El alma se asemeja a Dios por la gracia. Así, pues, para que una persona divina sea enviada a alguien por su gracia, es preciso se realice asimilación a la persona divina, enviada por algún don de gracia.

Y como el Espíritu Santo es amor, el alma se asemeja al Espíritu Santo por el don de la caridad. Por lo tanto, la misión del Espíritu Santo es considerada según el don de la caridad. Pero el Hijo es Verbo, y no un verbo cualquiera, sino que emana amor. Así, pues, el Hijo no es enviado según cualquier perfección intelectual, sino según tal ilustración del intelecto que lo haga prorrumpir en afecto de amor. — Meditaciones

Santo Tomás de Aquino