Me he encontrado con un podcast (el número 31885) de Monseñor Munilla donde nos regala cinco consejos para enfrentar las dificultades, pues en medio de estas pruebas debemos ser conscientes de la multiplicidad de dones con los que contamos en nuestra vida. 

Los dones son la presencia de la gracia de Dios en nuestra alma. Estos dones no pueden darse por supuestos, si no disfrutamos de ellos tendemos a dejarlos en el olvido y nos hundimos en las tormentas. 

La vida del cristiano es como una barca en el mar

Algo así como el pasaje del Evangelio (Mateo 8, 23-27), donde los discípulos y Jesús van muy tranquilos. Tanto así que Jesús se queda dormido, y allí les sorprende la furia de una tormenta a tal punto que piensan que van a perecer. Pero recuerdan que Jesús está allí, que no están solos, corren y despiertan a Jesús para que calme la tormenta… esto es la fe.

La fe no nos debe llevar a buscar una vida libre de lluviecitas pequeñas o de tormentas grandes. No, la fe debe conducirnos a saber en todo momento que por más fuerte que arrecie el huracán con sus vientos, mareas y tormentas, allí está Jesús en la barca, silencioso como un caballero, tranquilo como la piedra angular, allí a la espera de nuestro llamado. 

El Espíritu de Dios nos llena de dones constantemente, y con ellos fortalece y alimenta nuestra fe y la presencia de Dios en nuestras vidas. Estos dones son aquellas herramientas para no caer en tentaciones, para afrontar situaciones complejas. Para saber que todo en la vida del hombre de fe es gracia y bendición, y por esto todo momento debe ser propicio para la oración de acción de gracias.  

Por esto, monseñor Munilla nos regala cinco claves para navegar en medio de las tormentas sin olvidarnos de los dones de Dios:

1. Agradecer los dones

Dones: cómo pueden ayudarme a superar las dificultades

Ser conscientes de estos dones, de la presencia de la gracia en nuestra vida. Este consejo me traía a la mente aquellos pasajes de los evangelios en los que Jesús va de camino, así como distraídamente (Jesús nunca se distrajo en realidad) y de repente un enfermo, un ciego, un necesitado o un grupo de gente le empieza a llamar a gritos.

Muy como Bartimeo: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí», le dicen calla y él vuelve: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí»… hasta que como en otros pasajes, Jesús se vuelve y le mira con misericordia. 

Que bello es esto, y quisiera que no se nos quede como un verso más de la Escritura. Sino que recordando que la Palabra es viva y eficaz, la apliquemos a lo cotidiano de la vida ¿qué te tiene ciego, enfermo, desesperado…? en medio de ello grita como Bartimeo: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí». 

No hay mayor don que ese, la presencia de Jesús en nuestras vidas, y no solo está esto, sino que tenemos la gracia de vivir, el don de la familia, de los amigos, de los alimentos, del día, de la noche y miles y miles de dones en lo que el Señor, muy sutilmente, nos sonríe. 

No lo olvides, todos los días Dios te saluda. Nunca olvidaré que todas las mañanas de camino a la escuela, mi madre me decía «mira el amanecer», y yo alzaba la mirada al cielo, y me sorprendía con esos colores y esa luz hermosa del nuevo día. Y allí me repetía diariamente: «El Señor te está dando los buenos días», es así como aún hoy miro a cada oportunidad el cielo, sea de día o de noche, porque sé que allí el Señor me saluda. 

Que tal si en medio de un día tormentoso, Dios nos está saludando, y por tener la mirada concentrada en la tormenta nos perdemos de la gracia de su sonrisa. No lo olvides, el don de la sonrisa de Dios está siempre disponible. 

2. Ocuparse sin preocuparse

Es cierto que aunque hay dones de Dios en todo momento y está siempre dispuesto a sonreírte, también es cierto que ahí están las tormentas. No te puedo engañar diciéndote que las tormentas se irán y que todo será sol y brisa, no, también tendrás pequeñas o grandes tormentas.  

Ante esto, nuestra fe cristiana nos mueve a ocuparnos pero nunca a preocuparnos. Soy consciente de lo complejo de aprender a aplicar esto, pero también debo dar testimonio de los grandes frutos que da el confiar en Dios y ocuparse de lo que está en nuestras manos, y dejar en las suyas lo que no podemos hacer. 

