Y es que se necesita una santidad muy verdadera para mantener el alma en esa paz que conserva la serenidad y la luz de la sonrisa en medio de las contrariedades y los disgustos cotidianos, sin jamás exasperarse, ni por la dificultad del mandato, ni por los choques de carácter, ni por los temperamentos opuestos, ni por la disparidad de opiniones o gustos. Entonces es cuando la paz divina llena el alma que ha alcanzado esa cima, y se desborda, y se extiende suavemente, ejerciendo su acción bienhechora por todas las tierras regadas por sus aguas. Ya lo predijo Yahveh por boca de su profeta: «Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz» – Hacia las fuentes de la alegría.

San Francisco de Sales