Los papás tenemos dos mandatos con respecto a nuestros hijos: queremos que sean felices y queremos que sean santos. Y, bien pensado, es una sola misión: queremos que sean felices siendo santos. Pasa que muchas veces, con nuestro afán protector, creemos que los niños serán felices si no tienen problemas, y confundimos felicidad con ausencia de problemas. ¿Qué hacemos los papás muchas veces? Les «limpiamos» el camino de problemas a nuestros niños, creyendo que con eso les hacemos una vida «más feliz», y sin embargo, es completamente lo contrario lo que estamos haciendo.

Nuestros hijos necesitan nuestra protección, ciertamente, pero también necesitan que los ayudemos a desarrollar sus capacidades y su «modo» particular de actuar en el mundo. No proveerlos nosotros de «nuestras» soluciones, que, probablemente los terminen perjudicando más de lo que los ayudan: si yo le resuelvo todos los problemas a mis hijos, no los ayudo a que puedan ellos encontrar soluciones por su cuenta. Van a estar esperando siempre que de algún modo, papá o mamá se los resuelvan.



Cuesta mucho entender esto, porque muchas veces no queremos que nuestros hijos sufran, y queremos que tengan todo lo que nosotros no tuvimos. Y, como decía G. K. Chesterton, en ese afán de darle lo que nosotros no tuvimos, tal vez no les estemos dando lo que sí tuvimos, que es una buena educación.

El video que vemos hoy es un ejemplo de esto: en una promoción de Mc Donald’s, un padre, en su afán de que no le pase nada a su «nena», no la deja vivir en paz, y se pone cargoso con su sobreprotección. La hija, dándose cuenta de sus papás cargosos, le regala una porción del desayuno que pide para ella.



Nosotros, como mamá y como papá, tendremos que darle a nuestros hijos las herramientas para que ellos se puedan desenvolver en el mundo por sus propios medios, pero para ello tenemos que saber qué es lo que necesitan, y qué es lo que tenemos nosotros, porque nadie da lo que no tiene.

1. ¿Qué es lo que nuestros hijos necesitan?

Cada hijo es un universo, y para saber qué es lo que necesita, tenemos que, en primer lugar, conocerlo. No podemos aplicar las mismas recetas para todos los hijos, ni podremos educar a nuestros hijos cortando a todos con la misma tijera, porque cada uno de ellos es diferente, y cada uno de ellos es, a su modo, especial. Para conocerlo, tendremos que interactuar con cada uno de ellos, viéndolo en conjunto con sus hermanos, y por separado. Por eso es muy importante dedicarles tiempo de calidad a cada uno por separado, y desde pequeños desarrollar un diálogo de confianza con cada uno. De este diálogo podremos conocer cuáles son sus dones y talentos, y ayudarlos en su desarrollo, y ver cuáles son sus defectos y fallas, y ayudarlos a corregirlos y enmendarlos.

Pero tendremos que saber que nuestra tarea no es hacer el «trabajo duro» por ellos, sino permitirles desarrollar sus talentos mediante el aliento, y ayudarlos a superar sus fallas con su propio esfuerzo. Si tengo un hijo desordenado, y voy detrás de él ordenando todos sus desastres, no le estoy permitiendo superar sus debilidades, estoy «fomentándole» el vicio del desorden siendo un auxiliar permanente para el orden.

2. Nuestros hijos necesitan a sus papás, y los necesitan unidos

Pero fundamentalmente nuestros hijos nos necesitan a nosotros, a sus dos padres unidos. Nuestros hijos nacieron de la superabundancia de nuestro amor, y de ese amor necesitan en forma constante: saber que los amamos, y que nos amamos como pareja, que el amor que les dio origen sigue seguro y firme.

Nuestros hijos necesitan a mamá: del amor de mamá, generalmente los hijos aprenden la ternura y el amor incondicional. Mamá representa en el amor a los hijos la misericordia, el amor incondicional, el amor que siempre recibe y acoge, que cuida y nutre. Este amor les ayudará a desarrollar su interioridad.

Nuestros hijos necesitan papá: del amor de papá, generalmente los hijos aprenden el sentido sacrificial del amor. Papá representa en el amor a los hijos la justicia, el amor exigente, el amor que lanza al mundo y que prepara para la adversidad. Este amor les ayudará a desarrollar su exterioridad.

Nuestros hijos necesitan a mamá y papá: el amor de ambos padres a los hijos es necesario, pero también es indispensable el amor de ambos padres entre sí. El amor de ambos padres entre sí es indispensable para que los niños se desarrollen seguros y con los mejores indicadores de bienestar.

¿Y cuándo alguno de los dos falta? Si por circunstancias de la vida papá o mamá no pueden participar de la educación de los hijos, podremos de todos modos educar a nuestros hijos. Muchas veces, las madres solteras buscan en el abuelo, o en algún tío la figura del referente masculino que el niño necesita. Y pueden criar a sus hijos casi sin dificultades, apoyándose en el amor de este abuelo o este tío que «ayuda» en la crianza.

3. ¿Qué es lo que nuestros hijos no necesitan?

