”banner_academia”

Estoy perdido, sí, perdido en lo desconocido. Estoy privado de todo. Pero estoy decidido, aunque no encuentro consuelo, a seguir solo la voz de quien hace las veces de Dios. Tengo hambre, padre mío, del retorno de mi Dios a mi alma; démelo, satisfágame de Él, mi vida y mi todo.

Las condiciones actuales de mi espíritu no presentan otra realidad que una ruina completa, unas luces siniestras, que no sirven más que para descubrir la podredumbre y atormentar a la víctima, presa de su desconocido destino. ¡Dios mío!, es necesario, padre mío, este grito.

Solo me queda esto en tanto penar. Ya no entiendo nada; mucho me temo estar abandonado para siempre a mí mismo; y, ante este temor, me aferro o me arriesgo a aferrarme a la obediencia, que, sin saber cómo, también me parece que se aleja de mí.


”banner_academia”

Termino, porque la intensidad del dolor que me oprime priva a mi mente de la necesaria lucidez. Bendígame siempre y yo, a cambio, no desistiré de inmolarme siempre por usted a ese Dios que he perdido.—365 días con el Padre Pío. Pag, 92

Padre Pío