Hemos estudiado anteriormente el flagelo de las obsesiones. En el camino de la vida uno se encuentra con gentes que sufren de complejos de culpabilidad, recuerdos obsesivos, fijaciones de toda clase, temibles fuentes de tristeza y angustia. Uno les aconseja que procuren retirar de sus mentes tales obsesiones, y siempre responden con las mismas palabras: «No puedo». ¿Cabe mayor desgracia? Esta liberación no la van a conseguir así sin más, como si tal cosa. Deberán ejercitarse pacientemente en prácticas que les ayuden a obtener el ansiado dominio sobre su mente y el consiguiente descanso. Para esta finalidad, les presentamos aquí unas cuantas técnicas. — Del sufrimiento a la paz. Pag, 86

Ignacio Larrañaga

1. Piensa en un disgusto de tu vida. Imagina que pasas por un prado verde. A una cierta altura sacas desde dentro de ti el disgusto y lo entierras bajo un metro de tierra. Y allá queda para siempre.

2. Piensa en otro disgusto que te obsesiona. Imagina que llegas a la orilla del mar. Allí está esperándote un ángel con una barca. Extrae de tus entrañas ese disgusto y deposítalo en la barca. El ángel parte con esa carga mar adentro, mientras tú te quedas en la orilla. El ángel sigue alejándose con su barca hasta alta mar; allí el ángel ata una piedra pesada a tu disgusto y lo lanza a lo profundo del mar. Allí quedó tu disgusto, sepultado en lo profundo, para siempre.

3. Piensa en otro recuerdo desagradable. Encendemos una gran hoguera en el patio y echamos ese recuerdo, como un negro carbón, al fuego. A los pocos minutos, el fuego ha transformado tu recuerdo en una oscura humareda que asciende al cielo, hasta que se evapora en las alturas. Minutos más tarde, el humo se ha desvanecido por completo. El cielo está azul.