Ocuparse sin preocuparse es la clave. Es algo así como ponerte en función de lo que puedes hacer, en palabras de Monseñor Munilla: «Ocuparse de la pelota que está en mi tejado, pero si ya no está en mi tejado, paciencia y esperanza, pues ya no depende de mí. Aprender a hacer las cosas y entregarlas cuando ya no son mi tarea, evitando el agobio». 

En muchas y repetidas ocasiones se presentan esas lluvias o tormentas que nos desvelan, que nos enferman y roban la paz. Jesús en la barca responde ante esto: «Hombres de poca fe…», sé que son palabras fuertes pero es una característica de Jesús, el hablarnos y sacudirnos para que despertemos a la fe. 

3. Cambiar de perspectiva

Es muy normal que los problemas nos roben la paz. Cuando nos vemos en medio de una tormenta, no vemos más que la nube y esa nube siempre tapa el sol.

Es necesario descubrir que hay mucho más que ver, debemos tener presente que esas nubes son tan pasajeras como la tormenta. Puede ser un huracán de varios días, pero el sol aunque tapado por la nube, sigue allí, sigue encendido en toda su luz. 

Volviendo a la barca, los discípulos no saben qué va a pasar, tienen miedo, las aguas son turbulentas, la tormenta fuerte, el viento, los truenos… la poca fe. Pero cuando cambian la perspectiva ven allí a Jesús durmiendo, sí, el ver la tormenta les tenía embelesados, no habían visto a Jesús.  

¿Estás pasando por alguna tormenta en la vida? Detente, cierra los ojos, respira profundo, haz silencio, clama, contempla a Jesús que está allí y dile: «Señor aumenta mi fe». Eso es cambiar la perspectiva, pues la mirada del cristiano en clave Cristo, no mira solo el problema, ni le dedica el tiempo al problema sino a la solución, y la esperanza de la misma en Jesús. 

Aún en la enfermedad, como dice esa linda canción de Maria y Campos: «Desde una cama y en pijama, puedo amarte igual, si es tu voluntad Jesús, pues desde unas pajas y en pañales tú me amaste a mí, aquí también estás conmigo», esta es la certeza de la fe, allí está Jesús. 

4. Reafirmar el norte

Dones: cómo pueden ayudarme a superar las dificultades

¿Sabes a dónde va la brújula de tu vida? Todo capitán en medio de la tormenta corre a buscar la brújula, para dar respuesta a esa pregunta apremiante y fundamental: ¿dónde estoy y a dónde voy?

Las tormentas se regocijan en dejarnos desorientados, sin saber qué hacer o cómo volver a tomar el rumbo. Nos sacan del confort y nos ponen en lugares poco conocidos. ¿Y sabes algo? Esta es la riqueza de la tormenta, oh bienaventurada tormenta que nos hace volver la mirada al cielo. 

Sí, aunque suene descabellado, ahí está la clave. Esa tormenta y esa crisis, son solo oportunidades para crecer. Para volver al rumbo, para tomar el timón y decir, bueno a dónde me dirijo en realidad y con qué cuento para emprender el camino. 

Como hombres de fe, nuestro norte es la eternidad y esa eternidad se ve iluminada por la presencia salvadora de Cristo. A quien muchas veces, fruto de las tormentas o de habernos acomodado en el placer, hemos dejado de mirar… y esos «microsueños» nos cuestan la alegría de la vida en Cristo. 

Piensa si estás somnoliento en el camino o si las nubes te tapan la vista. Toma tu brújula, llama a quien es el camino y reemprende la marcha. 

5. Ser perseverantes en nuestro abrazo a la cruz 

Dones: cómo pueden ayudarme a superar las dificultades

Este camino no es algo de un momento, es algo que implica la vida, recuerda el pasaje: «Si quieres venir en pos de mí, toma tu cruz y sígueme» (Mt 16,21-27).

¿Sabes que tu tormenta es la oportunidad gloriosa de ser ofrenda, de unirte a la cruz y ser don de Dios? Cada angustia que nace, cada dolor, enfermedad, llaga, tristeza, se debe ver en clave Cristo. Por tanto, alégrate tienes la oportunidad de unirte más a Él. 

Ver en clave Cristo es darle sentido salvador a todo, sin caer en tendencias fanáticas. Ponerte los lentes de la fe, te lleva a comprender los designios de Dios y así seguir el camino sin miedo, y como me insistía un amigo y hoy comprendo: «si te da miedo, hazlo con miedo, pero hazlo».

La fe no es no tener temor, la fe es confiar aunque todo diga que no hay esperanzas, eso es ver con los lentes de la fe. Recuerda siempre las sabias palabras de Teresa de Jesús: «Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta».