Nuestra vocación en cierto modo surge intrínsecamente de la vida del bautismo. Para nosotros, los cristianos, la palabra de la vida se siente como voz que nos llama de la tumba: «Sal fuera», o, como lee la exégesis moderna: «Lázaro, ven aquí conmigo». También San Ignacio de Loyola, en perfecta sintonía con la visión patrística, coloca el inicio de la vocación en la llamada a la vida desde la muerte, del aislamiento a la comunión, de la tiniebla a la luz. — La vida según el espíritu, Pag 6

Marko Rupnik

El perdón del pecado en el bautismo es de hecho una nueva creación en el marco pascual de la resurrección. Cristo nos llama a la vida dándonos la vida; vivir esta vida es nuestra vocación: realizar esta vida en conformidad con el don recibido, en comunión con el Dios trino, con los otros y con la creación, al modo de Cristo hasta conformar a Cristo. El sentido de nuestra vocación es traslucir a Cristo en nuestra vida, hacer ver el paso de la esclavitud a la libertad.

El Espíritu Santo, que nos hace hijos en el Hijo, ilumina, inspira y mueve toda nuestra vida a esta filiación cada vez más consciente y madura. El Espíritu Santo mueve nuestra vida a reconocernos plenamente en la humanidad del cuerpo de Cristo resucitado, como un hecho dado; nos lleva, como personas, a reconocernos hijos en el Hijo. Así pues nuestra vocación consiste en afianzarnos cada vez más en Cristo y encontrar a Cristo en nosotros, en nuestra vida, en nuestra historia.

Cristo es el contenido, el significado de nuestra vida; nuestra vocación consiste en descubrir este significado y revelarnos a nosotros mismos como cuerpo de Cristo. Cristo es el significado y el Espíritu Santo es el que nos hace descubrir este significado y, como diría Jean Corbon, nos lo comunica como una realidad íntima y consustancial a nosotros mismos. En consecuencia, nuestra vocación no puede prescindir de la contemplación.