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Hemos entrado en los últimos días de Adviento y todo a nuestro alrededor se hace más festivo, desde el lugar donde trabajamos o estudiamos, las calles, los centros comerciales y hasta las decoraciones navideñas en nuestras casas. Todo nos recuerda que la celebración por Navidad ya se acerca. Sin embargo, la vida no se detiene a nuestro alrededor, infortunios o desgracias le pueden suceder a cualquiera y en cualquier momento, también en Navidad.

El video que les compartimos hoy nos lo trae «The Salvation Army», un movimiento evangélico internacional que busca dar ayuda humanitaria a personas necesitadas, indigentes, damnificados por desastres naturales, entre otros. En el video se ve a un niño que hace las veces de un adulto que fortuitamente pierde el trabajo. Este evento desencadena luego una serie de pequeñas tragedias como que ya no tenga suficiente para las compras de la semana, que no califique para obtener otros empleos, que eventualmente pierda su casa y termine mendigando y viviendo en la calle.

En medio de este momento tan aciago, el protagonista se detiene al pasar por una ventana donde se ve una cena navideña. Hay comida, regalos y gente sonriente. Él los contempla pensando en qué distinta es esa realidad de la suya. De pronto, alguien le toca el hombro gentilmente y lo que sucede después transforma su vida.

Todos estamos llamados a acoger a nuestro prójimo

El mensaje inmediato que podemos extraer de este video es el llamado a acoger a nuestro prójimo. Todos somos capaces de equivocarnos y tomar malas decisiones, o peor aún, a veces esas grandes o pequeñas desgracias que vivimos no son consecuencia de nuestros actos, pueden ser también cosas fortuitas, como enfermedad, desastres naturales o accidentes.

Como decíamos al comienzo, estemos conscientes de que esto le puede pasar a cualquiera y, por lo mismo, estemos dispuestos a acoger a aquel que lo necesita y que sabemos en conciencia que podemos ayudar, a veces con una sonrisa o una buena conversación. Tengamos en cuenta este pensamiento que encontré en el periódico mural de una iglesia y cuyo autor desconozco: «Cuando ayudes a alguien, hazlo dando gracias, pues la vida te ha puesto en el lugar del que da y no del que necesita la ayuda».

Pero ¿qué sucede cuando somos nosotros los que estamos atravesando estas desgracias? San Pablo, en plena persecución y soledad, escribe:

«¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo!, el Padre siempre misericordioso, el Dios del que viene todo consuelo, el que nos conforta en todas nuestras pruebas por las que ahora pasamos, de manera que nosotros también podamos consolar a los que están en cualquier tribulación, comunicándoles el mismo consuelo que nos comunica Dios a nosotros. En el momento en que nos toca padecer los sufrimientos de Cristo con tal intensidad, de Cristo también nos viene un consuelo muy grande». (2 Cor 1, 3-5)

Brindar consuelo al que lo necesita

Como explica el sacerdote y académico Bernardo Hurault: «La palabra «consuelo» se encontrará muchas veces en esta carta de San Pablo. No se trata de que Dios enseñe la resignación; el consuelo de Dios significa que se hace sentir presente a su militante. En el momento más crítico le llega una buena noticia inesperada o bien Dios lo conforta interiormente sanando de repente toda inquietud y amargura. Dios no quita las pruebas, sino que da a experimentar su fuerza y su amor con los cuales conforta al apóstol».

Asimismo, el conocido sacerdote y comunicador dominico, Fray Nelson Medina, nos da siete pasos para enfrentar el dolor de la frustración cuando nos damos cuenta de que a veces, la voluntad o los tiempos de Dios no son los nuestros, tomando como ejemplo la muerte de Lázaro:

1. Salir al encuentro de Jesús

No cometas el error de encerrarte en tu dolor, de encerrarte en esa que será tu prisión porque pronto pasará a ser tu tumba. No dejes que tu fe muera en una celda tan estrecha. Tu fe está llamada a vencer. Es fácil caer en la tentación de sumergirnos en nuestro propio dolor, estancándonos, hundiéndonos, pensando una y mil veces: «yo quería, pero no se pudo».