Nuestros hijos NO necesitan cosas, mayormente. Especialmente no necesitan pantallas o electrónicos. No necesitan que nosotros cubramos con «regalos» materiales nuestra ausencia como padres. No necesitan que estemos constantemente resolviéndoles sus problemas, sino que les ayudemos a encontrar las herramientas que les permitan resolverlos por sí mismos. Nuestros hijos NO necesitan que tengamos ideas diferentes sobre la educación, que papá eduque para un lado y mamá eduque para el otro, que haya un desacuerdo entre lo que mamá dice y lo que papá dice.

4. El valor de un «no»

Cuando nuestros hijos aprenden que no significa «no», gran parte de su educación está encaminada. Parece increíble que este planteamiento tan sencillo sea el inicio de una buena educación, pero cuando comprendemos que nuestros hijos necesitan al mismo tiempo de la firmeza y la ternura, y que sin firmeza se vuelven inseguros y sin ternura se vuelven insensibles, entonces comprendemos que tenemos que saber decir no. Especialmente cuando los niños van detrás de los caprichos de moda, de las «necesidades» impuestas por la sociedad o de un status inconducente.

Hace pocos días se viralizó un video en el que el ex-futbolista Gabriel Batistuta explicaba por qué uno de sus hijos trabajaba en un trabajo sencillo y humilde (puedes verlo dando click aquí). La postura de Batistuta es sana: si ellos lo consiguen por sí mismos, entonces lo valoran muchísimo más. Cada cosa que obtenemos por nuestro propio esfuerzo vale mucho más a nuestros propios ojos que lo que nos «regalan».

5. Pedirle a los hijos lo que pueden dar

El amor que exige, el amor que obliga a dar cada día lo mejor de uno mismo tiene que enfocarse en los hijos, pero, como dije más arriba, hay que conocer a cada hijo para saber qué es lo que puede dar, y qué podemos pedirles. Si yo le digo a mi hijo de 2 años que ordene la cristalería de lujo de la familia, y se le rompe una copa, ¡No puedo retarlo! Su capacidad de motricidad fina todavía no está lista para poder manejar cosas frágiles, y tengo que esperar que sus habilidades maduren para que, dándoles cada vez más responsabilidades desarrollen también la confianza en sí mismos, y en su propia capacidad de enfrentar el mundo.

6. Pedirle a los hijos lo que yo doy

¡Buen predicador es Don Ejemplo! ¡Yo no puedo pedirle a mis hijos que sean sinceros y después pedirles que mientan cuando me llama alguien «molesto»! No puedo decirle a mis hijos «¡Te dije un millón de veces que no exageres!» Sería una contradicción en los términos. ¿Quiero hijos generosos? ¡Debo ser yo primero muy generoso! ¿Quiero hijos cariñosos? ¡Debo ser yo primero muy cariñoso! ¿Quiero hijos ordenados?, ¿quiero hijos responsables?, ¿puntuales?, ¿seguros? Si no soy yo, si no somos ambos padres lo que le pedimos a nuestros hijos, nuestros hijos no lo van a ser nunca.

7. No tenemos que darles alas, tenemos que ayudarlos a desarrollen las propias

Y un elemento clave de toda esta cuestión. No podremos «prestarle» nuestras alas. No podremos nunca reemplazar el aprendizaje que ellos mismos tienen que tener. No podemos regalarles experiencias, pero sí podemos ayudarlos a que tengan sus propias experiencias. Debemos tener confianza en que ellos van a saber resolver y afrontar las circunstancias difíciles de la vida por sus propios medios.

El Papa Francisco dijo en una catequesis reciente:

«Hoy nos detendremos para reflexionar en una característica esencial de la familia, es decir, su naturaleza vocacional a educar los hijos para que crezcan en la responsabilidad de sí mismos y de los otros. Aquello que hemos escuchado del apóstol Pablo, al inicio, es muy bello: «Ustedes, hijos, obedezcan a los padres en todo; porque esto agrada al Señor. Ustedes, padres, no exasperen a sus hijos, para que no se desalienten». Esta es una regla sabia: el hijo que es educado a escuchar a los padres y a obedecer a los padres, quienes no deben de mandar en un feo modo, para no desanimar a los hijos. Los hijos, de hecho, deben crecer sin desanimarse, paso a paso. Si ustedes padres dicen a los hijos: ‘Subimos sobre esa escalera’ y los toman de la mano y paso a paso les ayudan a subir, las cosas irán bien. Pero si ustedes dice: “Ve allá” – “Pero no puedo” – “Ve”, esto se llama exasperar a los hijos, pedir a los hijos las cosas que no son capaces de hacer.

Por esto, la relación entre los padres y los hijos debe ser de una sabiduría, de un equilibrio, muy grande. Hijos obedezcan a sus padres, eso le gusta a Dios. Y ustedes padres, no exasperen a los hijos, pidiéndoles cosas que no pueden hacer. Y esto es necesario hacer para que los hijos crezcan en la responsabilidad de sí mismos y de los demás».

Para evaluar en nuestra familia, deberíamos analizar, ¿Cómo damos espacio al crecimiento de la responsabilidad en nuestros hijos?, ¿los ayudamos a sentirse confiados, a sentirse dueños de su propio crecimiento?, ¿los alentamos en las cosas que hacen bien y los desafiamos en las que les cuestan?, ¿les dedicamos tiempo de calidad para conocerlos y ayudarlos a que confíen en nosotros?, ¿somos buenos ejemplos para nuestros hijos?