La vida cristiana es un combate espiritual. La experiencia carismática del Espíritu no eleva al creyente por encima de este conflicto ni lo aparta del mismo; al contrario, se lo agudiza porque lo hace vivir entre dos mundos igualmente reales, pero en tensión entre sí. Le exige vivir «según el espíritu», estando «en la carne». Nuestra confianza en medio de esta lucha, gracias al Paráclito, es tal que no desfallece ante la derrota. Se lee en las historias de los Padres del desierto que un monje caía con frecuencia, por la noche, en el pecado de la carne, pero no por so dejaba de rezar y gemir, después de cada caída. — Ven Espíritu Creador. Pag, 349

Raniero Cantalamessa

Una vez que, tras cometer la culpas, se había levantado inmediatamente a reza, el demonio «estupefacto por su confianza» se le apareció, preguntándole si no le daba vergüenza ponerse en la presencia de Dios en ese estado. El monje contestó: juro que no me cansaré de orar a Dios contra ti, hasta que dejes de hacerme la guerra, y vamos a ver quién gana , si tú o Dios». El demonio dejó inmediatamente de tentarle.