No sirve decir: hay que poner remedio a la tibieza con el fervor. Es como decirle a un enfermo que el remedio a su mal es la salud, ignorando que precisamente este es su problema: no tener salud. El fervor es el opuesto de la tibieza, no su remedio. Con eso se nos da también una esperanza a nosotros. Si nos parece que tenemos los síntomas de este «mal oscuro» de la vida espiritual que es la tibieza, si nos encontramos apagados, fríos, apáticos, insatisfechos de Dios y de nosotros mismos, el remedio existe y es infalible: ¡nos hace falta un hermoso y santo Pentecostés! — Ven Espíritu Creador. Pag, 160 

Raniero Cantalamessa

Con la ayuda de la gracia, es posible salir de la tibieza; ha habido grandes santos que, como han admitido ellos mismos, llegaron a serlo tras un largo periodo de tibieza.

Es lo que queremos pedirle al Espíritu al final de este capitulo, en el que lo hemos contemplado en los resplandores del fuego. Vamos a hacerlo con las palabras de un himno centrado en el Espíritu como fuego:

¡Ojalá pudiera ese divino fuego encenderse en mí y brillar, destruir la paja de los pensamientos y los montes derretir!

¡Ojalá pudiera descender del cielo y todo el real consumir! ¡A ti clamo, ven a mi,  Espíritu Santo, Espíritu de fervor!

¡Baja al corazón y mi alma ilumina, oh fuego de fundidor! Escudriña mi vida de parte a parte, y santifica todo!