San Pablo ya nos hablaba del Cuerpo Místico de Cristo, ese cuerpo que es la Iglesia, dotada de muchos órganos y partes que somos cada uno de nosotros, cada cual con diferentes funciones, todos importantes y todos necesarios. Ese cuerpo con una sola cabeza, Cristo, pero… ¿y el corazón? El apóstol explica cada una de las partes del cuerpo místico y profundiza en que, para que cada uno tenga vida, debe de estar lleno del Espíritu, como si se tratara del sistema circulatorio espiritual que recorre y nutre cada uno de los órganos; pero del corazón nunca nos habla y tengo una teoría. La Iglesia tiene dos corazones que impulsan la fuerza del Espíritu a cada una de sus partes: El Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María.

No podemos apegarnos a las definiciones clínicas y anatómicas de lo que es un corazón, pues no es solamente una bomba hidráulica que mediante su contracción coordinada impulsa fluidos que dan vida al cuerpo. Para nosotros representa mucho más. Es el lugar de la moral y las emociones, el espacio que abrimos, entregamos, ofrecemos y buscamos convertir mediante la acción del Espíritu. Nuestros corazones, reciben vida de ese amoroso y Sagrado Corazón de Jesús, y sus características se asemejan a las del Inmaculado Corazón de su madre.


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Su ubicación: En el pecho. El lugar que recibe los abrazos, el afecto. El lugar que podemos proteger con nuestras propias manos, el lugar que escondemos con ropa, un espacio de intimidad, de emotividad, de dolor y consuelo. 

Inmensamente conectado: Como ningún otro órgano y del cual todos los demás dependen. Venas y arterias conectan al corazón con todo lo demás por medio de un complejo sistema de circulación. El corazón no solo envía e impulsa sangre a todo el cuerpo por medio de las arterias, sino que recibe sangre, esa que ya viene contaminada, llena de toxinas, desechos y carente de oxígeno. El corazón recibe esa sangre para volver a limpiarla, a convertirla en vida. Eso hace el Corazón de Jesús.

Cavidades  y recámaras en su interior: Pues no es un músculo sólido, una masa que simplemente se contrae como cualquier otro músculo. Dentro de él hay lugar para acoger, recibir y también la fuerza suficiente para, luego de recibir, impulsar y envíar con fuerza. Son esos corazones, los de Jesús y María, quienes nos acogen y vuelven a enviar a la misión.


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Sus propias patologías y dolores: Con espinas, llagado y una espada atravesada. Ambos corazones saben del dolor, del sufrimiento. Son corazones humanos, como el tuyo y el mío, y en medio de esa humanidad frágil, aman, consuelan, llenan de misericordia y amor a todo aquel que se acerque y se deje amar.

Válvulas que regulan todo: Pues su amor y misericordia, aunque universal y gratuita, también sabe de fe, perseverancia y voluntad. Las válvulas cardíacas son la forma que tiene el corazón para regular la entrada y la salida de la sangre, para que así, la sangre vaya en una misma dirección, sin reflujos y en cantidad suficiente. No están constantemente abiertas. Jesús ha revelado a santa Margarita María como es la devoción que le debemos ofrecer, nos explica cómo ofrecer nuestra vida, cómo alcanzar sus gracias y recibir sus promesas.

Un corazón que siente: En la cosmovisión hebrea, no era la cabeza el lugar de las decisiones morales, era el corazón. En él se alojaban los sentimientos y la moral. Aunque nosotros hoy en día sabemos que el corazón no es más que una bomba hidráulica y las operaciones racionales las hacemos con el cerebro, espiritualmente sabemos que el corazón es el lugar que Dios nos ha pedido convertir, que no sea más de piedra sino de carne. En el, Él quiere habitar. 

Por estas razones estamos felices de recibir este regalo tan espiritual y tan humano, tan lleno de imágenes, promesas y misericordia. Es un regalo que quiere nutrir a toda la Iglesia, el cuerpo Místico, que busca seguir dando vida, seguir llenando de esperanza cada rincón y sanando las heridas que va dejando el camino.


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