matrimonio feliz

La pasión es ese sentimiento intenso y fuerte que nos mueve y nos impulsa a ser perseverantes en aquello que valoramos y preferimos. Pero ¿puede un matrimonio ser feliz para siempre? Porque, en el amor conyugal, la felicidad del inicio puede verse reducida con el transcurrir de los días, los años y la monotonía…

A pesar de esto, depende únicamente de los dos decidir una y otra vez por la alegría, la paz, el sentido del proyecto que iniciaron juntos un día y la perseverancia a pesar de las circunstancias.

¿Qué es un matrimonio feliz? ¡La tan anhelada felicidad en pareja es posible!

matrimonio feliz

Vivir en familia supone todo un reto en la actualidad. Parece que el estar sobre estimulados y ocupados nos deja poco o nada de espacio para elegirnos una y otra vez. Y aquí la constancia, la firmeza y, por supuesto, la oración, serán las claves que mantengan la relación a flote.

Debemos ser los esposos prudentes que edifican su casa sobre la roca.

«Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca» (Mateo 7, 24 – 25)

Cada uno es ejemplo del otro; no solo los hijos aprenden de los padres, sino que también tenemos la posibilidad de ser instruidos por nuestra pareja, suplirnos en nuestras falencias, enriquecernos en nuestras capacidades, estableciendo un verdadero equipo.

Por eso debemos vivir de forma real, genuina y sincera, dejando ver siempre los aciertos y desaciertos, nuestros triunfos y las equivocaciones, delante del esposo o la esposa y delante de los hijos también, para así asumir la realidad humana que tenemos.

Saber que tanto mi pareja como yo nos equivocamos y que, sin embargo, estamos ahí el uno para el otro, ofreciendo un amor maduro, fuerte, que está ahí para el otro y que es capaz de perdonar y amar.

«Yo soy de mi amado, y mi amado es mío» (Cantares 6, 3a)

Ni trucos ni magia: para lograr un matrimonio feliz, el camino se recorre así….

matrimonio feliz

El matrimonio es una vocación natural que elegimos para amarnos y ser felices; si bien está instituido para que sea recíproco, el amor se da de forma desinteresada, buscando siempre el bien del otro. Y esto se traduce en el bien común.

Es una invitación a amar de forma profunda, dándose por entero al otro de forma física y espiritual, asumiendo la realidad de que ya no son dos, sino una sola carne (Marcos 10, 8).

El matrimonio es un proyecto que nace en el corazón de Dios. Por eso, sin la experiencia de vida en Jesús, es más complicado asumirlo de forma exitosa y fiel.

Ya que solventar nuestras realidades diarias puede poco a poco desgastar nuestras fuerzas, nuestras mentes, nuestros planes, y como consecuencia, se reducen las ganas de preferirnos y elegirnos una y otra vez, por encima de todo.

La perseverancia y la decisión de amar intensamente a la pareja en el matrimonio – viéndolo como una alianza donde tanto el hombre como la mujer deciden libremente ayudarse mutuamente, procrear y educar a los hijos – implica un sí diario.

Un «sí» que se da tanto interna como externamente. Dios mismo es signo y reflejo visible del amor que Él tiene hacia la humanidad y su iglesia.

¿Cómo hacemos palpable el amor eterno?

Como llama divina, es el fuego ardiente del amor. Ni las muchas aguas pueden apagarlo, ni los ríos pueden extinguirlo (Cantares 8:6b-7a).

Hay consejos sencillos y efectivos. Por ejemplo, ser detallistas y románticos, compartir espacios y momentos juntos, interesarse en los planes y proyectos del otro y sentirlos como propios. También vivir y respetar los espacios exclusivos de pareja y de intimidad (también sexual, visualizando que se unen dos almas y efectivamente se vuelven uno).

Además, decirle con claridad a la pareja cómo le gusta que le expresen el amor. Y, por supuesto, la oración, siempre la oración como leña que alimenta el fuego y no deja que se extinga.

Creer en Dios no es suficiente, sino también creerle a Él. Creerle, viendo los testimonios de otras parejas y familias que han sorteado la tempestad y mantienen como hoguera encendida el amor. La familia y la comunidad rezarán siempre por ti, porque de eso se trata la vida en la iglesia, orar los unos por los otros.

Asimismo, recordemos las luchas que hemos vivido y en las que hemos salido victoriosos, incluso cuando los planes que teníamos no eran los mismos de Dios. Tener claro que es Él quien renueva las fuerzas y que, si bien no siempre podremos decir: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece».

Podemos también permitirnos ser como Pedro, que dudó y hasta lo negó por miedo. Pero, finalmente, se volvió a rendir ante Jesús y confió, porque solo Él tiene los mejores planes para nosotros.

Más valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen, el uno levanta al otro. ¡Ay del que cae y no tiene quien lo levante! (Eclesiastés 4, 9-10).

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