En sus veinte siglos de historia, la Iglesia ha atravesado numerosas crisis, ya sea por divisiones internas o por amenazas externas, y todas ellas las ha superado con la especial asistencia del Espíritu Santo. Cada vez que un error doctrinal generó confusión en los fieles, cada vez que los miembros de la Iglesia se mundanizaron relajando su disciplina, o toda vez que fue necesario corregir la estructura eclesiástica para recomponer su función de madre y maestra; allí hallamos la labor de un concilio ecuménico que aportó aire y nuevo impulso evangélico a la Nave de Pedro.

En estas situaciones, y cuando la problemática involucró a la Iglesia universal, el Papa –o en los siete primeros concilios, el emperador con legitimación papal–, convocó a los obispos del mundo a un concilio ecuménico que tomó las medidas para superar la coyuntura.


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Según el derecho canónico, solo el Romano Pontífice puede  convocar a este tipo de concilio, presidirlo personalmente o por medio de otros, trasladarlo, suspenderlo o disolverlo, y aprobar sus decretos (338 § 1). De igual forma, solo él tiene la potestad de determinar qué cuestiones de van a tratar y bajo qué reglamento (338 § 2). A estos temas los obispos pueden agregar otros con la aprobación papal. Los obispos que forman parte del Colegio Episcopal tienen el derecho y el deber de asistir al concilio ecuménico con voto deliberativo (339 § 1), aunque otras personas que carecen de la dignidad episcopal pueden también ser llamados a participar en el Concilio por la autoridad suprema de la Iglesia, a la que corresponde determinar la función que deben tener en el Concilio (339 § 2).

En 2000 años de existencia, la Iglesia ha realizado veintiún concilios universales que abordaron los más diversos temas y respondieron a las más complejas circunstancias.  En este post te acercamos los nueve concilios ecuménicos que a nuestro juicio son los más importantes y célebres en la historia de la Iglesia. Esperamos que el recurso te sirva para conocer, amar y confiar aún más en Cristo y su Iglesia 🙂

*Si quieres ampliar tu información sobre estos y otros concilios puedes consultar las siguientes obras de la colección: «Historia de la Iglesia» de la Biblioteca de Autores Cristianos, «Edad Antigua» de Jesús Álvarez Gómez, «Edad Media» de José Sánchez Herrero, «Edad Moderna» de José García Oro y «Época Contemporánea» de Juan María Laboa.


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1. Concilio de Nicea

Este célebre concilio celebrado en el año 325 dC y organizado por el emperador Constantino fue convocado para contrarrestar le expansión de la herejía arriana. Arrio, entonces presbítero de Alejandría, promovía una concepción según la cual Cristo no era Dios y hombre sino un ser intermedio, una encarnación de una criatura intermediaria (Logos) entre Dios y el mundo material, pero no la Segunda Persona de la Trinidad.

Frente a la extensión de esta doctrina, cerca de 200 obispos –mayoritariamente orientales– fueron convocados en una gran asamblea para discutir el problema durante cerca de dos meses. El resultado de este concilio fue el Credo niceno que afirmó categóricamente que el Hijo era “Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, de la misma naturaleza que el Padre”. Al utilizar esta definición se apartaba la noción de una criatura creada desde la nada, y se enfatizaba que el Hijo era Dios en sentido pleno, procedente del Padre y existente desde la eternidad. De esta manera se establecía un criterio ortodoxo y una uniformidad en las creencias que evitaran la propagación del error.

2. Concilio de Constantinopla

En 381 dC se llamó a un segundo concilio ecuménico para tratar una serie de dificultades que habían surgido con posterioridad al Concilio de Nicea. Del arrianismo que negaba la divinidad del Hijo se derivaron otras doctrinas como el macedonianismo que negaba la divinidad del Espíritu Santo y que habían conseguido adeptos en las regiones de Tracia y Bitinia. Ante esta situación el emperador Teodosio cedió a la insistencia de los obispos orientales y convocó a un concilio al cual asistieron 150 representantes. La asamblea aprobó el Credo niceno-constantinopolitano que agregaba al Credo niceno cláusulas sobre la divinidad de Espíritu Santo y su obra salvífica.

3. Concilio de Éfeso

Celebrado en 431 dC fue establecido por el emperador de Oriente Teodosio II para facilitar la conciliación entre posturas divergentes que habían surgido en torno al título “Madre de Dios” aplicado a la Virgen María y a las dos naturalezas de Cristo.

Nestorio, obispo de Constantinopla, era partidario de referirse a María como “Madre de Cristo” para distinguir su maternidad respecto a la naturaleza humana de Jesús. La comunidad cristiana de Alejandría, encabezada por el patriarca Cirilo, se opuso a esta definición por considerar que recaía en una negación de las dos naturalezas de Cristo y afirmaron “una es la naturaleza del Logos divino encarnado”. La solución que propusieron generó otra división porque terminaba por disolver la humanidad de Cristo en la divinidad. Frente a estas posturas, la iglesia oriental se dividió entre los partidarios de Antioquía que reprocharon a Cirilo no hacer hincapié en la dualidad de Dios y de hombre de Cristo, los partidarios de Alejandría que condenaban las tesis de Nestorio y, finalmente, los nestorianos que pujaban por imponer su concepción. Así, tres posturas se enfrentaban en esta comunidad primitiva. El concilio terminó por condenar la tesis de Nestorio y confirmar el título de “Madre de Dios” aplicado a María.

4. Concilio de Calcedonia

Como consecuencia de la afirmación de Cirilo y la comunidad alejandrina surgió una corriente denominada monofisismo que sostenía que en Cristo solo había una naturaleza divina, es decir que, según sus términos, en Cristo la humanidad se disolvía en la divinidad como una gota de agua dulce en el océano salado.

En este contexto, la corte imperial de oriente se contactó con el Papa y se preparó un nuevo concilio al que asistieron más de 500 obispos en el año 451 dC. El corazón doctrinario de la asamblea estuvo inspirado en el Tomus Lonis, un tratado dogmático sobre el problema cristológico escrito por el Papa León I. El resultado del concilio fue una fórmula que acentuaba la unidad y la dualidad en Cristo, esto es, una persona en dos naturalezas. Los dos conceptos decisivos fueron el de persona (prosopon) y el de naturaleza (physis), ambos de orden filosófico. Además reconfirmó como “Madre de Dios” a la Virgen María.

5. Segundo concilio de Nicea

El séptimo concilio ecuménico que se organizó en 787 dC intentó cerrar el conflicto oriental por el culto a las imágenes que había dividido a Bizancio en iconoclastas e iconódulos. Los primeros se oponían a la utilización de imágenes mientras que los segundos la defendían.

El resultado del concilio fue la declaración del culto a las imágenes como doctrina ortodoxa y la condena de la iconoclasia.  Introdujo una cuidadosa distinción entre el culto de veneración (prokynesis), lícito hacia las imágenes por la relación que se establece con la persona representada, y el culto de adoración (latreía) solo debido a Dios. Además, se trató del último concilio ecuménico en el que participaron las comunidades orientales que luego del cisma de 1054 se conformarían como la Iglesia Ortodoxa.

6. Cuarto concilio de Letrán

La reforma de la Iglesia y la Cruzada para recuperar Tierra Santa fueron los dos objetivos que se trazo el Papa Inocencio III al convocar a este concilio que fue determinante para la vida religiosa del cristianismo occidental durante la Edad Media, y uno de los más importantes en la historia de la Iglesia. A esta gran asamblea fueron invitados obispos, superiores de las órdenes religiosas y de las órdenes militares (templarios, hospitalarios), soberanos y muchas autoridades civiles de ciudades italianas. La lista oficial contó con la asistencia de 402 cardenales, patriarcas, arzobispos y obispos y 800 prelados inferiores (abades, priores, deanes).

El concilio se realizó en 1215 dC y su resultado fueron al menos 70 decretos conciliares o constituciones. Lo más importante en relación a la doctrina fue la condena de los errores de los valdenses que negaban la existencia del purgatorio, las indulgencias y las oraciones por los difuntos, y de los albigenses o cátaros que afirmaban la existencia de dos principios opuestos entre sí, uno bueno y el otro malo, y condenaban el matrimonio. De ello se derivó la ampliación en la enunciación de la fe católica, abarcando definiciones en relación a la Trinidad, la creación, Cristo Redentor, los sacramentos, la Iglesia y otros temas. En relación a los sacramentos, se introdujo la palabra transubstanciación para explicar la conversión del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.  También precisó que todo pecador puede alcanzar, después del bautismo, la remisión de los pecados por una verdadera penitencia y que el matrimonio junto al celibato es un camino de salvación.

7. Concilio de Trento

Quizás sea el más célebre de los concilios ecuménicos y pilar de la Contrarreforma, es decir, la reafirmación de la ortodoxia católica frente al avance de la Reforma Protestante. Es sin duda el concilio más largo de la historia, pues transcurrieron 18 años entre su inicio en diciembre de 1545 y su conclusión en diciembre de 1563, aunque fue interrumpido en varias ocasiones.

Los grandes temas doctrinales fueron revisados y reformulados en respuesta a los planteamientos protestantes: la definición de la Iglesia en la perspectiva medieval y escolástica; el valor de la Escritura y de la Tradición como fuentes de la doctrina cristiana y la versión llamada Vulgata de la Biblia como texto oficial, la validez de todos los sacramentos, la confirmación de la antropología cristiana prestando atención a los efectos del pecado original y la justificación por la fe y la obras, y todo lo relacionado al purgatorio, los santos, las reliquias, el culto a las imágenes y las indulgencias. También tomó medidas disciplinares para favorecer la formación del clero y eliminar los abusos. Entre esta gran cantidad de medidas encontramos la función de las catedrales como centros de promoción cristiana mediante la enseñanza de la Escritura, la función de prelados y curas en su ministerio ordinario en la invitación a llevar una vida religiosa irreprochable, la labor catequética que debía llegar a las comunidades utilizando la lengua vulgar y los recursos didácticos; la residencia de los prelados y el gobierno directo en las diócesis con la obligación de visitar las comunidades, de controlar la rectitud del culto, de enderezar la vida y las costumbres de la clerecía y de inspeccionar el funcionamiento de los cabildos catedralicios y colegiales.

8. Concilio Vaticano I

Transcurrieron 300 años desde el Concilio de Trento hasta que el Papa Pío IX decidió convocar a un nuevo concilio ecuménico que se desarrolló entre los años 1869 y 1870. El motivo era el peligroso movimiento anticatólico que se iba extendiendo por Europa inspirado en las teorías naturalistas, racionalistas y materialistas del momento. El laicismo se fue imponiendo en numerosos países y la Iglesia fue despojada de su bienes en variadas desamortizaciones mientras los registros de nacimientos, matrimonios y defunciones pasaban al poder secular. A la par, en los círculos intelectuales proliferaron teorías que negaban la divinidad de Cristo y atacaban al cristianismo, incentivando conductas fervientemente anticlericales.

En este contexto, Pío IX llamó a un nuevo concilio al que asistieron obispos de todo el mundo: 224 italianos, 81 franceses, 40 españoles, 27 ingleses, 19 irlandeses, 16 alemanes, 19 de pequeños estados europeos, 49 de Estados Unidos, 60 de América hispana y Brasil, 9 de Canadá y 172 inpartibus, generalmente de países de misión, además de 42 de rito oriental. También se extendió una invitación dirigida a las iglesias ortodoxas que fue declinada.

El concilio aprobó la constitución «Dei Filius» que constaba de cuatro capítulos. En el primero de ellos se proclamó la existencia de un Dios personal, libre, creador de todas las cosas y absolutamente independiente de las criaturas por Él creadas. El segundo afirma la existencia de dos órdenes de verdades: el de la naturaleza, accesible al conocimiento racional humano, y el sobrenatural, accesible solo por la revelación divina. El tercer capítulo trata la cuestión de la fe, viendo en ella un acto de Dios y acto libre del hombre, además de señalar a la Iglesia como su depósito. Finalmente el cuarto capítulo delimita los campos de la fe y la razón y enfatiza la no oposición entre la religión y la ciencia.  El documento estuvo dirigido al conjunto de errores de la época, a saber, el ateísmo, el panteísmo, el racionalismo absoluto, el fideísmo, el tradicionalismo, que se oponía a la racionalidad humana como forma de alcanzar la verdad, y el hermesianismo, que pretendía demostrar racionalmente los dogmas.

Sin embargo, la formulación de mayor trascendencia fue la definición de la infalibilidad papal como dogma de fe cuando el Sumo Pontífice se pronuncia “Ex Cathedra”, es decir, cuando define una cuestión de fe o de moral haciendo uso de su suprema autoridad apostólica como pastor y maestro de todos los cristianos.

9. Concilio Vaticano II

A casi un siglo de celebrado el penúltimo concilio ecuménico, el papa Juan XXIII invitó a una nueva asamblea que tendría un objetivo más pastoral que dogmático y que buscaría promover la participación de la Iglesia en la búsqueda de una humanidad mejor, el aggiornamento de las estructuras y de la presentación del mensaje cristiano, y la preparación de los caminos de la unidad. Se desarrolló entre octubre de 1962 y diciembre de 1965, siendo el concilio con mayor cantidad de asistentes -2557 padres con derecho a voto de diversas naciones- además de ser presidido por dos Papas, Juan XXIII y tras su muerte, Pablo VI.

El concilio expidió dieciséis documentos de los cuales cuatro fueron constituciones, nueve decretos conciliares y tres declaraciones conciliares. En relación a lo litúrgico se aprobó la constitución «Sacrosantum Concilium» que diseño una liturgia entendible para los creyentes adaptándola a las necesidades del espíritu contemporáneo.  La constitución «Lumen Gentium», recuperó la dimensión mistérica de la Iglesia como signo de la unión de los hombres con Dios en Cristo, afirmó la colegialidad episcopal y revalorizó el laicado. En «Dignitats Humanae» se reconoció el derecho natural del hombre a seguir el dictamen de su conciencia en materia religiosa y proclamó que este derecho debe ser asegurado por la sociedad y en particular por el poder civil, mientras la constitución pastoral «Gaudium et Spes» abordó cinco temas que consideraba de extrema urgencia como la situación de la familia y el matrimonio, el valor de la cultura, la vida económico-social, la política y la internacional.

En síntesis, el último concilio ecuménico entregó una Iglesia distinta, más espontánea y realista, más juvenil y esperanzada, más atenta y cercana a los problemas angustiosos del momento. Sin falsear la Revelación y en el estricto respeto a la Tradición promovió el desarrollo de la fe católica, propició la renovación moral de la vida cristiana de los fieles y adaptó la disciplina eclesiástica a las necesidades de nuestro tiempo.

Todas las imágenes fueron tomadas de Wikimedia commons.


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