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Compartir puede parecer a simple vista un acto cualquiera, uno vacío o hasta «obvio». Pero esta muestra de amor y caridad, puede cambiarnos la vida sin que nos demos cuenta.

Puede ayudarnos a entender que un gesto pequeño genera un gran impacto no solo en nuestra vida, sino en la de los demás.

El corto animado que les comparto hoy se llama «Inseparable», y narra la historia de dos pequeños que se hicieron amigos gracias a este gesto, el de compartir.


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¿Qué estás dispuesto a compartir?

Este video, además de ser un excelente recurso para los más pequeños, nos invita a reflexionar en varias preguntas. ¿Qué estoy dispuesto a darle a los demás?, ¿comparto en el transcurso del día aunque sea una sonrisa con los que tengo cerca?

¿Me considero una persona amplia, sencilla y servicial?, ¿cuándo fue la última vez que compartí algo con agrado y sin esperar nada a cambio?

Cuando pensamos en la palabra «compartir», muchas veces nos viene a la mente algo material, ¡qué está genial! Poder sorprender a otra persona con cosas tangibles nos brinda una sensación hermosa en el corazón.

Pero qué tal si nos esforzamos más en compartir noticias buenas, abrazos, besos, tiempo. Un «te amo» o un «te echo de menos».

Cuando nos veamos a nosotros mismos y no sepamos qué compartir, pensamos en todas las cosas sencillas que podemos ofrecer.

En las sonrisas, los halagos, en un buen agradecimiento, en pronunciar la palabra «perdón».

Para mí el trozo más pequeño y para ti el más grande

Cuando hay que compartir algún pastel, chocolate o dulce, siempre le digo a mi hijo: «Si eres tú el que parte, dale al otro el trozo más grande».

La primera vez me abrió los ojos como platos y me dijo ¡pero mamá, yo quiero el más grande, por qué se lo tendría que dar al otro! Y le dije, porque lo que sientes en el corazón cuando lo haces no tiene precio y además, ¡se lo puedes ofrecer a Dios!

Por supuesto esto no le hizo gracia, se enfadó las primeras veces y dijo orgulloso «pues ya no quiero nada» (seguro que no sintió ni cosquillas en el corazón 😂). Pero luego, un día inesperado me sorprendió y vi que compartía con los demás, los trozos más grandes.

Esta es una reacción natural, siempre queremos lo mejor para nosotros. Pero ofrecer el trozo más grande de lo que sea, del pastel, del corazón o del abrazo, ¡se siente genial!

Nacimos para servir, y si te cuesta hacerlo, di en tu interior: Señor te ofrezco este sacrificio. Él valora todo lo que le ofrezcas, no importa si se trata de cederle a tu hijo o a tu esposo el último trozo de chocolate.

O si haces una obra de caridad inmensa, subes una montaña o soportas con paciencia a alguien que no te cae tan bien. Dios reconoce cada acto de bondad que sale de tu corazón.

Recuerda que Él no dio un trozo pequeño, ni mediano, se entregó todo por nosotros. Así que la tarea de hoy es compartir.

Compartir aunque sea algo pequeño, piensa en un acto que haga feliz a otra persona, ofrece el postre de la cena, el último pedacito de la galleta o un mensaje que le levante el ánimo y que lo sorprenda.

¡Dinos en los comentarios qué quieres compartir!

Compartir: ¿cómo enseñar o aprender a hacerlo?