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En los últimos 30 años la medicina psiquiátrica se ha desarrollado mucho. Existen cada vez más estudios e investigaciones científicas, que permiten y pronostican un futuro cada vez más positivo para el tratamiento de pacientes con estas enfermedades. La industria farmacéutica también ha desarrollado mucho. Cada cierto tiempo se descubren nuevos compuestos químicos, que ayudan y facilitan notablemente la vida de estas personas que cargan una pesada cruz.

Hace pocas décadas, hablar de una enfermedad psiquiátrica era una especie de tabú. Una persona que poseyera ese tipo de enfermedades era muchas veces tratada como una persona anormal, rara, sin posibilidad de llevar una vida con autonomía. Lo cual era muy pesado y complicado para su familia y entorno social. Dependiente de otras personas para el resto de su existencia. Actualmente, con todo el desarrollo no sólo psiquiátrico, sino también psicológico, es más fácil hablar con apertura sobre el tema. Buscar ayuda, la inserción del enfermo en la sociedad, así como un ambiente familiar mucho menos tenso y frustrado, hacen que hoy por hoy un enfermo psiquiátrico pueda llevar su vida casi con normalidad.

Sin embargo, todavía falta un buen trecho para que los pacientes psiquiátricos gocen de relaciones sociales sin prejuicios o ciertos rechazos. Todavía problemas como la depresión – a un nivel estrictamente psicológico – son enfermedades que al paciente significan una gran dificultad para tener relaciones como cualquier persona saludable. No digo que no haya diferencias reales, pero que no sea motivo de cierto rechazo e, incluso, exclusión social.

Un estigma social

Ciertamente, las enfermedades psiquiátricas ya no son un tabú, sin embargo, podemos decir que todavía significan una suerte de estigma para los que la poseen. Uso la palabra estigma, pues para muchas personas, incluso dentro de su misma familia, es una situación que no se entiende bien y, por lo tanto, dificulta las relaciones personales. De modo general, veo tres situaciones frecuentes.

Primero, aquellos que no quieren involucrarse con el enfermo. No entienden, ni tampoco se esfuerzan por entender. Obviamente, cuesta y es un sacrificio aprender a tratar personas enfermas, algunos casos más complicados que otros. Prefieren alejarse y desentenderse. Segunda situación, aquellos que se preocupan, pero no llegan a comprender bien la complejidad o profundidad, así que reniegan o rechazan ciertas actitudes o comportamientos, pues creen que son personas caprichosas, que se aprovechan de la situación (la verdad es que este punto es bastante más complicado para explicar, pero quedémonos con lo que ya está explicado). Finalmente, muchos entienden el problema, pero les cuesta una relación que respeta la autonomía del paciente, pues se preocupan mucho de que no tengan ningún tipo de recaídas o problemas extras. Es un equilibrio complicado de lograr.

Actitudes fundamentales

Quiero compartir algunas actitudes que son fundamentales para enfrentar mejor una enfermedad psiquiátrica. Se necesita aprenderlas a vivir, y este es un aprendizaje continuo. El primer paso básico y fundamental de todo el aprendizaje para vivir con la enfermedad es la aceptación. De la persona, así como de la familia. Es – diría – universalmente sabido que uno de los grandes problemas con los que no logran sobreponerse a ese tipo de enfermedades, es porque no la aceptan. Uno podría decir que falta de tino y sensatez, pero cuando vivimos con un enfermo y conocemos de primera mano el peso que significa, sabemos que no es fácil o sencillo aceptar esta situación. No solo significa solamente reconocer que tienes la enfermedad. La dificultad, sobre todo, es aceptar todas las implicancias que en tu vida tiene la enfermedad. Ya sean más o menos graves, ese tipo de problemas, interfieren en todas las dimensiones de la vida. Esa es la parte más difícil de aceptar. La manera de vivir, los hábitos, los horarios, los cuidados, los límites y restricciones, las precauciones son muchas cosas a tener en cuenta. Además, no los aprendes a vivir de la “noche a la mañana”. Se necesita mucha fortaleza, perseverancia y constancia. Pues este proceso toma tiempo, a veces años… para lograr cierta estabilidad. Pues variaciones y cambios cada cierto tiempo, vendrán a lo largo de los años, y hay que estar atentos, decirlos, aunque cuesten más cambios de conducta.

Otra actitud esencial es la disciplina. Disciplina con 4 “pilares” fundamentales. Son como cuatro patas de una silla o un mueble: las medicinas, las horas y uniformidad en el sueño, nada de alcohol y drogas o alguna sustancia que interfiera en el cerebro – debido a la enfermedad misma, y, además, el peligro de afectar los efectos de las medicinas. Por último, el manejo responsable del estrés y tensión en la vida.

Es frecuente que llegue un momento en que el paciente cree que ya está bien, pues se siente como si no fuese enfermo – pero es algo gracias al tratamiento, no porque ya no tenga la enfermedad – sucede que en muchos casos dejan de tomar las medicinas. Lo cual acarrea una recaída. Y a cada recaída, las consecuencias en la salud son peores. Más neuronas son dañadas y más se hace difícil equilibrar el día a día.

