«La paz empieza con una sonrisa» —Santa Teresa de Calcuta.

Paz… cómo ansiamos esa sensación. Acostumbrados a los ajetreos de la vida diaria, ¿cuántos no hemos tenido ganas de un día quedarnos en nuestra casa, no hacer nada ni preocuparnos por nada, pensando que así obtendríamos unas horas de «paz»?

El mundo cambió y de pronto pasamos muchas de nuestras horas en casa, incluso tal vez en el sofá… Sin embargo, ¿hemos encontrado esa paz? Y es que podemos caer en la tentación de pensar que la paz está dictada por circunstancias externas, como la ausencia de problemas o de conflictos…pero, qué lejos está eso de la verdad.

El video que les traemos en esta ocasión corresponde a la iniciativa «El Video del Papa». En él, nuestro papa Francisco invita a todos los cristianos, creyentes de otras religiones y todas las personas de buena voluntad a promover la paz en el mundo, es decir, a trabajar en la reconciliación.

Tal vez, al comienzo, el llamado a la paz mundial nos pueda caer un poco grande. Sin embargo, debemos asimilar lo que nos dice santa Teresa:

«La paz y la guerra empiezan en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz en el mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias familias. Si queremos sembrar alegría en derredor nuestro precisamos que toda familia viva feliz».

La gran pregunta es: ¿cómo logramos esta paz?

La misma santa Teresa nos muestra la solución: El silencio y la oración. «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz».

Es cierto, sin embargo el tiempo en el que vivimos pareciera ser enemigo del silencio. La omnipresencia de las redes sociales, noticias, televisión, radio, apps de música/videos, el celular y los audífonos nos alejan de ese silencio tan necesario para estar a solas con nosotros mismos, entrar en oración, descubrir al Señor y dejarnos interpelar por Él.

El miedo al silencio es muchas veces alimentado por nuestra reticencia a confrontarnos, confrontar nuestra realidad. Y probablemente sea así si nos limitamos a hablar con nosotros mismos, pues esto nos puede llevar a una espiral de pensamientos negativos o egoístas que solo nos traerán tristeza, desesperanza y resentimiento.

Nadie quiere estar ahí. Lo que propone santa Teresa es diametralmente distinto, es hacer silencio para entrar en la presencia de nuestro Dios, suave y sincero, que no nos violenta ni se precipita, sino que sabe descubrirnos y mostrarnos la vida (nuestra vida) desde su luz.

Al ver las cosas desde su perspectiva, nos damos cuenta con sorpresa y calor en el corazón que nada es tan malo como parece. Nuestras heridas al fin sanan y aprendemos a ser compasivos con los demás, pues hemos bebido de esa compasión cuando el mismo Dios nos mostró nuestras miserias en un ambiente de amor y así, nos amó.

Paz y perdón son indivisibles

«No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón» —San Juan Pablo II. Desarrollando un poco más esta relación inexorable entre la paz y el perdón, san Juan Pablo II nos decía:

«La peor prisión es un corazón cerrado. La espiral de la violencia solo la frena al milagro del perdón. Debemos perdonar siempre, recordando que nosotros mismos hemos necesitado el perdón.

Tenemos necesidad de ser perdonados mucho más a menudo que de perdonar. La verdadera reconciliación entre hombres enfrentados y enemistados solo es posible, si se dejan reconciliar al mismo tiempo con Dios».

¿Cómo llegar a esa reconciliación si no es a través de la oración a Dios?

Nuestro papa Francisco también reafirma: «Aprender a vivir en el perdón aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz». Siempre es bueno aclarar que perdonar no es lo mismo que condonar, es decir, indultar o dejar sin castigo lo que se debe castigar.

Perdonar es esencialmente liberarse del dolor por la ofensa cometida y no vivir en el resentimiento. Siendo consecuentes con la misericordia que Dios nos muestra todos los días.

Más que un llamado, es un deber: «Mantengan entre ustedes lazos de paz y permanezcan unidos en el mismo espíritu» (Ef 4, 3). Y nuevamente, el gran san Juan Pablo II nos dice:

«Es un deber para los creyentes, cualquiera sea su religión, proclamar que nunca podremos ser felices unos contra otros. Nosotros los cristianos, en particular, estamos llamados a ser centinelas de la paz, en los lugares donde vivimos y trabajamos. Es decir, se nos pide que vigilemos para que las conciencias no cedan a la tentación del egoísmo, de la mentira y de la violencia».

El mensaje de nuestro Señor

En efecto, nuestro mismo Señor lo recalca: «Lo que les digo a ustedes, se lo digo a todos: estén despiertos» (Mc 13, 37). Al respecto, el Padre Bernardo Hurault comenta:

«Para los laicos, la mayor parte de sus compromisos con Cristo no están dentro del ámbito eclesiástico, sino en las tareas del mundo. Ahí es donde deben trabajar cada cual en su puesto y estar despiertos.

Despiertos para no desanimarse, para resistir la corrupción del ambiente y las sugerencias del espíritu malo. Pues muchos han empezado con generosidad […], pero al no tener los ojos puestos constantemente en su Señor, se les oculta la meta y llegan a no ser más que administradores y activistas.

[…] De ahí que su vida esté llena de contradicciones. […] Hacen su propia obra, pero no dejan que Cristo se adueñe de su mente, de su corazón, de su vida entera. No sucede lo mismo con los que están despiertos: por su intermedio, Cristo viene a los hombres».

Si estamos conscientes de nuestro deber y permanecemos despiertos, haremos caso a lo que nos dice santa Teresa de Calcuta: «No debemos permitir que alguien se aleje de nuestra presencia sin sentirse mejor y más feliz».

En esa misma línea, el papa Francisco recalca: «Cada acción y cada gesto de ustedes hacia el prójimo puede construir la paz. El auténtico constructor de la paz es el que da el primer paso hacia el otro. Y esto no es debilidad, sino fuerza, la fuerza de la paz»

Para los que trabajan por la paz

«Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios» (Mt 5, 9). Esta es una bienaventuranza que Benedicto XVI describe bellamente: «La bienaventuranza consiste más bien en el cumplimiento de una promesa dirigida a todos los que se dejan guiar por las exigencias de la verdad, la justicia y el amor.

Quienes se encomiendan a Dios y a sus promesas son considerados frecuentemente por el mundo como ingenuos o alejados de la realidad. Sin embargo, Jesús les declara que, no solo en la otra vida sino ya en esta, descubrirán que son hijos de Dios, y que, desde siempre y para siempre, Dios es totalmente solidario con ellos.

Comprenderán que no están solos, porque Él está a favor de los que se comprometen con la verdad, la justicia y el amor

Para llegar a ser un auténtico trabajador por la paz, es indispensable cuidar la dimensión trascendente y el diálogo constante con Dios, Padre misericordioso, mediante el cual se implora la redención que su Hijo Unigénito nos ha conquistado.

Así podrá el hombre vencer ese germen de oscuridad y de negación de la paz que es el pecado en todas sus formas: el egoísmo y la violencia, la codicia y el deseo de poder y dominación, la intolerancia, el odio y las estructuras injustas».

Finalmente, recordemos que Dios nos habla de muchas formas, pero el primer idioma de Dios es el silencio (P. Thomas Keating). Propiciemos la oración a solas con nuestro Señor, dejémonos escudriñar por Él, beber de su compasión y finalmente, perdonar a los demás. Solo así podremos responder a nuestro deber de ser constructores de la paz.