Me parece que los hombres nos vamos haciendo verdaderos adultos en la medida en que nos hacemos comprensivos. La intolerancia es, me parece, tolerable y comprensible en los jóvenes. Para ellos todo se divide en el bien o el mal. Luego, la vida va descubriéndonos cuánto bien se esconde entre los pliegues del mal. Y cuánto el mal se agazapa detrás de muchos recovecos del bien. Y uno va aprendiendo a perdonar cuanto más descubre dentro de sí la necesidad que tiene de perdón. Por eso un viejo que acumula rencor me parece el ser menos adulto que existe — Razones para la esperanza. Pag, 116

José Luis Martín Descalzo

También la vida nos va enseñando a perdonar, que es el arte más difícil que existe. Empezamos perdonando melodramáticamente, saboreando el gozo de perdonar, sin caer en la cuenta de que —como decía San Agustín— «se puede ser muy cruel al perdonar» cuando se perdona «desde arriba», desde la «dignidad» del ofendido. Más tarde descubrimos que el verdadero perdón es el que no se nota, el que incluso nos sale del alma sin esfuerzo, naturalmente. Por eso me parece tan absurda esa frase del «perdono, pero no olvido», porque una cosa es que aprendamos de los errores para no volver a cometerlos y muy otra que nos pasemos la vida recordándolos, sacando jugo al caramelo de nuestro perdón.

Tal vez yo aprendí a perdonar de aquella maestrita que, en mis años infantiles, tenía la hermosa manía de escribir nuestras malas notas con tiza y las buenas con tinta. Así las malas se borraban al día siguiente con la primera operación matemática que hacíamos en el encerado, mientras que las buenas quedaban allí siempre escritas como un bello recuerdo. Pienso que si los hombres escribiéramos así, las malas cosas en el encerado del alma y las buenas en nuestros cuadernos indelebles, nos encontraríamos al cabo de los años sin rencores y con el corazón abarrotado de motivos de gozo. Dicen que «el lobo puede perder los dientes, pero no la memoria». Afortunadamente, el hombre no es un lobo y puede seleccionar amorosamente dentro de su memoria, de modo que casi nos cause risa cuando alguien nos pide perdón, por la simple razón de que, sin más, lo habíamos olvidado. Esta ciencia es fácil: basta con mirarse al interior, descubrir la maraña de fallos que uno tiene, para no valorar los de los demás. Aquel a quien le cuesta perdonar es, sencillamente, porque no se conoce a sí mismo. «La vida —decía Goethe— nos enseña a ser menos rigurosos con los demás que con nosotros mismos». No creo que vivan mucho quienes todo se lo dispensan a sí mismos y nunca encuentran explicaciones para los demás.

Por eso me gusta tanto esa encíclica de Juan Pablo II que me parece que pocos han leído: Dives in misericordia. En ella se subraya que la sustancia de Dios es que es «rico en misericordia», que es un experto en el arte de perdonar. Porque ve toda la verdad, la infinita pequeñez de nuestras necesidades. Graham Greene dice en una de sus novelas que «si conociéramos el último porqué de las cosas, tendríamos compasión hasta de las estrellas». Por fortuna, Dios conoce todos esos últimos porqués, ese hecho terrible de que, de cada cien de nuestras necesidades, noventa y nueve se cometen por error, por prisas, por cansancio, por frivolidad y tal vez sólo una por descender del mal. Por eso me gusta también tanto aquello que dice el Talmud: «Dios ama a tres clases de hombres: al que nunca se enoja, al que nunca renuncia a su libertad y al que no guarda rencor». Sí; él nos perdonará «así como nosotros perdonemos». Bueno, esperemos que nos perdone mucho mejor. Esperemos que un día él nos enseñe nuestra alma niña, salvada a pesar de tantos errores en las etiquetas de nuestros diagnósticos a la hora de vivir.