¡Hay que salir! ¿A dónde? ¡al encuentro de nuestro Señor! En términos prácticos, esto se traduce a encontrarlo en la Palabra, en la oración, la adoración, la santa misa, una buena predicación: «ante el dolor por la muerte de Lázaro, apenas Marta supo que Jesús venía en camino, salió a su encuentro» (Jn 11, 20).

2. Desnudar el alma ante Dios

Así como Él estuvo desnudo en la cruz, con el alma desnuda, derramemos nuestra amargura ante el Señor: «Esto no era lo que yo quería, Señor». Fray Nelson insiste: «No derrames tu amargura en otro altar. Solo hay un altar que es digno de tus lágrimas: el altar de Jesucristo». De lo contrario, se corre el riesgo de derramarlas ante el altar de una botella, relaciones vacías, vicios o el altar del suicidio. Es indispensable que llores, pero hazlo ante tu Señor, ante Aquel que sabe entender esas lágrimas, pues es necesario de que ese dolor salga.

Fray Nelson no descarta la posibilidad de buscar consuelo hablando con buenos amigos, sin embargo, nos recuerda que aún la mejor de las amigas no es Dios. Se puede buscar consolación humana, pero Fray Nelson recomienda que lo principal de nuestro desahogo sea ante Dios. Que tus lágrimas no se vayan para otro altar.

3. Fe por encima de mis razones

«Si hubieras estado aquí, mi hermano no se hubiera muerto, pero aún ahora sé que lo que Tú le pidas a Dios, Dios te lo concederá» (Jn 11, 21-22). Marta dio el paso del dolor a la fe y a la esperanza. Se debe renovar la fe por encima de mis explicaciones y mis razones. ¿Eso qué significa? Hay muchas cosas que uno no entiende, dice Fray Nelson, pero por encima de lo que yo entienda o no entienda, está Dios: «por encima incluso de mi conciencia« (1 Jn 3, 20). La luz más alta que tiene el ser humano que está en gracia de Dios, es su conciencia. Y por encima de mi luz más alta, está la Luz de Dios.

4. Voluntad de obediencia

Estemos conscientes que la última palabra la tiene el Señor, por lo tanto, confiemos en Él, en su poder y en su amor por nosotros.  

5. Compartir la fe

Aun antes de que suceda el milagro, Marta llama a su hermana María para que salga también al encuentro del Señor. Hagamos nosotros lo mismo, compartamos la alegría de poseer en nuestro corazón el don de la fe. 

6. Tener cuidado de la consolación puramente humana 

Fiarse demasiado de este tipo de consuelo puede convertirse en un obstáculo que nos separa de Jesucristo. Preferir el cariño humano puede volverse un impedimento para vivir la gloria de Dios. ¿Por qué? Pues porque, aunque no haya mala intención, podemos vernos rodeados de un «cariño malo» que intenta evitarnos sufrimientos, cuando es a veces este mismo sufrimiento el que nos lleve a la conversión. Un cariño que tanto arropa que asfixia, que tanto protege que blinda, que envuelve pero enceguece, ese es el cariño malo.

7. Prepararnos, porque mientras estemos en esta tierra, tendremos combate

Combate adentro porque uno se cansa y nos cuesta creer y mantener la fe. Combate afuera porque querrán arrastrarnos hacia los ídolos. La fe sigue y el combate sigue. Solo la gracia de Dios nos puede preparar y hacer que nos mantengamos fieles a su amor.

Para terminar, hemos de recordar que la cultura del encuentro se hace más relevante en Navidad. «No solo porque sea fin de año y las personas decidan reunirse y regalarse cosas sino porque la Navidad es Jesús: el que nació para salvarnos de la miseria» (Silvana Ramos). Más aún, como lo señala también Fray Nelson, Jesús sigue siendo Jesús, sigue siendo el Señor, aun cuando me sienta decepcionada o frustrada.

Uno de los nombres que tiene Jesús es «el que siempre viene». San Juan lo describe como «Aquel que era, que es y que viene» (Ap 1, 4). Vivamos esta realidad y salgamos a su encuentro esta Navidad, pero sobre todo hoy.


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