Confieso que soy una completa ignorante en genética, biología y ciencias similares. Pero buscando contenidos para la página encontré este video que ha revolucionado mi mundo. Más aún en las condiciones en que nos encontramos hoy en día, tan pendientes de los adelantos en la medicina para curar males que jamás habíamos imaginado en este mundo.

Desde hace mucho tiempo venimos escuchando sobre la modificación genética. Ya en 1997, películas como «Gattaca», hacían el intento de vislumbrar los efectos colaterales de tal tecnología en un futuro no tan lejano, al intentar modificar genéticamente al ser humano hasta hacerlo «perfecto».

«The Gene Gap» (La brecha genética), es un corto futurista de ficción, producido para el periódico The Guardian que recientemente abrió un espacio para la discusión y reflexión sobre la modificación genética y además para informar los adelantos y las posibilidades que hoy y en el futuro próximo tendremos.

1. Modificar nuestro código genético

La edición genética es hoy un hecho. Sin duda alguna podemos decir que es posible modificar genéticamente distintos organismos. El sistema CRISPR/Cas, que el corto menciona, desde hace muchos años (2013) viene siendo utilizado para editar genes y modificarlos en distintas especies, incluida la humana.

Si bien la aplicación de la técnica no es algo que esté al alcance de la mano, ni es tampoco un procedimiento ya dominado en su totalidad, el impacto que puede causar en la vida del ser humano es enorme.

El tema merece no solo una reflexión seria, sino además una toma de conciencia de las posibilidades del ser humano en la actualidad y su lugar en la creación.

No podemos negar la noble intención detrás de esta tecnología. A través de modificaciones genéticas se busca tener la posibilidad de tratar enfermedades tan dolorosas y condiciones humanas tan difíciles que, incluso interfieren en la realización y despliegue personal millones de personas.

Aún así, el límite para la acción voluntaria del hombre sobre su propia existencia necesita tener un límite. El diálogo entre ciencia y fe es importantísimo y necesario. Pero además necesitamos incorporar a ese diálogo la filosofía, la antropología y la teología para completar la ecuación.

Todo esto con el objetivo de encaminarnos hacia el cultivo de una cultura ética y moralmente direccionada hacia el bien del ser humano y de la creación, sin pretender jugar a ser Dioses. Ya hemos visto las consecuencias de haberlo intentado más de una vez.

2. ¿Qué nos hace humanos?

Para un cristiano la respuesta cae en algo tan sencillo y verdadero como es el afirmar que lo que nos hace humanos es el ser hijos de Dios. Para las personas no creyentes y desde el ámbito científico las respuestas incluyen otras dimensiones que no
deberían contraponerse con lo religioso sino más bien complementarse.

Estás respuestas importan y aportan a que entendamos incluso de una manera más profunda lo que significa ser hijos de Dios. La enfermedad, el dolor, ¿es parte de lo humano?, ¿qué aprendemos de las condiciones más adversas?, ¿de nacimientos que nos asustaron inmensamente y que con el pasar de los años nos damos cuenta que trajeron solo amor y enseñanzas en nuestra vida?

Tener, por ejemplo, un hijo con síndrome de Down. ¿Qué pasaría en una sociedad donde la enfermedad haya sido erradicada?, ¿lograríamos realmente ser más humanos? Virtudes tan humanas como la compasión, el sacrificio, la entrega,
el servicio y finalmente la capacidad de amar hasta el extremo, ¿tendrían espacio para crecer en un mundo «perfecto»?

3. La tecnología, ni buena ni mala

La tecnología por sí misma no es ni buena ni mala. La capacidad de lograr un bien para el ser humano o de provocar un daño irreversible no depende de ella misma, sino del uso que le demos los seres humanos. Depende de nuestra decisión guiada por nuestros valores ético morales.

Por un lado, modificar el código genético podría implicar una mejora inimaginable en la vida de millones de personas que sufren, que no pueden ni siquiera comunicar lo que hay dentro de su interior. Y por otro lado, no menos importante, el potencial abuso para ocasionar daño intencional. Teniendo en cuenta también los daños provocados por efectos colaterales no previstos intentando hacer un bien.

La reflexión sobre este tema no es algo que podamos pasar a la ligera o que simplemente podamos delegar a aquellos que saben. Es algo que como sociedad nos compete a todos y que entendemos es un tema por demás relevante sobre el cual
necesitamos hacernos preguntas.

4. ¿Será posible garantizar el bien?

¿Será posible garantizar el bien a través del buen uso de la tecnología? La historia nos demuestra que la respuesta a esta pregunta suele ser negativa. La histórica bomba y los devastadores resultados en las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, son apenas un ejemplo.

Un descubrimiento que tenía en mente el bien de la humanidad terminó siendo utilizado como arma de destrucción.
La historia nos advierte de la necesidad de gestionar la tecnología y aunar esfuerzos por proteger a la humanidad frente a un uso en contra de ella. Ya sea para el exterminio, para el dominio forzado o para cualquier otra coacción de las libertades del ser humano.

La ética, la moral y la normativa para garantizar el bien del ser humano han estado presentes de alguna u otra manera en las distintas civilizaciones humanas. Con el cristianismo estos códigos y leyes han sido de alguna manera resueltos y elevados a una máxima que no solo nos resuena por ser cristianos, o por el hecho de que somos los más responsables en este sentido, sino porque nos compete a todos.

El amar a tu prójimo como a ti mismo. Entender que el otro es tu responsabilidad, que lo debes amar, y que esto significa
además servir, proteger y preocuparse por su bien. Esto también implica una reflexión profunda sobre el significado de tu propia vida en primer lugar y entender que todas nuestras acciones impactan en la vida de los demás.

Más aún si estas acciones tienen la capacidad de cambiar y modificar «la configuración» biológica (genética) de la humanidad entera.

5. Soñando con un mundo mejor

¿Es necesario modificar a la persona para conseguir el ideal del mundo soñado? Un ideal que habla de seres humanos perfectos, no solo sin enfermedad sino además modificados en distintas características que los hagan «libres de defecto».

O tal vez, ¿podría existir la posibilidad de modificar el mundo, la sociedad, de acuerdo a las necesidades de las distintas personas, con distintas capacidades, pero también con distintas dolencias? Reconocemos que estas preguntas no tienen respuestas unívocas.

Dada la historia de la humanidad podríamos afirmar que más allá del uso que se le de a esta tecnología, la posibilidad de modificar nuestro código genético, necesita estar acompañada de una regulación pensada, prudente y multidisciplinar que oriente y guíe su uso no para jugar a ser dioses, sino para velar un uso ético, protector de la vida, y orientado hacia el bien.

Y aún así, creo que este «garantizar el bien de la humanidad» nunca le será posible lograr al hombre solo. Los efectos colaterales pueden ser previstos, pero no es su totalidad. Necesitamos tener la humildad de reconocernos pequeños, con posibilidades enormes, tan enormes que estas mismas posibilidades deberían hablarnos de la grandeza de aquel que diseñó el universo mismo.

El ser humano es mucho más que su cuerpo, que su configuración genética y mucho más que la enfermedad y la fragilidad que lo limita. No olvidemos que el ser humano tiene la capacidad de trascender sus propias limitaciones y desde la condición que se encuentre orientar su existencia hacia la felicidad.

La ciencia, la técnica y sus adelantos necesariamente deberían velar por la realización personal del hombre que tiene que ver con mucho más que sanar el cuerpo.

«Todo progreso científico debe ser también un progreso de amor, llamado a ponerse al servicio del hombre y de la humanidad y de ofrecer su contribución a la edificación de la identidad de las personas» (S.S. Benedicto XVI).