Tanto para la aceptación, así como para la disciplina, menciono 2 actitudes más, sin las cuales no se puede avanzar en el tratamiento adecuado: humildad y confianza. Si no soy humilde para reconocer que tengo una discapacidad psiquiátrica, teniendo en cuenta que algunas veces la gravedad es fuerte, es muy difícil la docilidad para acoger las indicaciones médicas y la ayuda de otros, no obstante, sean de tu propia familia. Cuánto más grave es la enfermedad, más dependemos de los demás. El objetivo, en general, es buscar la mejor autonomía del paciente, a fin de que no dependa tanto de los demás para poder desempeñarse responsablemente en su vida. Cuanto más se logre el equilibrio y buen manejo de la enfermedad, se puede – con paciencia y progresividad – se puede tener una vida plena. También humildad, puesto que esa autonomía no significa que se pueda vivir igual que los demás. Es una autonomía, pero con límites y hábitos para manejar la enfermedad. Es como un diabético que no puede comer dulces y tiene que estar inyectándose insulina diariamente. Si es algo crónico, con mucha humildad, aceptar que nunca más tendrá una vida como los demás. Pero que no es el “fin del mundo”. Se tratan de límites, restricciones y reglas, pero dentro de esos parámetros, me puedo desempañar como cualquier otra persona.

Finalmente, la confianza. Junto con la humildad. Confiar en tu médico, confiar en tus familiares y amigos. Obviamente, los que conocen tu situación y las implicancias de la enfermedad. Confiar en lo que te dicen, y no tratar de resolver las cosas a tu manera. Así como uno obedece al médico, cuando tiene una fractura ósea, de la misma manera, debemos seguir al pie de la letra las indicaciones del psiquiatra, y también la acogida y cariño, así como la preocupación brindada, Dios mediante, por la familia. Lo peor que puede suceder es la desconfianza, y, por lo tanto, buscar auto medicarse o no aceptar tal cual las prescripciones médicas, o cerrarse a la ayuda de los demás. Muchas veces, solamente gracias a esa confianza – a veces ciega– somos capaces de “salir adelante”.

Las pastillas y los cuidados personales no resuelven todo el problema

Es muy común actualmente, la creencia que las pastillas lo resuelven todo. Y si no lo resuelven, creer que estamos perdidos. También debemos decir que, aunque tengamos todas las precauciones y cuidados necesarios, la enfermedad nos supera y va mucho más allá de nuestras frágiles y limitadas capacidades.

Cada vez más médicos se abren a la necesidad de la vida espiritual para poder combatir y superar esa realidad tan complicada de la enfermedad psiquiátrica. Las experiencias existenciales negativas, como la depresión, ansiedades, obsesión o el sentirse sin sentido y perdido en la vida. Creer que nada vale la pena, querer pasar todo el día tirado en la cama. La sensación que estás haciendo lo equivocado con tu vida y que estás desperdiciando tu tiempo, por lo cual debes hacer cambios radicales en tu estado de vida. Que todo se vea gris, cerrado y sentirse bajo un cielo oscuro, tenebroso, que no dejar pasar los rayos de sol… son experiencias muy desgarradoras. Las pastillas pueden ayudar a equilibrar la situación, pero muchas de esas experiencias siguen. En ese caso necesitamos un hombre dónde llorar. Y con más razón una vida espiritual, que sirva de sostén para poner nuestra seguridad en algo que vaya más allá de nuestra enfermedad.

Tener fuerzas que vengan de una vida espiritual intensa, brindan una luz y energía incomparables. Personalmente puedo decir que no es suficiente con tener una apertura espiritual. Debe hacer una relación espiritual con Dios. La vida espiritual no es simplemente creer en algún ser superior o una energía o fuerza superior, que puede ayudarme a salir del “hueco” en que me encuentro metido, abandonado. Se necesita un diálogo muy fluido con Dios, Quién me da esa fuerza que necesito. Jesucristo es Dios que se hizo hombre, y asumió nuestro sufrimiento y nuestras cruces, dándoles un sentido que nunca tuvieron, y que ninguna corriente de psicología o psiquiátrica puede lograr. Así como ningún tipo de auto ayuda, o los famosos tips o consejos para la felicidad. Cristo nos dice que lo busquemos cuando ya no tenemos fuerzas para caminar. Él es quien se manifiesta, de una manera inusitada y especial, justamente en nuestra debilidad. Él hace que nuestro sufrimiento sea una ocasión para, juntos con Él, tener la experiencia de madurez en el amor. Poder ofrecer nuestro sufrimiento por los demás, así como entender y poder ayudar a otras personas que pasan por situaciones semejantes, pues con Cristo se puede vivir esa enfermedad como un hecho más de la vida que me toca sacar adelante. Más que un obstáculo o impedimento son un camino para vivir aún más el amor, y, por lo tanto, alcanzar la felicidad. Hay que recurrir y confiar en la ciencia, en las pastillas, los consejos, pero no olvidar nunca que Cristo es quién vino a salvarnos del sufrimiento, y solamente Él pues brindarnos las respuestas y fortaleza que necesitamos para los momentos de oscuridad.


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