Como camino, guía y compañero.

Jesús permanece en el Santísimo Sacramento del altar para que nos atrevamos a entablar una íntima relación con Él. Para ser el nuestro alimento, con el fin de que nos hagamos una sola cosa con Él. Se ha quedado entre nosotros con una disponibilidad total, como solamente el amor puede hacerlo.

Y tú, ¿cómo te acercas a Jesús Eucaristía? Que esta celebración nos ayude a descubrir lo que significa el amor hasta el extremo y nos permita volver la mirada a quien, dando todo por amor al hombre, ha sabido permanecer.

¡Qué importante es aprender a permanecer y a estar, cuando la sociedad diariamente nos enseña a soltar!